Entrevista a Rolando Rojas Rojas. Cómo matar a un presidente. Los asesinatos de Bernardo Monteagudo, Manuel Pardo y Luis Miguel Sánchez Cerro
—Buenos días, Dr. Rolando Rojas. El motivo de la entrevista es la publicación de su libro Cómo matar a un presidente. Los asesinatos de Bernardo Monteagudo, Manuel Pardo y Luis Miguel Sánchez Cerro. ¿Cómo nació la idea de escribir este libro? ¿Por qué la elección de estos tres personajes, tomando la salvedad de que el primero no ocupó el cargo de presidente?
Bueno, la idea de escribir el libro nació de un interés personal. Nació en medio de mis investigaciones históricas, cuando leía mucho de las fuentes, sobre todo cualitativas. Era impresionante lo que había impactado para las élites, para la sociedad peruana, los asesinatos. De Monteagudo se habían escrito varios libros y novelas, se habían hecho una serie de investigaciones. Algo parecido sucedió con Manuel Pardo, el impacto que aparece en la prensa y la documentación, se hicieron muchas novelas. Y lo mismo con Sánchez Cerro. Entonces, si la sociedad le daba tanta importancia, el historiador debe poner la mirada y tratar de entender ese proceso. Eso fue como apareció, como una suerte de imposición de los testimonios de la época al historiador.
El caso de Bernardo Monteagudo, en realidad, el título es como una metáfora, el título me lo aconsejó mi colega Raúl Ascencio. En los hechos, Monteagudo era el hombre fuerte de San Martín, quien estaba recuperándose de buena parte de su tiempo de sus varias enfermedades. El hombre de Estado era Monteagudo, San Martín se veía más como un militar que como político. Monteagudo hacía mucho trabajo de oficina, despacho, redacción de normas. Y todos los viajeros extranjeros, en sus memorias, señalan que, cuando querían hablar con alguien del gobierno, todos sabían que se tenían que dirigir hacia él. Es por ello la importancia de incluirlo en el libro. De cierta manera, me parece uno de los grandes personajes de la historia del siglo XIX, pero como no es peruano, los reflectores no están sobre él. Hay personajes de menor talla que él, pero están grabados en la memoria histórica.
—Una de las ideas principales del libro es estudiar el asesinato como arma política. ¿Quiénes están detrás de los asesinatos?
Una idea fuerte del libro es que nosotros, los historiadores, nos hemos entrenado para estudiar instituciones fuertes, jurídicas, sociales y económicas. El Estado, las haciendas, el comercio, entre otras cosas. Pero hemos descuidado otras cosas importantes, que son un factor importante dentro de la política del siglo XIX y buena parte del siglo XX. La eliminación física del adversario, que es un instrumento de la política que ha estado tan presente como yo lo retrato en el libro, al cual le hemos dado muy poca importancia.
Una manera de entender la política del s. XIX y parte del s. XX es también poniendo los reflectores en estos magnicidios. Que no son los únicos, también hubo muchos intentos de asesinatos fallidos. En los casos estudiados, todos fueron asesinados después de varios intentos, conspiraciones, atentados fallidos. Cuando uno mira los expedientes, lo que se conserva de los procesos judiciales, queda claro quién es el autor directo, la mano ejecutora. Lo que queda menos claro, Juan, son los autores intelectuales. Yo he tratado de retratarlo en el libro, analizarlo caso por caso, sin embargo, como sabemos, los autores intelectuales no han sido parte de los procesos.
En el caso de Bernardo Monteagudo, todo apunta a que fue José Faustino de Sánchez Carrión, pero nunca fue procesado. Luego, Sánchez Carrión muere envenenado de una forma misteriosa. Según las memorias de un general colombiano, Mosquera, que había estado con Bolívar. Él acusa a Faustino Sánchez Carrión y relata que su muerte fue por envenenamiento, por uno de los amigos de Bernardo Monteagudo. Lo real de esto es que muy poco de los autores intelectuales fueron procesados y la pena cayó en los autores directos.
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| Rolando Rojas. Fuente: fotografia de Hugo Pérez. |
—Uno de los aspectos que trata en el libro es la «conmoción social». Hay una conmoción social a raíz de la muerte de Monteagudo.
Monteagudo era odiado por sus enemigos, tenía también a sus aliados y defensores. La figura de Monteagudo es la de un hombre que no es muy característico del Perú. En el sentido, no ve la política en blanco o negro. De este lado, quienes están a favor de la independencia y, del otro, los que están en contra. Y su idea es clara: hay que destruir a las fuerzas que están en contra de la independencia. Y ahí entran todos: el ejército realista, sus aliados y voceros, los que asumen posiciones críticas hacia el gobierno de San Martín y Bolívar. Causó una enorme conmoción Juan, más por su grupo de defensores y apoyos. Monteagudo había sido expulsado en la época de San Martín, y cuando regresó al Perú. Regresó con la protección de Bolívar. Había una ley que había declarado a Monteagudo como un individuo fuera de la ley, lo que quería decir que si alguien atentaba contra su persona, no se iba a castigar a su victimario. Esa ley no se deroga; él regresa bajo la protección de Bolívar. Cuando se produce su asesinato, se interpreta que a uno de los asesores y hombres de confianza de Bolívar se le ha eliminado. Es un mensaje indirecto hacia el Libertador. Poniendo una serie de límites a sus acciones en el Perú.
——En el caso de Manuel Pardo y Lavalle, estamos hablando del primer presidente del Partido Civil, con un programa y proyecto político. Asesinado en las puertas del Congreso de la República. Previo a lo que va a ser el derrotero de la Guerra con Chile.
El caso de Manuel Pardo es muy simbólico, su asesinato porque los vientos de la guerra estaban muy cerca. Estábamos viviendo una suerte de película en la que diversas circunstancias y decisiones de Estado nos estaban llevando a un escenario bélico, a una confrontación con Chile. Y en esas circunstancias, en las que las élites deberían estar preocupadas por armar un frente común frente a estos acontecimientos. La política local de corto plazo se impone, y se elimina a uno de los líderes importantes del Perú. Hombre que era capaz de congregar voluntades. Su asesinato divide más, fragmenta a los sectores políticos y entramos al escenario bélico en una situación de debilidad, caos y eliminación interna de los líderes políticos peruanos.
——En el caso de Sánchez Cerro, estamos insertos en una época en la que aparecen los llamados «partidos de masa», a inicios del s. XX, el APRA y la Unión Revolucionaria. Además, de sobrevivir a varios intentos de asesinato.
En efecto, el asesinato de Sánchez Cerro ocurre en una coyuntura particular. El de Monteagudo, en pleno proceso de independencia; el de Manuel Pardo, a puertas del estallido de la Guerra con Chile; y el de Sánchez Cerro, ocurre en una coyuntura en la que aparecen los grandes partidos de masa y las grandes ideologías modernas, reformistas y socialistas. En una crisis internacional derivada de la Gran Depresión. La muerte de Sánchez Cerro es un caso muy particular. Si está detrás un partido organizado, como es el APRA. Aunque debo decir, hasta lo que he podido reconstruir, se trata de un grupo que actuó de manera independiente. Debemos tener en cuenta que el APRA estaba perseguido y en la clandestinidad. Si tú quieres, se trata de un partido de masas, pero todavía apela a una figura o instrumento que provenían del s. XIX: sacar de escena a un oponente o contendor. Para tratar de que, en ese vacío de poder, uno logre revertir su situación de perseguidos. Cosa que, finalmente, no va a funcionar, Juan, como sabes, lo que viene después es una de las dictaduras más duras que hemos tenido, la de Óscar R. Benavides, y una mayor persecución al APRA.
—En el caso del asesinato de Sánchez Cerro, se identificó la participación de tres individuos implicados en el intento de homicidio contra la víctima. Los sujetos condenados fueron identificados como José Melgar Márquez (responsable directo del atentado), Juan Seoane (por proporcionar el arma empleada) y Serafín Delmar (por tener conocimiento de los hechos). Los tres individuos en cuestión eran afiliados y uno de ellos ostentaba una posición de liderazgo dentro del Partido Aprista Peruano.
En efecto, en ese intento sí logran herir a Sánchez Cerro, en una iglesia de Miraflores. Habían analizado sus movimientos. Para los intereses del caso, los que hacen el atentado, las balas que le logran impactar no le afectan órganos vitales. Y, después de un reposo, logra recuperarse. Pero queda más claro, Juan, que el arma, el revólver, le pertenecía a Juan Seoane. Él en el juicio declaró que no sabía para qué se lo habían pedido prestado. Todos sabemos que eso es un argumento de defensa legal. Y, en el caso de Sánchez Cerro, muestra el estilo. Según cuentan los testimonios de la época. Después de recuperarse en la clínica, va a la misma iglesia. Para demostrar su valentía, osadía, en todo caso, no había sido amedrentado, va a escuchar misa como siempre lo hacía, de manera pública.
—En el trabajo exhaustivo que ha hecho de las fuentes, en el caso de Abelardo Mendoza Leiva, hay una declaración de él a la policía cuando fue detenido. Pero, al no poder demostrarse su vinculación al Partido Aprista Peruano, lo dejan en libertad. Una copia de esa declaración fue incluida en el libro de Guillermo Thorndike y Armando Villanueva, La Gran Persecución. Ha logrado encontrar más documentación.
Él era una suerte de elemento menor. Era, en realidad, el que distribuía propaganda aprista, motivo por el cual fue detenido en una ocasión. Hay un expediente que se conserva en la Prefectura de Lima. Cuando se reconstruyen los hechos, él dormía en el local de la Federación Gráfica. Es una federación aprista y era parte de un grupo, más o menos se ha podido reconstruir su vinculación con el APRA. En alguna ocasión, cuando allanaron su casa en Surquillo, el cuarto en el cual dormía, se encontró mucha propaganda aprista. Luego, cuando se produce el asesinato y se reconstruyen los hechos, es herido por la guardia de Sánchez Cerro. Encuentran las vinculaciones con Leopoldo Pita, un dirigente distrital de nivel intermedio que venía del anarquismo, sectores bastante radicales de la época.
—Hay un antes y un después en el cuidado hacia el Presidente de la República.
En realidad, Sánchez Cerro tenía un auto blindado que él se negaba a utilizar, y que realmente ya se estaba implementando en varios países. Estamos hablando de una época en la que suceden los grandes asesinatos políticos y la policía se moderniza. En su caso, él decide no utilizarlo en una suerte de alarde, osadía, de buscar el contacto con la población, era un político populista. En el hipódromo de Santa Beatriz, donde se realizaba el desfile militar.
Luego, hay una serie de innovaciones que se van a tomar, no solo en la seguridad, los autos blindados, los cordones de seguridad. La Policía va a mejorar, en realidad, su espionaje e interceptación telefónica a los partidos políticos. La policía política refuerza sus medidas de control y seguimiento para estar un paso adelante, para imposibilitar los atentados. Con Benavides, uno puede ver que su contacto con la población era totalmente diferente. Ya no buscaba un encuentro directo con la población, ya que en esos momentos son en los cuales se desarrollan la mayoría de atentados.
— Podríamos concluir que el libro plantea un circuito entre cuatro puntos: el asesinato como arma política, la relación entre el poder político, los cambios institucionales y la conmoción social que producen las muertes en la ciudadanía.
Nos habla también de un período en el cual el asesinato político era una arma frecuente en el Perú. No, por los casos que hemos estudiado, sino por los muchos casos fallidos. Y, por supuesto, hay una serie de asesinatos a figuras de menor rango, los hijos de Miguel Grau, hay una suerte de autoridades víctimas de los magnicidios. Y también nos habla de una época en la que la política se hacía con estos instrumentos. Era una pieza clave en situaciones en las que uno quería revertir su posición de debilidad o minoritaria en la política, eliminando al líder que lideraba la posición contraria. Por supuesto, esta época tiene su momento más crítico con Sánchez Cerro en funciones, porque Manuel Pardo es asesinado luego de ejercer la presidencia. Tiene una enorme conmoción, por los problemas de inestabilidad que suceden a su muerte, y por la necesidad, para que el sistema funcione, de resguardar la seguridad y vida de los altos dignatarios y autoridades. Yo algo he contado sobre eso, de cómo se van innovando la capacidad de la policía política en el Perú, que ya venía existiendo e implementándose con Leguía, pero es con Sánchez Cerro que hay un proceso de modernización y fortalecimiento de la policía política en el Perú.
— Debido a la acogida que ha tenido el libro en el público lector, ha pensado en una edición ampliada, teniendo en mente añadir otros casos, como los asesinatos de José Balta, Felipe Santiago Salaverry o Agustín Gamarra.
En efecto, Juan. En una próxima edición. Estoy leyendo cuánta información hay respecto a los casos. La idea también del libro era no solo estudiar esos casos, sino, por la abundancia de información que había, lo que me permitía narrar un relato. Me gustaría añadir a alguien posterior a Sánchez Cerro, más que a alguien del siglo XIX. Tengo en mente a Banchero Rossi, que, si bien no era un presidente, es uno de los grandes misterios que existen de magnicidios en la historia del Perú.
— Muchas gracias por haber aceptado la entrevista. En una próxima oportunidad, me gustaría hacerle una entrevista sobre su libro Los años de Velasco (1968-1975).
— Gracias a ti, Juan, y hasta una próxima oportunidad.
*Entrevista a Rolando Rojas Rojas, realizada el 23 de diciembre de 2024.


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