Manuel Lévano. La enseñanza religiosa
En estos tiempos de renovaciones y reformas racionalistas se impone por su evidencia, la supresión de la enseñanza de la religión, en las escuelas de primeras letras.
Desde que en estas escuelas solo se enseña a leer, escribir y contar, a párvulos, no hay razón para aturrullar sus cerebros, para atrofiar y aturdir sus sentidos con doctrinas erróneas, con creencias añejas y supersticiosas.
La religión cristiana, en vez de moralizar y dignificar la conciencia de nuestras masas, las degenera, las pervierte y embrutece, si se nos permite la frase.
Los principios deleznables de su catecismo conducen irremediablemente a los pueblos a la idolatría, a la servidumbre e idiotismo.
Sus dogmas y misterios, sus fiestas y ceremonias, todo es un conjunto de artimañas, mitología y mistificaciones maléficas que dañan, que emponzoñan la moralidad social.
En fin, sus prácticas religiosas, en medio de orgías, bacanales y de danzas barbarescas, auspiciadas por sus ministros de Dios, incuban fatalmente, en nuestro pueblo, una desmoralización salvájica.
Con todo, hay escuelas en donde los niños van sólo a rezar y jugar: Esto es una involucración, un contrasentido imperdonable. Se quiere en la infancia inocular el virus del cristianismo, aun cuando se ennegrezca la inocencia. Eso es todo.
Sin embargo, no todo es desesperanza y perdición. Porque el niño, por ese sentimiento innato y rebelde, detesta y reniega del rezo, considerándolo como un castigo, o como una podre asquerosa de la cual debe huir.
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Manuel Lévano. Fuente: Tomada del libro La Utopía Libertaria en el Perú. Manuel y Delfín Levano. |
Y ya adulto, apenas si se acuerda del padre ajeno y del Dios sin poder. Por esto, la religión, a pesar de toda su propaganda, vertiginosamente se extingue. Y se extingue por el propio peso de su falsedad y errores, que la llevan a la tumba.
Sólo las tres grandes calamidades que infectan a la humanidad, el jesuitismo, el fanatismo y la embriaguez, aún sostienen en pie a la teología cristiana.
Otra razón cardinal para suprimir, en la enseñanza, la religión, es esta. Desde que los protestantes, judíos, ateos, etc., no han de querer que sus hijos profesen religión distinta a la suya, ni tampoco hay derecho para que un profesor la imponga por la fuerza, la escuela no debe ser, pues, cátedra de religión, ni el maestro catequizante de determinada doctrina
Por otra parte. El horario escolar no debe transcurrir sin sacarse de él toda la utilidad posible para el alumno. En vez de emplear la mayor parte del día en el híbrido rosario y en la explicación del catecismo deben destinarse alternativamente, esas horas y días, en trabajos manuales, en recreos morales y físicos, en conversaciones familiares sobre higiene, urbanidad, historia y contra el alcoholismo y demás vicios, y en la lectura de libros instructivos, amenos, adecuados a la edad, al sexo y grado de adelanto de los alumnos, que propendan a la moral y al bien.
Todo esto se conseguiría con un pequeño jardín, una biblioteca y con una colección de juguetes, cuadros, herramientas y otros elementos de mecánica, ingeniería, etc., que le llamen la atención al niño y le despierten amor al aprendizaje de un oficio, que le asegure su porvenir
Un solo argumento existe para hacer obligatoria la enseñanza del catecismo. Es el de que el Estado protege la religión cristiana. Pero esa protección, que debe a todas las instituciones, no debe ir contra la moral y cultura de los pueblos; no debe estar en riña, en pugna, con el progreso, ni con las verdades científicas, ni con la evolución general que se opera actualmente en los diversos países del orbe que, al menos, adoptan la enseñanza laica.
Es decir escuelas en donde el niño con toda libertad y entusiasmo adquiere, por su propia voluntad, ideas, conocimientos prácticos del por qué y para qué de las cosas, de los objetos: y los fabrica y ejecuta; y al fin, en consecuencia, se forma juicios sanos, severos y justos de todas las verdades reveladas por la ciencia, por la razón y la sabia naturaleza, que ellas han cultivado con altura su inteligencia, sus sentimientos y su carácter.
Estas reformas y renovaciones de la escuela deben imponérselas los hombres libres, ya que el Estado, por razón de su ser subyugante, no hará verdadera luz de conciencia y libertad.
M. Caracciolo Lévano
*Armonía Social, año I, N.º I, Lima, mayo de 1920.
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