Del "Retrato de Abraham Valdelomar". Por Luis Alberto Sánchez
En realidad, la vida literaria de Abraham Valdelomar se desarrolla entre 1910 y 1919; dura nueve años, los cuales abarcan el período que cubre de los 22 a los 31 años de su edad. Para ser más exactos, deberíamos dividir ese lapso de tiempo en tres partes de 1909 a 1913, que corresponden al impulso; de 1913 a 1915, al desconcierto creador; de 1906 a 1919, a la arrogancia victoriosa y a la impregnación "COLONIDA".
El primer tramo (1909-1913) canaliza al grupo post modernista hacia nuevas playas; acepta la maestría de don Manuel González Prada; proclama las excelencias de Eguren; confirma la vigencia de Chocano, propala el ejemplo de D'Annuzio y Maeterlink, y fleta el neocriollismo estético.
En el segundo tramo (1913-1915) consagra esta nueva forma criolla, mezcla de folklore, de intimidad, ingenuidad y lirismo; al par despierta otra vez la inquietud del líder, invívita en Valdelomar.
En la tercera (1916-1919) irrumpe ex novador absoluto, en conducta y letras y se reinicia el político: la muerte despedaza todas aquellas ilusiones. Además durante esta tercera fase de su carrera Valdelomar arrastra, como núcleo sideral incontrastable, larga, numerosa y refulgente cauda de imitadores y discípulos. Automáticamente se convierte en cabeza de generación, grupo o escuela en cuyo reconocimiento coinciden González Prada, Eguren, Маriátegui, Vallejo, Hidalgo y Guillén: testimonio plural incontrastable.
Ya hemos hablado de la capacidad de Valdelomar como guía y como revelador. Conviene examinar, aunque sólo sea de paso (dejando el análisis detallado para un libro que saldrá en breve) el mensaje del "Conde de Lemos".
Distingámoslo bien en sus esencias negativas y positivas. Desde luego, toda negación trascendental conlleva una afirmación. Si yo niego que esto sea bueno, implicitamente estoy admitiendo o afirmando que eso o aquello puede ser o es bueno. Valdelomar se mofó de la moral burguesa imperante en Lima, tanto en el campo de las actitudes, como en el de los usos y hasta modas. Atacó lo consabido daclarando tácitamente inservible la rutina. Sus desplantes, sus frases provocativas, sus arrogancia, sus paradojas, sus boutades, representaban el rechazo tajante a lo consuetudinario, su rebelión frente a lo consagrado, su lúcido propósito de abrir debate contra lo ordinario, su resistencia inquebrantable a la vulgaridad. El Grupo Norte o Bohemia de Trujillo en Chan Chan, con el poeta Abraham Valdelomar (1918). De arriba abajo: Federico Esquerre, José Agustín Haya de la Torre, José Eulogio Garrido. Por la derecha: José Manuel Sotero, Antenor Orrego, Eloi B. Espinosa, Juan Pesantes Ganoza, Luis Armas. Por la izquierda, Néstor Alegría, Juan Espejo Asturrizaga, Augusto Silva Solís, Leoncio Muñoz, y Abraham Valdelomar en primera fila (con turbante). Foto: Archivo Juan Espejo Asturrizaga.
Paralelamente, creó una nueva especie de narración realista, trató de consolidar un neonacionalismo algo "chauvin" y dio vigencia a un nuevo tipo de comentarios y críticas. Tras de él siguieron los jóvenes —es decir, los de espíritu joven— porque los que no poseían tal espíritu, aunque fueran coetáneos o menores que Abraham, prefirieron no apartarse demasiado de lo tradicional: tales, por ejemplo. Alberto J. Ureta, Enrique Bustamante y Vallivián, José Carlos Chirif, Luis Cóngora, José Félix de la Puente, José Eulogio Garrido, Maria Wiesse, Ismael Silva Vidal, cada cual sobresaliente en su respectivo campo, pero sin el empuje renovador de "El Conde de Lemos" y a veces resistiéndolo clara o vergonzantemente.
Aquel empuje característico de Abraham, se expresa ante todo en la forma como encara la vida de provincia, o sea su niñez. Hasta él, ningún escritor peruano había tratado las costumbres pueblerinas con la delicadeza y arte que Valdelomar. Dentro de tal negación quedan comprendidos igualmente Esteban de Terralla y "Concolorcorvo", Felipe Pardo y Manuel Ascensio Segura, Abelardo Gamarra y Federico Elguera. La única excepción sería Ricardo Palma; solo que Palma inserta en sus narraciones un elemento que era poético de suyo: el pasado. Confiere a éste todo cuando reza, un cierto aroma ramántico que sirve para redimir, la hechos que refiere, de las máculas que la vulgaridad, la grosería y la rutina les contagian. El pasado acude también en socorro de un "pasado inmediato", de recuerdos de la víspera, que prácticamente se confunde con el presente. En "El Caballero Carmelo", "Los Ojos de Judas", "El vuelo de les Cóndores", "El Buque Negro", "Yerbasanta", todo, todo po dría ser vulgar y es sin embargo poético, todo debería ser ordinario y, sin embargo, extraordinario, todo es pue ril y sin embargo patetico. Convertir los hechos cotidianos en hazañas líricas, requiere una "cantidad de sensibilidad y una "cantidad" de memoria que sólo se dan en artistas auténticos, especie cada vez más rara. Podría pensarse que la lectura confesamente constante de Maeterlink influyera en aquel resultado. Es posible que el capítulo El Trágico en Cotidiano, comprendido el volumen "Le Tresor des humbles, ejerciera alguna subconsiente presión sobre él; pero ninguna presión ni influencia logran producir otra obra de arte paralela, si el que la ejecuta no es a su turno un verdadero artista.
De otro lado, sin pujos académicos; al contrario, tratando de parecer antiacadémico, Valdelomar logra un estilo sensorial, plástico y limpio. Para ser pictórico, —él, un pintor— necesita calibrar y distribuir con mucha propiedad sus adjetivos. Por un tiempo preferirá usar uno solo; pronto apela a curiosas y repetidas triadas adjetivales, al modo de Valle Inclán, D'Annunzio y "Аzorin". Después opta por condensarlos en dos. Esta tarea antibarroca, podándose a sí mismo, es la que se advierte ya en "El extraño caso del señor Huamán” y en algunas de sus "Neuronas". La muerte prematura convirtió aquella marcha hacia la difícil concisión clásica mera, simple y en oprobiosa marcha hacia la nada.
Es natural que un "Conteur" de tipo realista como Enrique López Albújar gran narrador, de otra manera saliese al encuentro de Valdelomar herido por una alusión que fue sólo un pretexto. El admirador de Wilde y el de Zolá, cabían, sin mengua de ninguno, en la misma época y en la misma casa editora, LA PRENSA, aunque representaban dos escuelas, dos temperamentos, dos épocas, dos "temples" distintos.
Es indudable que, además, Valdelomar cedió —con improdudencias y muy a menudo, sobre todo, después de 1917—, a la tentación de teorizar sobre temas estéticos y exaltar a Pitágoras y a Plotino. Pienso que en ello se muestra la influencia directa y personal de José Vasconcelos, no señalada hasta hoy por la crítica valdelomariana. En efecto, hay una página del ULISES CRIOLLO del insigne mexicano, donde refiere una noche que, en unión de Valdelomar, concurrió a un fumadero de opio en Lima y conversaron sobre filosofía y arte griegos, y concretamente sobre Pitágoras. En esos días (1916-1917), Vasconcelos componía, al mismo tiempo, varios libros y ensayos: su PITAGORAS, su PROMETEO, sus ESTUDIOS INDOSTANICOS. Valdelomar, gran capacidad absorbente, se enfervorizó con aquellas lecciones. Cuando escriba su BELMONTE EL TRAGICO (1917-1918), empezará el libro con una pedantesca e inoportuna cita de Pitágoras, seguida de una procesión de referencias a cuestiones de filosofía estética, nada frecuentes en él, inspiradas de seguro en el trato diario en casa de José de la Riva Agüero, en LA PRENSA y quizá en el fumadero de opio con el desigual pero potente y contagioso maestro de PESIMISMO ALEGRE e INDOLOGIA.
Reivindicó Valdelomar, con una audacia de veras conmovedora, los fueros del literato, tan poco apreciados en el Perú. Se decidió a ser eso y sólo eso: un escritor y, como se trataba de una misión y un oficio desconocidos, tuvo que exagerar hasta la caricatura, la imagen de su quehacer. Puesto que el tiempo había desacreditado el atuendo melenudo y voluntariamente descuidado de la bohemia de Rodolfo y Marcelo, los héroes de Múrger, y en cambio los snobs de “fin de siglo" habían acentuado los relieves del dandysmo, a través de Villiers de l'Isle Adam, Barbey d'Aurevilly, Lorrain, Quincey y Wilde y no era ajeno a ello un personaje todavía en bambalinas, Marcel Proust. Creyó Valdelomar que un deber de elemental lealtad para con "su oficio" lo obligaba a abofetear las costumbres vigentes y a exaltar lo "raro" (recuérdese a Darío), aunque para ello fuese necesario ecumbrar algunos vicios. Daba así implícita respuesta a las majaderías positivas de Max Nordau, entonces muy de moda, según las cuales todos los grandes artistas no fueron sino unos degenerados protagonistas de Die Entartung.
Repito: Sin Valdelomar como inspirador, estrella, timón, gonfalonero y megáfono, tal vez no habrían sido lo que ha llegado a ser, para las letras del idioma castellano José María Eguren, José Carlos Mariátegui, Antenor Orrego, César Vallejo, Alberto Hidalgo, Percy Gibson, Alberto Guillén. Démosle gracias al menos, —abundando por cierto en todas las demás razones—, por el don de renovación, generosidad, imaginación creadora, audacia, alegría vital y ternura que irradian de la vida y de la obra de aquel muchacho optimista, sonriente y supuestamente arrogante que, pisando fuerte y escribiendo dulce, llegó un día a la ciudad desde las playas de San Andrés de los Pescadores; se estableció como si fuera en un fortín en el lujoso Palais Concert; partió luego a las provincias distribuyendo belleza, y murió apenas cumplidos los treinta, sin llegar a la estación que Dante localizó "nel mezzo del camin di nostra vita", antesala del Infierno, premonición del Purgatorio y previsión del Paraíso. En él, en el Paraíso de los Poetas, ha de estar sin duda, esperando ver al fin al Buen Dios de sus cuentos y poemas —al Buen Dios de Rilke—, el alma complicada, pecadora y cándida de Abraham Valdelomar.
DAKAR (Senegal) 21-IV-1968
*La Tribuna, Lima, Domingo 9 de febrero de 1969, p. 7.



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