Alberto Flores Galindo. Jorge Basadre o la voluntad de persistir

«Por más solo que esté ahora, no lo estará tanto
como acá»

J. Basadre: «Escolio a José García Calderón»

Hace apenas unos meses Basadre publicó su último libro dedicado al estudio de los mecanismos electorales utilizados por el Estado oligárquico. El proyecto original implicaba una profunda renovación de nuestra historia política con el empleo de un amplio material cuantitativo que sería procesado mediante computadoras. Sin embargo, irónicamente, el historiador de la república no encontró el financiamiento necesario para llevar adelante su proyecto y el libro en cuestión acabó en lo que vendría a ser un informe preliminar. Simplemente, la investigación quedó inconclusa.

La anécdota puede ser reveladora del abandono por parte del Estado y las instituciones privadas de la investigación social en el Perú. Durante los últimos años de su vida Basadre recibió algunos tardíos homenajes; en contraste, quienes ahora reclaman su nombre no prestaron la atención necesaria a sus proyectos de investigación.

La sobriedad de Jorge Basadre se hubiera incomodado con estas referencias, por eso interesa más llamar la atención sobre otro aspecto de la anécdota: Basadre seguía investigando, persistía como historiador, no era un jubilado. Con su obra realizada hasta 1968 fecha de la última edición de su Historia de la República cualquiera hubiera podido considerarse satisfecho y optar por el retiro de una actividad fatigosa y que a la postre reportaba escasos beneficios.

Pero ocurre que para Basadre, historia y vida recordando el título de uno de sus libros se confundían y se entremezclaban: ante todo fue un historiador, un hombre apasionado con su oficio que nunca perdió el entusiasmo por la formulación de problemas, por la acuciosa lectura de los testimonios y por el ejercicio de recrear el pasado interpretándolo. La prueba es cómo esa historia aparentemente gris y tediosa que transcurre a partir de 1821, termina adquiriendo variadas tonalidades en sus páginas; Jorge Basadre mantenía una renovación metodológica permanente porque, a diferencia de otros contemporáneos suyos, él nunca detuvo sus lecturas en una fecha (1930 0 1945) sino que por el contrario buscó mantenerlas al día. En su último libro cita un estudio reciente de Perry Anderson, The antinomies of Antonio Gramsci, que recién comienza a ser conocido entre los jóvenes científicos sociales. No era una excepción o un descubrimiento casual, porque quienes pudimos aprovechar de sus enseñanzas, sabíamos que nadie como él estaba informado de los avances de la historia económica norteamericana o de las sofisticaciones francesas en el terreno de la historia de las mentalidades.

Jorge Basadre

Su información era igualmente detallada sobre las nuevas investigaciones históricas que se realizaban en el país. Siguió con verdadero entusiasmo juvenil la imagen polémica que sobre el problema nacional en la Guerra del Pacífico proponía Heraclio Bonilla, y leyó también las réplicas y críticas de Nelson Manrique, con la intención de preparar un texto y terciar en el debate.

Años antes, cuando el mismo Bonilla conmovió a los ambientes más conservadores de la historiografía tradicional con un ensayo sobre la independencia, Basadre se negó a participar en las condenas reaccionarias y —a diferencia de quienes sólo esgrimieron adjetivos— terminó escribiendo un libro donde puntualmente discutía las tesis de Bonilla, las contrastaba con los nuevos aportes bibliográficos y proponía interpretaciones muchas veces sugestivas: nos referimos a El azar en la Historia.

Basadre se había alejado del marxismo de sus primeros años. No era ya un historiador marxista. Pero de ninguna manera se lo puede presentar como un conservador o un reaccionario: en diversas ocasiones supo dar clara muestra de su independencia. No hace mucho tiempo, cuando precisamente un equipo de economistas neo-liberales intentó recomponer ideológicamente a la derecha peruana a partir de un simposio sobre la supuesta «economía de mercado», Basadre terminó excusándose de participar en la clausura de esa reunión. Pero que se distanciara de la derecha no significa que hiciera causa común con la izquierda. El origen de esta situación está en los años treinta. Hasta entonces el joven Jorge Basadre se había aproximado al marxismo: en las páginas de Amauta asumió una nítida postura antiimperialista como consecuencia de la cual el gobierno de Leguía clausuró momentáneamente la publicación y, bajo el pretexto del «complot comunista», arrestó a Mariátegui, a los principales dirigentes obreros, y no faltaron algunos intelectuales confinados en San Lorenzo, entre los que estuvo Basadre. El hecho no lo amedrentó y dos años después, frente al propio Leguía, entonces todavía en el usufructo pleno de sus poderes, Basadre pronunció ese célebre discurso de orden en la Universidad de San Marcos donde evocó el papel decisivo de las multitudes en la historia peruana, Indudablemente Basadre era un colaborador de Amauta, un contertulio de Mariátegui en la casa de Washington Izquierda y un hombre que compartía en lo esencial el proyecto de repensar el marxismo en función del problema nacional en el Perú. Pero, muerto Mariátegui, la confluencia entre socialismo y nación deviene prácticamente en una contraposición; en cierta manera se termina configurando una disyuntiva. 

Para Basadre, como para otros intelectuales de su generación, la cuestión nacional era un problema vital: había nacido en Tacna, en pleno período de ocupación chilena, intervino después en las gestiones diplomáticas del plebiscito. De tal manera, entre su pasión por la Historia y su temprana conciencia nacional acabó produciéndose una simbiosis.

Después de la muerte de Mariátegui, el nuevo estilo introducido por Eudocio Ravines y la III Internacional, caracterizado por la proletarización extrema de los cuadros, el menosprecio de los intelectuales («todo pequeño burgués es un traidor») y el relegamiento de la conciencia nacional en favor exclusivo de la táctica de «clase contra clase, tuvo que alejar del marxismo a Jorge Basadre. Ni siquiera será un «compañero de ruta». El stalinismo y las purgas lo alejaron todavía más.

Discrepando con los comunistas, persistiendo en su ruptura con la oligarquía, aparentemente sólo le quedaba el camino aprista, pero ocurre que desde temprano —al igual que a Mariátegui— le resultó intolerable el «caudillismo» de Haya de la Torre: no dejó de percibir ciertas similitudes entre el aprismo y el fascismo, de manera tal que no aceptó la invitación de Luis Alberto Sánchez a incorporarse en las filas del P.A.P.

No viendo ninguna opción verosímil en el horizonte, decidió partir, dejar el país para mejorar su preparación profesional, adquirir algunos rasgos cosmopolitas y adiestrarse en nuevas técnicas de investigación. A la postre su independencia, en un país que se fue derechizando después de la derrota popular en 1931 y en 1932, no pudo evitar que se atenuaran algunos planteamientos de su juventud y admitió algunas conciliaciones con la oligarquía de ese entonces.

Viene a la memoria el ejemplo de quienes persistieron en el marxismo y en las filas del comunismo, obligados a desarrollar una dificultosa doble vida como militantes y como investigadores (a la postre ambas se entorpecían) o a desechar cualquier empresa intelectual en nombre del partido (fue la opción heroica de Oquendo de Amat, por ejemplo). Pero no es fácil desarrollar una empresa intelectual desde la independencia y el aislamiento. A propósito de Francisco García Calderón, el propio Basadre ha reflexionado sobre los avatares de la inteligencia no condicionada. En el caso de García Calderón, su imposible articulación con algún proyecto oligárquico, derivó en un paulatino alejamiento de los temas peruanos y luego en un abandono de la propia escritura, hasta terminar en la erudición privada, exhibida sólo en alguna conversación ocasional.

Basadre, por el contrario, a pesar del aislamiento de clase, no obstante no ser un «intelectual orgánico», no se refugió en la obra erudita destinada sólo a los especialistas, sino que prolongó desde su juventud hasta su edad madura ese ambicioso proyecto de proporcionar a los peruanos una imagen de su historia contemporánea que, siendo a la vez una obra de paciente investigación, fuera realizada sin el recargo de notas o artificios bibliográficos, de manera que estuviera tanto al acceso del profesor como de los alumnos.

Una historia de los peruanos destinada a los peruanos, a los propios protagonistas. Entonces, lo que nos asombra de Basadre, la mejor imagen que podemos retener de él, es esa voluntad de un intelectual solitario que no dejó de percibir la dimensión colectiva de su oficio: que la historia no era sólo asunto de historiadores sino que por el contrario la memoria era una necesidad colectiva.

En esta actitud radica su vigencia y su mayor proximidad con el pensamiento de izquierda en el país. El hombre obsesionado por el problema nacional que termina su carrera intelectual publicando un libro sobre el Estado, resumió sus aspiraciones políticas con estas palabras: «Organizar el Estado sobre la Nación: he ahí el ideal». Evidentemente no era un pensamiento conservador 721. En una ocasión anterior, compendió su biografía en los siguientes términos: «A la larga, lo que importa, en la vida y en la obra es ser uno leal consigo mismo, proceder de acuerdo con el fondo 'insobornable' que todos llevamos dentro».

*Allpanchis, vol. XIV, N° 16; Cusco, 1980, pp. 3-8.

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