Antenor Orrego. José Vasconcelos y la Nueva América
Ha muerto José Vasconcelos en México a la edad de 77 años. Fue uno de los primeros espíritus que percibió con claridad el surgimiento de una nueva conciencia americana, cuando aún estaba en todo su auge el esnobismo de la imitación europea. Percibió la realidad histórica central del Continente, el vasto proceso del mestizaje a través del cual está generándose una nueva unidad étnica o biológica. Intentó estudiarla en un libro célebre en su tiempo, La raza cósmica, que tuvo inmediata y extensa repercusión en las juventudes latinoamericanas. Aunque sólo se trató de un primer esbozo, fue un vislumbre esclarecedor, un súbito destello directo sobre los problemas capitales que emergían del ámbito continental circundante. Preconizó el nacimiento de una cultura americana de la belleza que venía a neutralizar, en cierta manera, el pragmatismo cientificista, racionalista y técnico de la cultura europea. Hay que tener en cuenta, para justipreciarla debidamente, que en los años en que el escritor sostenía semejante tesis, el industrialismo y el capitalismo modernos alcanzaban su más poderosa y absorbente culminación. Fue uno de los resueltos partidarios de la revolución agraria de 1910, que se anticipó en algunos años, a la Revolución Rusa. Cuando el filósofo estoniano, Hermann Keyserling visitó los países latinoamericanos, se sorprendió al encontrar un pensador original que poseía una visión propia, en momentos en que imperaba todavía en América la versión libresca y casi escolar del pensamiento de moda en el Viejo Mundo. Así lo expresó en una de sus obras más difundidas aunque no compartía en toda su significación, las afirmaciones del pensador mexicano.
El pensamiento de Vasconcelos ejerció una profunda influencia en las juventudes universitarias de América Latina porque era un pensamiento palpitante que brotaba de las realidades inmediatas del continente. En muchos países se le declaró Maestro de la Juventud y en el Perú, los estudiantes universitarios de Trujillo le asignaron fervorosamente ese título de homenaje a su obra. Recordamos que, en esa oportunidad, les dirigió un hermoso mensaje que obtuvo intensa resonancia. Tras del arielismo de Rodó, que fue una elegante transcripción literaria de Europa, la inquietud vernácula de las meditaciones de Vasconcelos estuvo destinada a dejar una huella positiva y duradera en el espíritu americano. Seguramente, los ensayos del escritor mexicano contribuyeron a descartar muchas de las vocaciones juveniles que buscaron nuevos caminos, entre ellas la de César Vallejo, en que apenas apuntaba el sentido vital de su obra ulterior. Recordemos, también, que en el año 23, cuando Haya de la Torre fue expulsado del Perú, Vasconcelos le brindó acogida cordialísima y admirativa. Estaba desempeñando entonces la Secretaría de Educación, en el gobierno del General Obregón.
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José Vasconcelos. |
No nos proponemos en esta oportunidad hacer el estudio de la obra filosófica del pensador sino trazar el rápido perfil de uno de los espíritus que marcan una orientación vital en el proceso cultural latinoamericano. Durante su gestión magisterial se acometieron obras de extraordinaria trascendencia para la cultura de su patria, entre ellas, la erección del Palacio de Bellas Artes que fue decorado por los mejores pintores mexicanos. Fue en aquella ocasión que Diego Rivera, Siqueiros y Orozco trazaron sus más célebres murales, que constituyeron, luego, una muestra característica del arte mexicano, realizado con una técnica original, absolutamente nueva, que sorprendió después a Europa. Fue el mismo Vasconcelos que publicó, en ediciones baratas y populares, una copiosa selección de las obras clásicas griegas y latinas que se difundieron gratuitamente en todo el Continente. Este ejemplo fue imitado años más tarde, por muchos países, como Venezuela, Colombia, Guatemala y otros, que difundieron su producción nacional, literaria y filosófica.
En años posteriores la obra de Vasconcelos ya no tuvo el ritmo, ni la orientación ejemplares que tanto la caracterizó en los años iniciales de su influencia continental. Pero, fue en su tiempo, un guía experto para nuestros pueblos que se debatía dentro de un pasado cultural ajeno, el cual gravitaba con fuerza abrumadora sobre las inteligencias juveniles. No es exagerado afirmar que él abrió una de las primeras brechas que permitieron al Continente ingresar a su etapa de madurez intelectual y artística que, años más tarde, diera sus más sazonados frutos. Las últimas promociones literarias deben mucho a este espíritu tan alerta, cuyo magisterio se inició dentro de un ambiente negativo e impermeable a las recientes incitaciones históricas que se alumbraron después. Fue un verdadero y auténtico maestro que se prodigó generosamente en su hora. Su recuerdo pasará a la posteridad envuelto en un nimbo de luz que persistirá, como una faena decisiva en el vasto proceso espiritual que recorrerán en el futuro estos países. Si el pensamiento filosófico latinoamericano logra una expresión autónoma y genuina, como es de esperarlo, Vasconcelos marcará el comienzo de la etapa inicial y primigenia. Tuvo la suficiente audacia valerosa para recorrer con lucidez y sin vacilación un camino que antes no fuera transitado. La América Nueva le debe el descubrimiento de alguna de sus dimensiones originales que han comenzado a esbozarse ya con transparencia indiscutible.
*La Tribuna, el 2 de julio de 1959, p. 5. En su clásica columna “Efigie del Tiempo”.
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