Discurso de Luis Alberto Sánchez con motivo de su elección como rector de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos
Señores:
El insigne honor y la generosa oportunidad que significa este banquete, me debiera obligar a un público examen de conciencia, pues, quisiera ser absolutamente sincero con quienes así me enaltecen. Y como la mía es una conciencia a tono con la de muchos, una especie de conciencia plural, al revelarlo pienso que puedo interpretar la de otros, sobre todo la de gente de mi tiempo, que no es lo mismo que decir la de mi generación, porque este concepto, el generacional, se detiene en los linderos del origen o nacimiento, mientras que el del tiempo cubre toda la vivencia, sin excluir origen.
Considero que esta fiesta de concordia me obliga, además, a numerosos quehaceres externos. Las personas que aquí están, abrumándome con su fraternal aliento, vienen por diversas limpias razones; pero hay dos tipos de éstas que adquieren mayor fuerza: la de aquellos que quieren expresarme su solidaridad sentimental» proveniente de inolvidables y lejanos vínculos, y la de quienes, a despecho de diferencias a veces violentas, han resuelto prescindir de ellas para decirme: “te otorgamos por hoy un voto de confianza a ver qué haces de él". Unos y otros, con o sin reticencia, me obligan de modo terminante. Debo decirles, pues, como única manera de expresar mi gratitud, lo que pueden esperar de mí y cuánto espero de ellos y de todos.
Hablo en primera persona del singular, no por un yoismo enfático, absolutamente ajeno a mi modo de ser cuasi colectivo sino como el fortuito gonfalonero de un equipo intelectual. Hablo en yo menor porque soy el recipientario de este homenaje transfiero de inmediato, y he de explicarlo someramente, al Rector de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en cuya figura y posibilidades se ponen aquí la esperanza y el acento.
Universitariamente pertenezco a un movimiento cuyos perfiles hay que precisar: la Reforma; políticamente a un partido cuya trayectoria me gustaría establecer, el Aprista; soy miembro de una generación a la qué se empieza a hacer justicia: la del Centenario; mi filiación y mi fe tienen una palabra de pase, a la que he sido y seré irremisiblemente fiel: la amistad. Como se ve de todo ello aparezco más bien como un ser gregario, de compañía, necesitado de apoyo. Ha de pensarse entonces que cuando hablo en primera persona, no lo hago por mí, sino por él, por el Rector, que ha recibido, a pesar de sus deficiencias, el encargo de continuar y superar, si le fuera dado, la de todos modos gloriosa tradición sanmarquina, de cuya luz inmarcesible sólo pueden huir los que no la conocen y los apóstatas.
He dicho a menudo, y lo repito, que soy un sanmarquino hasta los tuétanos, químicamente puro, al ciento por ciento. Tengo la más profunda convicción de que San Marcos ha sido vivero, laboratorio, trampolín, lastre, vereda y es faro de la nación; estimo, por tanto, que atentar contra su unidad es una suerte de traición a una de las esencias del Perú.
Hemos vivido, y solemos seguir viviendo, dentro de un criterio de fronda, dispuestos casi siempre a rebajar lo que sube mucho y a desintegrar lo que es compacto. San Marcos no ha sido excepción de esta lamentable regla, inevitable en la adolescencia de los pueblos. Mas, empezamos a dejar de ser país adolescente, y a costa de mil sacrificios y frustraciones vamos entrando por el camino de la integración, del estructuramiento de unidades sólidas, de bloques internos y externos, como ocurre en todos los ámbitos de la tierra. No podemos, pues, mirar sin tristeza, que en esta hora de edificar, haya quienes pretendan realzar su pequeña o grande individualidad nada más que a base de la destrucción de los demás; cuando juntando esfuerzos los unos y los otros formarían una constelación triunfal.
Es por lo dicho por lo que entiendo y sostengo que la base esencial de la Reforma Universitaria es la unidad de San Marcos o de cualquiera otra de las Universidades que constituyen ya entre nosotros gérmenes efectivos de disciplina intelectual e irradiación de cultura. La Reforma desde que nació fue eso. Los que la hemos padecido y conllevado lo sabemos bien. Fue nuestra presea, y acicate y mota; y continúa siéndolo. No concebimos desmembramiento que no signifique un atentado contra el cuerpo y el alma de la Universidad. No admitimos que sea modo de llegar a puerto el destruir el navío, ni convertir en escuadra de combate los botes de salvamento. Considero, al contrario, si proseguimos la imagen náutica, que la Universidad es cómo un inmenso portaaviones en el cual tienen cabida y de cuya cubierta parten en raudo vuelo eficaces instrumentos, no de destrucción, sino de afirmación humanística, ideológica, científica y moral.
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| Luis Alberto Sánchez. |
Estoy absolutamente seguro de que los sentamientos y convicciones que enuncio son compartidos por los miembros de las diez Facultades que constituyen San Marcos, y pienso que esa es la misma actitud de las Facultades, Escuelas e Institutos que constituyen la Universidad Católica, cuyo Rector honra esta mesa con su presencia, y la de las otras Universidades del país, cuya personalidad futura o presente, depende de manera inequívoca, de la forma como se integren. El indeseable fracaso de ellas y el nuestro estaría, con toda seguridad, en íntima consonancia con su desmembramiento, provocado a menudo por un individualismo exagerado o por una tecnolatría deshumanizada capaz de encandilar a los arrebatados y soberbios, que no han aprendido la lección de las estrellas, según la frase de Goethe, “eternas caminantes sin prisa y sin reposo”. La Reforma Universitaria, sobre la que se ha enunciado tanta palabra escrita y hablada, es menos compleja de lo que algunos piensan. Hasta me atrevería a reducirla a media docena de lemas. Por ejemplo: unidad del ente universitario mediante el estrecho contacto entre todos sus miembros, renovación periódica y democrática, enseñanza e investigación dinámicas, calado veraz de la realidad inmediata o nacional, servicio al pueblo en que se vive y ampliación del horizonte nativo a través de la cultura y dentro de la libertad.
Sé que esta enumeración puede parecer, y tal vez lo sea, vaga y lírica, pero si nos detenemos en cada uno de los conceptos y examinamos su contenido concreto, veremos que cada uno de ellos representa un programa preciso. Mas no prosigo. Me detiene el temor de fatigar la atención de mis agasajantes. No es ésta la oportunidad. Me limitaré por eso a dejar enumerados como lo he hecho unos cuantos hitos de la Reforma, tan mal comprendida y peor presentada con excesiva paciencia. Soy miembro de una generación, quizá la más variada y combatida de nuestra historia republicana.
En esta misma sala, hace año y medio, presididos por la imborrable figura de Raúl Porras Barrenechea, mi fraterno compañero de faena, tuve oportunidad de expresar algunas de las dolorosas experiencias de la llamada generación del centenario. Ratifico ahora lo que entonces dije:
Dotada de individualidades tan heterogéneas y tan descollantes como las de Haya de la Torre y Mariátegui, Porras y Vallejo, Sabogal y Lavalle, Sabroso y Sánchez Málaga, Basadre y Gutiérrez Noriega, Orrego y Vinatea Reinoso, Abastos y Losada y Puga, por citar sólo a unos cuantos, la Generación del Centenario se enfrentó, empero, a muy áspera tarea. El desdén, la incomprensión, la cárcel, el destierro, la pobreza fueron en la mayor parte de los casos su único premio. Como previendo la injusticia de que se le haría presa en la adultez, esta generación se rebeló desde la juventud contra lo consabido, y siendo, acaso, una de las más profundamente universitarias de nuestra historia contemporánea quiso ratificar su fe en los destinos del Alma Mater, encarnizándose en obligarla a superar la atmósfera en que la tenían envuelta el prejuicio, la rutina los privilegios. Por eso, aunque sorprenda a algunos, esa generación, estrictamente sanmarquina, fue la que promovió la Reforma en San Marcos, con todos sus amargos y risueños contrastes y consecuencias. Que el verdadero amor tiene mucho de grillete mas no de venda; ata, pero no ciega. Así la Reforma, de que somos hasta ahora fieles supérstites y nuevamente tercos promotores, la llevaron a cabo estudiantes auténticos y con auténtico espíritu universitario y se empeñaron para que la Universidad sirviera mejor a su pueblo rompiendo las amarras que la uncían a las unilaterales tradiciones de un muñón de sociedad egoísta y anticuada como era la nuestra.
Quisimos que la Universidad se proyectara desde sus claustros hacia posibilidades comunes a todos los peruanos, para que se pusiera a tono con los tiempos, practicase la investigación. procreara caracteres humanos a la par que especialistas y como en la copla de Manrique, estuviese al alcance de “los que viven por sus manos y los ricos”. Si aquello fue pecar contra el espíritu y fomentar ese caos, ¿no es verdad que bien valdría cometer tal pecado y caer en ese caos a trueque de los fecundos resultados de su apasionada vigencia?
Mucho se hizo entonces a San Marcos dentro de los más exigentes intereses del Perú y del mundo. Como no bastaban el entusiasmo y la disciplina creadora de los maestros, se buscó en la coparticipación estudiantil la cooperación necesaria para compensar los defectos con que la incuria y el desaliento, fruto del incontrolado ejercicio de la autoridad magisterial, habían invadido la Universidad Peruana. No fue por anarquía, ánimo insurreccional o cínica devoción a la pereza, por lo que se incorporó el mal llamado cogobierno estudiantil a la legislación educacional peruana. Fue una irreprimible urgencia sociopedagógica y hasta me atrevería a calificarla de patriótica. Si en alguna instancia y por algún azar, y en algún sector muy circunscrito, aquel sistema cometió excesos, ¿podría afirmar alguien que no han cometido excesos y no han sufrido fracasos otros regímenes de estudios y aún de gobierno de los pueblos? Nadie está autorizado a dar por concluida una experiencia cuando sólo empieza. La Reforma es una de ellas.
Disculpadme, comprendo que me dejo arrastrar por mi pasión universitaria. No debo hacerlo aquí ni ahora. Con todo, quisiera añadir algo para descargo de mi conciencia, y es que yo no admito una Universidad mutilada, desmembrada, incompleta, y por tanto, ineficaz. Cada mutilación significa un lazo roto con la realidad a que se debe un acto contra Natura, contra la inteligencia y contra la Patria. A fuerza de cortar esos lazos puede quedar el Alma Mater como botella al mar, portadora de un mensaje inaudible que ni siquiera por azar recogerá el oído o la mano a que estuvo destinado. Por ser así, yo no entiendo una Universidad que no comprenda, aparte de las ciencias humanistas, sociales y aplicadas, y la investigación, que no comprenda las disciplinas atañentes a las urgencias de nuestro tiempo y nuestra sociedad. Sin Escuelas de Administración Pública, de Salud Pública o Prevención Social, de Enfermeras, de Servicio diplomático y consular, de Física Nuclear, de Controladores de Impuestos, de Matemáticas Superiores, de Bibliotecarios y Archiveros, de Topógrafos, de Profesores primarios secundarios y universitarios, de Altos Estudios, de Medicina Tropical, de Arquitectura, en el sentido en que Hegel consideraba a éstas, la Universidad no podría asumir a cabalidad su misión. Tampoco podría hacerlo si no realiza un denodado esfuerzo por superar los sectarismos y los celos profesionales, fruto de un provincianismo cultural extemporáneo. Contra ese sectarismo fragmentador tal vez sea eficiente fomentar un tipo de asociación, federación o correlación interinstitucional en el que, sin mengua de la autonomía de los intervinientes, se armonicen y coordinen Universidades, Facultades, Escuelas, asignaturas, a fin de integrar su acción, al par que reducir el costo de sus servicios tácitos para las instituciones que los presten como para los individuos que los disfruten. En 1946-48 ensayamos, sin ninguna dificultad, un sistema de Federación interuniversitaria, cuyos resultados fueron impresionantemente constructivos, a tal punto que quienes quisieran despedazar el edificio de la cultura nacional, en beneficio de pasiones subalternas unilaterales y seccionistas, siempre tratan de ocultar aquel venturoso experimento, o presentan rasgos incompletos de su fisonomía, con el menguado objeto de impedir, retardar o frustrar todo esfuerzo integrador sin el cual se hace más incongruente y costosa la obra de una verdadera cultura superior.
Perdonad que me haya dejado arrastrar por el tema. Perdonad que no haya tenido la sagacidad de poner oportuno coto a un entusiasmo que sólo por ser desinteresado y tal vez útil puede dejar de ser impertinente. Pero, es que ¿acaso no estoy hablando entre amigos y para amigos? ¿Es que los que rodeamos esta mesa no somos todos partícipes de un mismo interés desinteresado, ciudadanos de una misma empresa de libertad y justicia por medio de la cultura?
Dije al comienzo haberme guiado siempre, en los peores momentos de la vida, que no han sido pocos por un hilo conductor, por una mágica palabra de pase: la amistad. Hasta llegué a decir un día, repitiendo palabras de un hombre mayor que me obsequiaba con su estimulante consejo, que pudiera ocurrir una catástrofe universal, en la que desaparecieran, borrados por las furias del tiempo y las circunstancias, conceptos tan entrañables como los de ideología, credos, razas, pero que en medio de la hecatombe sobrenadaría, como porfiada Arca de la Alianza, la palabra “amigo”. Mas que la de hermano: amigo. Más que la de hermano, porque la hermandad es fruto involuntario de un imperativo de la sangre, en tanto que el amigo es el compañero dilecto, al cual uno busca o encuentra, pero, hallado o encontrado, guarda para sí, voluntariamente, como alma gemela, irreemplazable en el día del triunfo y también en la noche del fracaso, en la presencia y en la ausencia. Quizá yo entendí con mayor acuidad esa teoría, por cuanto, sin hermanos de la carne, sólo “con la desoladora soledad de un diente cuando acaba de ser arrancado de la encía”, según la amarga frase de Gorki, no pude sentir otra fraternidad que la de mis amigos y después la de mis correligionarios. Sin duda fue la amistad, tanto o más que el pensamiento y la emoción sociales, la que me condujo a las playas del Partido Político, en que, a despecho de larga lucha y dura brega, hallé sosiego y aliento de reencontrado hogar, de hogar de amigos, doblemente hogar.
Al tender la mirada en torno de esta sala, sobre estas mesas de acogedora pausa y tierno convivio, advierto rostros de amigos: de amigos de ayer, los compañeros de mi infancia, clavados en mi retinas desde hace ya más de medio siglo; de amigos de hoy, con quienes ya me ata una reciente y sin embargo profunda tradición, pórtico de profundas empresas futuras de amigos de mañana, que eso son los discípulos, con quienes aún no se ha roto el hielo de la destemporaneidad, aunque ya se vislumbran las afinidades que harán dulcemente inevitable la fraternidad del día que despunta.
No tiene otro sentido esta reunión que la de afirmar que la amistad sigue siendo, como lo fuera en tiempos clásicos el más delicado y duradero lazo que une a los hombres, quizá tanto cómo el amor, al que aventaja en pureza, y como el interés, al que supera en duración y altura. La amistad al hombre y el generoso estímulo al Rector, os han traído aquí en actitud cuyas resonancias, inflexiones y matices llenan y saturan cada partícula de mi corazón.
Amigos míos: Catedráticos, estudiantes, condiscípulos, contertulios, copartidarios, hombres de carne y hueso, almas en carne viva, porque la confianza y la generosidad no resisten disfraz de vestidura o piel.
Recibid la espontánea promesa que os formulo: la de no traicionar nunca vuestra confianza y entregarme como estoy entregado, a esta terrible novia que es la Universidad Peruana, resuelto a trabajar por ella, con vuestra cooperación y vuestro apoyo, a fin de acercarme hasta donde sea posible al altísimo propósito de ponerla plenamente, sin restricciones ni discriminaciones al servicio del Perú, en la medida de mi capacidad y al nivel de nuestra esperanza.
*Discurso del Doctor Luis Alberto Sánchez, pronunciado el 27 de mayo de 1961, con motivo de su elección como Rector de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En La Tribuna, Lima, Domingo 28 de mayo de 1961. pp. 3 y 7.



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