Manuel Ugarte. La Democracia en América

Para las nuevas generaciones que, ajenas a los apasionamientos y a las incidencias de cada región, examinan las corrientes que después de la guerra han empezado a difundirse en la América Latina, nada es motivo de tanto desconcierto como la tendencia a transformar en teoría política aplicable a nuestras repúblicas el retroceso accidental de algunas naciones de Europa.

Como el movimiento entraña un peligro innegable por la misma buena fe de los que lo propician creyendo preservar los destinos colectivos, y como los fenómenos que se advierten en algunas zonas pueden ejercer influencia sobre las demás, conviene tener presentes los fundamentos alrededor de los cuales debe girar la vida de nuestra América.

Las sociedades han pasado gradualmente de la obediencia a la libre disposición de sí mismas, del obscurantismo a la libertad, con ayuda de una evolución laboriosa que fué transformando su propia esencia. La difusión de la cultura, la inquietud de las responsabilidades, acentuaron derechos y deberes, haciendo florecer un ideal, constantemente ampliado, de elevación y de felicidad humana. Estas conquistas dolorosas y difíciles, fruto de tragedias sangrientas y memorables inmolaciones, constituyen algo irrevocable: y todo lo que tienda a volver hacia lo ya vivido, a remontar el curso de la historia, a interrumpir el ritmo del progreso, sólo conseguirá arremolinar las aguas peligrosamente. Lo que es aplicable a todos los pueblos, resulta más categórico en nuestras democracias nuevas.

Las naciones de Europa tienen, después de todo. un punto de partida feudal. El viejo fermento autoritario ha seguido palpitando a través de las concesiones de la monarquía, que, para prolongar su existencia, tomó a veces engañosos ropajes pajes constitucionales. Mirándolo bien, la brusca crispación de un residuo persistente, sólo marca los estertores del sistema que no se resigna a morir.

Pero en América ocurre todo lo contrario. Nuestras patrias jóvenes brotaron de una rebelión contra la idea dinástica. Sus cimientos fueron edificados sobre principios y constituciones republicanas. Toda tendencia al predominio de una minoría, o al auge de un gobierno fuerte, equivale a incorporar elementos discordantes que contrarían la lógica de nuestra evolución.

Manuel Ugarte.

Esto no significa negar que ha habido en el curso de la historia latino-americana penosos momentos en que la ley escrita fué anulada por los caudillos. Pero estos recuerdos de luto y de miseria son los que con más fuerza se oponen a toda reaсción. Si hay pueblos que deben estar escarmentados del autoritarismo, son los nuestros, que tan duramente lo lloraron en el pasado, o tan amargamente lo soportan aún en ciertas regiones.

Las repúblicas de la América Latina, democráticas por las leyes y por la composición nacional, no pueden tender a crear a destiempo privilegios anacrónicos, sino a perseguir la ampliación de las fórmulas libertadoras, afrontando cuantos desarrollos económicos y filosóficos conducen a las hipótesis nuevas. Porque no es posible olvidar que el gobierno de un hombre o el de una minoría —que ya han existido entre nosotros, en forma de trampa o de imposición— marcaron siempre en la geografía y en el tiempo, las zonas y los momentos de más hondo atraso y de mayor infelicidad colectiva.

Al margen de los teóricos, las incidencias de actualidad pueden ser usufructuadas por las oligarquías para robustecerse, y por los veteranos de la reelección para perpetuarse, basándose éstos y aquéllas, en la aparatosa necesidad de defender la salud de la patria. Conviene evitar que, bajo apariencias de interés común, recobren su vigor las fuerzas retrógradas que fueron vencidas en el origen del separatismo por las concepciones liberales, y en los debates internos por el sufragio universal.

Nadie podrá tacharme de antipatriota. Por defender el principio de Patria y las bases que creo indispensables para su perdurabilidad, recorrí el Continente y me distancié en la Argentina del partido que sintetiza mis ideales. Mi socialismo fué siempre moderado y nacionalista. Pero entiendo que nada puede ser tan nocivo para el progreso de nuestras repúblicas como los gobiernos de sorpresa y las hegemonías marciales erigidas en tribunal dosificador de la libertad.

No hay que dejarse impresionar por los fenómenos que se han desarrollado en dos penínsulas del Mediterráneo. Lejos de tener ellos una significación mundial, carecen, en realidad, hasta de sentido europeo.

Las clases conservadoras de Italia y de España lograron rejuvenecer sus doctrinas con ayuda de una paradoja; pero si triunfo transitoriamente el ardid de política local, no se comunicó el sistema a las naciones vecinas. Francia, Inglaterra, Alemania, siguen fieles a los principios democráticos, subrayando la anomalía de que mientras los ejércitos más poderosos se encierran en su papel de defensores de la nación, sean los partidarios civiles del cesarismo los que se afanen por sacar de la guerra recién una falsa conclusión.

Nuestra América ha de extraer de sí misma la vida espontánea y nueva a que la obliga su juventud.

Pero si juzgamos indispensable buscar modelos, no detengamos los ojos en las monarquías declinantes, que recurren a clásicas reacciones. Imitemos. más bien, a Francia, donde está gobernando una coalición de fuerzas tendidas hacia el progreso, imitemos a Inglaterra, que mantiene el juego normal de los partidos, imitemos a Alemania que a pesar de todas las dificultades, tiene el oído atento a la voluntad popular, imitemos, en fin, a la triunfante América del Norte, donde ni en sueños ha llegado nadie a formular la idea de resucitar el pasado.

No cabe duda de que una de las consecuencias de la última conmoción ha sido fortificar los sentimientos nacionales. Pero esto, lejos de marcar una reacción, anuncia un progreso. A medida que la nación se ha hecho democrática, la democracia se ha hecho nacional. Y los tronos caídos, la substitución casi general de las antiguas casas reinantes por repúblicas avanzadas, algunas de las cuales van más allá de nuestras propias convicciones. está diciendo a voces que, si la conflagración ha tenido una filosofía, es la que marca el advenimiento del pueblo y el triunfo del sufragio universal.

Fulminar contra el parlamentarismo, cuya falta de eficacia consterna a los partidarios del golpe de Estado, es partir de una base inconsistente. Claro está que el régimen parlamentario no es perfecto. Pero, ¿lo fué acaso el absolutismo? ¿Lo fueron las dictaduras que escalonan en la historia sus eslabones de sangre? Los errores del parlamentarismo —que sintetiza la presencia constante en el gobierno de la voluntad colectiva— son rectificados siempre por la masa electora. ¿Quién, rectificará, en cambio, los errores de los déspotas, que quedan invariablemente impunes, y fueron a menudo punto de partida para empecínamientos y persecuciones que ahogaron a los pueblos bajo el silencio y el terror?

También se ha invocado injustamente la incapacidad de nuestras democracias, olvidando que dieron prueba, desde los orígenes, de especial clarividencia. Pero aun admitiendo que la democracia latino-americana carezca de educación política, no se probará, como consecuencia de ello, que hayan alcanzado esa educación política los que aspiran a erigirse en tutores por derecho divino. Entre nosotros, los que han dejado siempre más que desear, han sido los gobernantes. No es ensanchando sus atribuciones cómo aumentaremos sus capacidades. Y en lo que se refiere al pueblo, tan duramente juzgado por los censores, más fácil será lograr su perfeccionamiento con ayuda de la democracia, que está interesada en servirlo, que a la sombra de los dictadores, cuya preocupación eterna fué perpetuar la ignorancia para dominar.

En cuanto al bien supremo de la colectividad —que se invoca indeterminadamente, como si volvieran los sacrificios de los tiempos bárbaros, y fuera necesario desarmar a los dioses adversos inmolando las libertades— no hay razón atendible que haga depender la vitalidad de nuestros países de una mutilación de la voluntad popular. 

Cuantos forman parte de un conjunto, están interesados en su grandeza. Y lo que exige la prosperidad de nuestras colectividades, no es el gobierno de unos pocos, que demasiado se ha prolongado, con ayuda de los peores expedientes, sino la franca realización de lo que las Constituciones anunciaron, la sana igualdad que no ha llegado aún, y en contra de cuyo cercano advenimiento quieren levantarse las minorías para retardar la evolución inevitable.

La juventud debe pronunciarse contra todo lo arbitrario, contra todo lo que marque imposición personal o de núcleo, contra todo lo que falsee las aspiraciones y el punto de partida de nuestra vida institucional. La América Latina sólo se engrandecerá, dentro del marco cada vez más moderno, cada vez más generoso de los debates a plena luz. Y cuanto tienda a cercenar las atribuciones de los parlamentos, a reducir el campo de acción de la prensa, a limitar la espontaneidad de la palabra, a oprimir el pensamiento. a arrebatar, en fin, el cetro a las mayorías, para depositarlo sobre una clase, una casta o un individuo, debe ser considerado como nocivo para la patria, para la raza y para la humanidad.

Desde el punto de visto de la evolución interior, como desde el punto de vista de las consecuencias internacionales, sería fatal para el Nuevo Mundo toda tentativa de cesarismo, civil o militar. La felicidad de cada entidad independiente, y la fraternidad entre todas ellas depende de la fidelidad a los principios republicanos. Levantemos cada vez con mayor brío la bandera nacional. Defendamos de todo corazón a la patria. Pero no la defendemos con armas viejas y procedimientos contraproducentes, generadores de atraso, anarquía y disolución. Para defenderla bien, identifiquémosla con la felicidad de todos sus hijos, hagámosla cada vez más ágil, purifiquemos sus ideales, perfeccionemos sus instituciones, libertémosla de lo egoísmos parasitarios. Así coincidirá con todas las fibras de la nación y levantará en peso a la colectividad entera, sin injusticias, sin odios, sin privilegios.

Las nuevas generaciones, con el instinto seguro que las orienta, han tomado posición para preservar los principios superiores, cuyos desarrollos futuros representan una esperanza en medio de errores que se prolongan. Åjenas a las corrientes efímeras, salvaguardarán antecedentes y destinos, instituciones liberales y audacias luminosas, cuanto es nuestro pasado, cuanto será nuestro porvenir.

Manuel Ugarte 
Niza.

*Claridad. Revista de arte, crítica y letras. Tribuna del pensamiento izquierdista. Año 9, No. 205, Buenos Aires, abril 26 de 1930.

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