Arturo Sabroso Montoya. No nos empequeñeceremos ante las críticas

Compañeros todos:

Comprendo que mi palabra tiene que ser de gran expectación para muchos trabajadores, y digo de expectación no por la belleza de mis frases carentes de oratoria, sino por las apreciaciones justificatorias de la rectificación en nuestro camino.

Militante convencido de las filas apolíticas no puedo eludir la obligación de sincerarme explicando porqué me sumo espontáneamente a la vanguardia de un partido político.

No comparto el criterio comodinezco: "Las épocas cambian a los hombres".

No creo que las épocas obren en la inclinación de los hombres y las multitudes. Son los hombres y los pueblos los que imprimen rumbo a las épocas, tatuando en la historia la huella de sus hechos.

Nosotros hicimos presencia en las agitaciones sociales del país cuando imperaba todo el despotismo de los neo-godos, de los conquistadores nacionales, cuando las masas ignaras por el privilegio de la instrucción y fanatizadas por la farsa de los caudillos politiqueros ahogaba en su avalancha las pocas voces honradas. Era, pués, la época del latrocinio, de la barbarie política ante cuya ola arrolladora nada podían los heraldos de una nueva moral. La certera visión de los orientadores, de los más capaces, comprendió que el saneamiento dentro de un ambiente tan putrefacto tenía el peligro del contagio o del sacrificio estéril. Apreciando la magnitud del mal se justificaba la recomendación de una campaña abstencionista. El ingresar en el tinglado de la farsa solo nos habría dado un triste resultado: autorizar el atropello y suscribir el tratado enciclopédico de rapacería que era el canon de desgobierno.

Pero una eficaz campaña de control y de combate si era posible, aunque tuvieran que arrostrarse todas las amenazas y venganzas del tartufismo. La orden de abstención concentró todas las agrupaciones libres entre las que se destacaba con singulares relieves la Universidad Popular Gonzáles Prada. La égida del viejo maestro agrupó la pléyade más valiente de la juventud estudiosa y proletaria. Sus filas se engrosaron, día a día y fueron creciendo en número, en calidad, en ideas, con el aporte valioso de todos los que alimentaban en una esperanza y una fé.

Celula Parlamentaria Aprista, 1931.

La labor crítica produjo sus frutos: La cultura revolucionaria desentumeció los cerebros y elevó las voluntades. La acción depuradora eclosionó vigorosamente. Solo faltaba perennizarla con heroísmo, y fué la misma tiranía la que abonando su causa con sangre y sacrificios la hizo imperecedera. Las tragedias, deportaciones y confinamientos transformaron la campaña en doctrina; las víctimas fueron sus paladines. Las masas inquietas siguieron vigilantes sus actividades en el destierro y reedescubrieron HOMBRES y reconocieron obra de apostolado. Haya Delatorre dejó de ser un nombre para ser un símbolo: Cuanto más lejos lo arrojaba la garra imperialista, más hondo lo metía en el corazón de su pueblo.

Las inquietudes tomaron forma. Los animadores plasmaron normas precisas, orientaciones específicas con medios reales y efectivos. Llegó el período más interesante: insurgió la Alianza Popular Revolucionaria Americana. Lució convincente sus lemas y membretes en las revistas y periódicos más destacados del Orbe. Recogió elogios múltiples de muchos hombres nuevos. Fulminó los imperialismos en certámenes internacionales. Actividades todas que por encima del impedimento y consura oficial se conocieron en todo el país por la divulgación insistente de los mílites apristas.

Los apetitos políticos gestaron ambiciones desmedidas. El pillaje asumió sus más exageradas proporciones. Los grupos partidaristas coaligados en el sostén de la tiranía entraron a su instante más álgido de descomposición. La crisis económica del país se acentuaba; sus ingresos no permitían seguir saciando la succión leguiísta. Cundió el descontento. Las avanzadas dieron más fragor a su campaña incesante. El oportunista pronunciamiento militar de Arequipa dió en tierra con el edificio carcomido, donde la piqueta de izquierda no descansó en su tarea demoledora.

Los presupuestívoros de la argolla civilista se aprestaron a devorar los despojos dejados por el leguiísmo y viendo grave obstáculo en el APRA, esgrimen sus armas: la calumnia y la intriga. Manuel Seoane es deportado, Carlos Manuel Cox encarcelado y otros tantos apresados y perseguidos. Una reacción del país que no quiere más la imposición de los políticos tarados por un pasado de vergüenza, coloca la actualidad política en un momento crítico. Por un lado los hombres nuevos sin indice que les señalen una sola vergüenza, y por el otro los viejos políticos portando la enorme caparazón de sus pecula. dos y responsabilidades vergonzantes. Es en esta etapa de la realidad nacional donde el APRA destaca todos sus contornos de partido nuevo. Inicia el reajuste de sus filas, ejerciendo un sistema que por sí dice de toda su grandeza; observándose en sus menores detalles la influencia de su doctrina nueva y pura; contrastando su pobreza económica con la altitud de sus fines morales.

Las cotizaciones y el derecho de inscripción constituyen su fuente de ingresos. El bello sentido de cooperación con que se ayuda a las obras magnas, retrata el desinterés de sus componentes. Una corriente de sinceridad enriquece la atmósfera de su hogar social, cual si los dirigentes del partido se esforzaran en vivificar mejor el ambiente con ráfagas tan propias de su leader y fundador. En todos los matices de la propaganda aprista se advierten estas características saludables, que no se encuentran en los forcejeos de los viejos partidos que, yá instalan su mercado de conciencias dejando oír, al acorde murguístico de sus cachimbos, agraviando la época con sus toneles de cerveza averiada, su indigestión de butifarras y su cantaleta promisora del gran reparto en el festín triunfal. Esta diferencia tan contrastable nos está diciendo desde tan mínimos detalles que el Partido Aprista más que un mero partido político es un verdadero partido social, con criterio preciso de una bien entendida democracia. Su gestación, los antecedentes límpidos de sus hombres, su doctrina depuradora, lo recomiendan a la conciencia del país como el consorcio central de todos los grupos, de todos los individuos que no ignoran los peligros de las discrepancias pequeñas frente a la oposición conservadora, que siempre, en los momentos críticos, ha sabido unificar sus huestes. Este solo peligro impone a los que no miran con miopía el trascendental momento histórico que atraviesa el Perú, el deber de incrementar el partido de la clase pobre.

Si ayer cuando las fuerzas cohercitivas y negadoras de la nueva cultura, ante la desorientación e ignorancia popular era justificable nuestro apartamiento, hoy, con efectivos resueltos y disciplinados, con el prestigio de hechos dignificantes, con historia corta quizá pero grandiosa, hoy que disponemos de una serie de atributos para confundir a los reductos del conservadorismo sería imperdonable que no ocupáramos el sitial de la responsabilidad. Las generaciones futuras serían severas cuando enjuiciaran nuestra cobardía.

Nuestra obligación de ayer fué de abstención, nuestra obligación de hoy es de cooperación pero, entiéndase bien de cooperación con el APRA, no con la politiquería menguada y falaz que trafica con los más caros intereses del país, que es cosa diferente.

Estas dos faces de la realidad nacional son las que nos justifican. Y lo robustece un bello pensamiento del indio libertador: "La no colaboración con el mal es casi un deber tan grande como el de la colaboración con el bién"—Gandhi. Nosotros colaboraremos con el bien. Nuestra decisión es indeclinable, resuelta. No nos empequeñeceremos ante las críticas. Si en la política hay corrupción y metalismo, el APRA saneará la política; de ella huirán los que no tengan quilates de honradez puestos a prueba.

Nuestros valores ameritarán más su integridad impecable actuando entre las tentadoras concupiscencias que huyendo de ellas.

Si la palabra ha sido prostituida, si las libertades han sido holladas, si los derechos cercenados, si la tiranía nefasta ha sembrado el derrotismo, la desesperanza, y si el pueblo solo contempla caos y encuentra a su paso prevaricadores, el partido aprista forjado al calor de ideas acrisoladas e integrado por hombres que no han tenido participación en el desastre, sabrá redimir al país de ese pasado de vergüenza para conducirlo por el sendero de los pueblos libres y autónomos.

Y hablamos en nombre del país, aludimos a la nacionalidad, no por apelar a resortes sentimentales y chauvinistas. Nuestro nacionalismo es otro, tenemos un nuevo sentido de nacionalidad. El propio derecho de defensa que asumimos contra el imperialismo extranjero situa nuestro plano nacionalista. José Carlos Mariátegui, trascribió en "Claridad" de Noviembre de 1924 algunos párrafos de Manuel Seoane, publicados en "Renovación" de Buenos Aires, allí se lee: "Ha contribuído mucho a precisar nuestro sentimiento de nacionalismo la influencia del capitalismo yankee. Creemos en la conveniencia política de elevar frente al poderío de los EE. UU. una fuerza que lo equilibre y lo contenga. No para propiciar la guerra sino para evitarla. No para llevar zozobras ni intranquilidad a los pueblos sino para hacerla desaparecer. Propiciamos la fraternización humana pero rechazamos que ella se establezca sobre bases de injusticia, soportando hegemonías peligrosas". Y la trascripción fué glosada con este significativo comentario: "Estos párrafos polarizan ideas de intenso nacionalismo y de amplio internacionalismo y expresan la actitud espiritual del anhelador de un advenimiento de justicia social. No es un comunista ni un difamador del comunismo; tampoco es anarquista, siente la necesidad de un mundo mejor y busca un camino, quién ha despertado a la vida con tanta claridad en el alma ha de saber hallarlo".

Las bellas ideas de Seoane, Haya, Cox, y otros tantos compañeros apristas sintetizan nuestro nacionalismo. Solo un hermético criterio sectario puede desfigurarlo.

Leyendo los escritos de nuestros compañeros fortificaremos más nuestro convencimiento y llegaremos a la conclusión imperiosa de fortificar las filas del aprismo, por que en ese partido encontraremos lo que nos dice Eugenio D. Ors: "La belleza de las cosas sociales que es la Justicia".

*Discurso de Arturo Sabroso Montoya, en la asamblea aprista realizada por el Comité distrital del Rímac, el 15 de abril en el Teatro Royal.
*APRA. Frente Único de Trabajadores Manuales e Intelectuales. Órgano del Partido Aprista Peruano, Lima, Segunda Época: No. 10, 23 de abril de 1931, pp. 7 y 10.

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