Henri Barbusse. El presente y el porvenir. A los intelectuales
Especial para CLARIDAD.
Nunca como en los días que corremos —y es lógico que así sea—, han pululado tanto los manifiestos literarios y los llamados a los Intelectuales.
Y bien, por más sumergidos que estemos entre este mar de papel y aturdidos por esta cacofonía —y precisamente a causa de esto— nosotros también aportamos nuestro llamado, por encima de los otros.
Ante todo, ¿dónde estamos?
Estamos en una época de enorme progreso material y al mismo tiempo de quiebra; una época de descomposición, de término de un período de civilización.
El arte y la literatura son víctimas de esta decadencia, como todas las manifestaciones de la vida. No anotaré sino los títulos de los capítulos de la larga requisitoria que se iergue por sí misma: Abundancia, pero caótica, culto del detalle, argucias, análisis quintaesenciados, síntesis torpes e incompletas, contradicciones, renacer de viejas supersticiones, ignorancia, confusión, desorden. Y también, objetivamente, mercantilismo, grandes procedimientos brutales de publicidad en manos de los poderosos del dinero, reputaciones artificialmente izadas como enseña e impuestas a los consumidores como productos farmacéuticos. Explotación a la americana usada por los empresarios comerciales no solamente para el libro, sino también para los otros medios públicos de realización artística: el teatro, el music-hall, el cinematógrafo, la radio.
En medio de todo esto —y limitándonos a las letras— se abren camino tentativas más o menos aisladas de renovación, pero que a menudo caen en la caricatura y se contentan con el escándalo. Algunas de estas tentativas, surgidas de jóvenes autores llenos de talento, no carecen de interés y de fuerza; tienen la utilidad de desacreditar viejos reglamentos de escuela y de fórmulas prescriptas. Pero, hasta ahora, no se aplican sino a la forma, no salen del problema de renovación del modo de expresión, la cáscara de las palabras, si se puede decir.
En cuanto a la mentalidad general de la gente intelectual, época de incertidumbres y de va y viene, de rebuscas, de inquietud. La inquietud es la reacción orgánica, el cólico de las decadencias. Los que reflexionan y se esfuerzan por mirar un poco más lejos de lo inmediato, son inquietos. Se busca el camino, se busca lo nuevo. Se presiente que un cambio se prepara. Pero no lo comprende cualquiera.
Los principios marxistas nos permiten desenredar el desorden de nuestra época de transición, remontar a sus causas y comprobar que él es la resultante de un estado de cosas perfectamente lógico. La misma doctrina nos permite asignar a la ideología su rol y su importancia y reunir, a esta luz exacta, gran número de los inquietos del día.
La ideología no constituye —y este es nuestro primer principio—, un dominio aparte, distinto, suerte de paraíso del ensueño y del arte. Debe desarrollarse con la evolución histórica. Por el lenguaje, por la doctrina, por el arte, el hombre se expresa y expresa su medio, según reglas positivas que son las mismas para las ideas, para las obras y para las cosas. No hay dos verdades, una teórica y otra práctica, no hay sino una. Es necesario pues no separarlas jamás por la abstracción: a toda idea debe corresponder una realidad, sino aquélla no es más que una palabra sin consistencia. No se diseca la vida.
Arte nuevo y orden nuevo
Al expresarse, se afirma y se edifica. El arte y de una manera general la palabra y la escritura son instrumentos de realización, herramientas inmensas en manos de los hombres. Un arte nuevo supone pues como "base", un estadio nuevo caracterizado de la evolución histórica. Pero no se debe decir, como lo oímos a menudo, que no hay nada que hacer mientras el orden nuevo no se haya instituído. El espíritu toma la delantera, traza las perspectivas, prepara los caminos, remueve los sentimientos, y debilita o afirma las convicciones. Aporta una claridad y una certidumbre. Tal es el sentido de nuestro materialismo literario y artístico (la palabra ha sido empleada ya, creo, por Henriette Roland Holst).
En consecuencia, nosotros no consideramos a la ideología como debiendo regentear los hechos. La tesis de las pretendidas élites conductoras, de la aristocracia y de la autocracia de los pensadores, no repara en nada. Es un bluff cándido. El jefe que conduce una muchedumbre libre debe haber sido engendrado previamente por esta muchedumbre o por una parte de esta muchedumbre.
Nuestro objetivo es este: Someterse a la impulsión de los hechos reales y de una doctrina lógica, teniendo conciencia de las contingencias y de sus encadenamientos. Tener conciencia de las realidades es obedecerlas y no sujetarlas a fórmulas o a fantasmas. Aplicamos al bloque de la vida colectiva y de su expresión ideal, el hermoso precepto lapidario de los estoicos vis a vis de la divinidad: "Yo no obedezco a Dios, soy de su opinión."
Individuo y “hombre social”
Pero se entiende que nosotros consideramos sobre todo y ante todo al hombre social, y no al hombre en sí (que es una ficción), y no al individuo.
Esto pide que sea claramente definido y firmemente expuesto.
El individuo no es una ficción. Al contrario, es la célula real de la humanidad. Nosotros no nos negamos a reconocer la importancia central del individuo. Carlos Marx no la ha negado tampoco, como se lo reprochan ligeramente los que lo conocen mal. Cada uno de nosotros es por así decir, doble: unidad e individuo, por su bagaje específico, su crisis personal, su posición particular en el drama eterno de la felicidad, del deseo, de la muerte.
Cada uno de nosotros es también parte integrante del todo social, gota de medianoche, cifra en in colectividad; y la colectividad es ella misma un organismo. Existen, como decían los antiguos, el hombre interior y el hombre exterior.
No se soluciona esta profunda antinomia humana suprimiendo —o haciéndonos la ilusión de suprimir— uno de los elementos en litigio, puesto que ambos existen en la verdad práctica. Si se divide artificialmente el individualismo y el objetivismo social, el primero se trastorna y el segundo se momifica; y no quedan entonces, sino dos abstracciones nebulosas, caras a los poetas, dictadores de la fantasía.
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Henri Barbusse. |
Pero, en la hora actual, el individualismo nos interesa menos que el conjunto, y dejamos lo particular para consagrarnos a lo colectivo.
El individuo, el caso aislado, la aventura personal, han reinado hasta ahora en la literatura y en el arte. Si no se puede afirmar que todo se ha dicho al respecto —pues no se puede prever las obras maestras eventuales—, en evidente que se ha dicho, repetido y examinado, lo esencial. Es hora, pues, de mirar a otra parte.
Es necesario cesar de dar vueltas alrededor del espíritu y del corazón individuales y de obstinarse en tomar por asalto la muralla de la vida privada. Hay que dejar a un lado, por un tiempo, los casos excepcionales, los soliloquios y los análisis introspectivos, el asunto especial del señor X y de la señora Y, del yo y del tú.
Hay que entrar en el dominio de lo colectivo.
Todo nos empuja hacia allí. Primeramente la fatalidad económica e histórica que asigna hoy a lo colectivo un rol creciente y le da la marea, la forma del porvenir.
Pero no se trata solamente de adaptación a urgentes y grandiosas exigencias sociales.
Hay en este camino un progreso, una adquisición gradual, una creación continua, que no presenta el zapateo del individualismo, el sempiterno volver a empezar personal. Y esto debe bastar para decidir el camino a seguirse a aquellos hombres que tienen en el corazón y en el espíritu la voluntad de hacer acá abajo un trabajo efectivo.
Es, pues, en este sentido, en el de las relaciones de los hombres entre sí, que el deber nos ordena orientarnos hoy día.
No caeremos en el extremo de hacer, sea del hombre social, sea de la colectividad, una entidad, una cosa en sí. Los adversarios sofísticos del marxismo, y aun a veces ciertos marxistas poco hábiles, tienden a transformar el materialismo histórico o económico, en materialismo puro y simple, y a considerar el "objetivismo dogmático" como un mecanismo cuyas ruedas se mueven fuera de toda influencia. individual, de todo factor psicológico. Esto es traicionar el pensamiento de Marx abusando de la palabra materialismo, y desconocer todo lo que tiene de dúctil y viviente el realismo marxista, que merece ser considerado por su amplitud menos como una doctrina que como un nuevo estado de espíritu, un nuevo método de orientación de las fuerzas creadoras, en armonía con la vida y la lógica, la naturaleza y la ciencia.
Si los fenómenos económicos se desarrollaran exclusiva y fatalmente en el plan material, las cosas se harían solas, todas las situaciones establecidas se encontrarían justificadas y no sería sino vana demagogia el inducir a los proletarios a modificar su curso rompiendo ellos mismos sus cadenas, y es sin embargo esto lo que hay que decirles.
La escuela bernsteiniana se ha hipnotizado con este determinismo estrecho y ha extraído de él una especie de oportunismo socialista que debía fatalmente llevarla a toda suerte de concesiones.
Los fenómenos históricos obedecen a leyes, como todos los fenómenos. Pero ellos no se cumplen automáticamente. El hombre puede dominarlos como puede dominar los elementos y canalizar los ríos, que están sometidos a leyes físicas.
La aventura de los hombres sobre la tierra no es una geometría fatal sino en la medida en que los hombres la ignoran. He ahí la razón de ser de la propaganda, que es una iniciación clara. Yo diría de buena gana para resumir este punto de vista, que debemos considerar al hombre en su carácter de individuo social.
Esta concepción, que a mediados del siglo XIX dió su verdadera sustancia al socialismo, como en otro tiempo Bacon lo había hecho para la ciencia, y Kant, el gigante de los pensadores, para toda la filosofía, es rica y fecunda. Elimina la "cosa en sí", controla el valor fiduciario de la fórmula y de la tradición, derrama la superstición y los fantasmas, reemplaza un "ideal" sentimental y nebuloso, un ideal de cuentos de hadas, por un designio final científico. Mezcla profundamente lo abstracto y lo concreto. Cuenta con las fuerzas orgánicas de la multitud humana. Exalta las potencias naturales. Es la voz y el estremecimiento de un alta marea. Por esto se puede decir que es mucho más profundamente idealista que las pomposas utopías de los caballeros o apóstoles del ideal verbal.
Tales son las razones por las cuales el hombre honesto, que quiere pensar honestamente, debe arrancarse —al menos para los tiempos que vienen— al culto sin fondo y sin sentido de cada uno, y orientarse hacia la causa de todos.
Las dos organizaciones internacionales
Nuestro método racional, científico, que aporta sus evidencias brutales y su luminosidad sobre el movimiento histórico actual y sobre todo su cotejo de ideales y de ideas, nos permite ver con claridad y discernir, como lo he dicho, las organizaciones motrices.
En primer lugar encontramos la organización del capitalismo, la de los explotadores de las masas, es decir, la clase dirigente universal, que está ella misma en las manos de una oligarquía de grandes financistas, directores supremos de las coyunturas presentes. La concurrencia y la centralización capitalistas que se han ejercitado hasta ahora, han tomado proporciones prodigiosas a consecuencia del progreso industrial, del perfeccionamiento de la maquinaria, del desarrollo de las empresas y de la gravitación de las fortunas y de las empresas privadas —las pequeñas absorbidas por las medianas y las medianas por las grandes— que los precursores han definido y previsto, tan bien. Esta evolución ha puesto la soberanía terrestre en manos de los norteamericanos, los únicos ricos: Llegados a un grado formidable de poder de absorción, se han puesto a colonizar todo lo que es colonizable en nuestro viejo continente. La Bolsa de Nueva York se ha vuelto el polo de atracción y de dirección, de convergencia y de divergencia del movimiento mundial, el centro de la gran máquina que hace marchar todo. Norte América es la imagen misma del capitalismo: progreso material, riqueza torrencial reemplazando todo, pensamiento atrofiado.
Contra la organización de los explotadores, la de los explotados. El proletariado contra el capital. Revolución y Contrarrevolución.
Tales son las dos corrientes fundamentales, profundas, reales.
Todos los movimientos, todas las tendencias que agrupan adherentes, o simplemente bullen en el cerebro del mundo contemporáneo, se relacionan directa o indirectamente con una de estas corrientes contrarias.
Sin duda la lucha es todavía bien desigual. Salvo en Rusia, las fuerzas vivas están del lado del capitalismo: instituciones, leyes, fuerzas del Estado. Asistimos, además, al desenvolvimiento del fascismo, suprema reacción de la reacción, al que, en este resumen general y suscinto, me contentaría con definir: una organización de lucha ofensiva destinada a hacer sucumbir la organización rudimentaria del proletariado, y obtenida por un levantamiento en masa de las clases medias.
El triunfo de los explotados no se deberá a su poder propio, insuficientemente coherente todavía, sino a los resultados desastrosos del sistema triunfante del enriquecimiento individual o sea la desdicha humana. El orden existente no es ya viable. Está condenado por su hipertrofia misma, por su absurdo origen que se evidencia cada vez más a través de los medios artificiales que lo han mantenido hasta hoy: la violencia y el engaño.
Pues al aparato de coerción de que dispone el capitalismo imperialista reinante, se agrega toda una propaganda ideológica que en él se apoya y que lo apoya. Poseedor de medios de publicidad considerables, de seculares tradiciones, y de un hábito de esclavitud inveterada; utilizando demagógicamente el miedo a lo nuevo y lo desconocido, disfrazando las ideas y los actos de sus adversarios, el gran sistema parasitario ha logrado hasta hoy obtener para sí el consentimiento de la gran mayoría de los hombres.
Esta ideología de opresión es extremadamente diversa y multiforme, tan pronto clara, como fingida y disimulada.
De ella se expresa lo esencial en la fórmula corriente: la idea de Orden.
Orden significa aquí: orden establecido y se debe comprender: el sistema de la explotación del hombre por el hombre.
Por un juego de palabras, por un verdadero ilusionismo que tiende a hacer pasar "lo que es" por "lo que es normal", gracias a toda especie de escolástica y dialéctica que justifique y refuerce la obra de conservación social, la mayor parte de las gentes, lo repito, son al presente partidarios del orden de los privilegiados y de los parásitos.
El gran motor de este orden consagrado, que fué el orden feudal, antes de ser —por un cambio de etiquetas— el orden burgués, que fué la tiranía de los aventureros coronados de las dinastías reales, antes de ser la de los hinchados hombres de negocios, emana de la noción de Dios.
Es de la concepción de Dios que se ha sacado los elementos de esta falsificación enorme de la evolución natural de la humanidad, de este sacrificio de las masas en provecho de algunas personas.
En efecto, la presencia de Dios demuestra toda la obra humana. Es un gran transformador que rehace todo. Es una contrarrealidad que destruye la realidad.
Pero Dios no es más que una palabra audaz. El kantismo, que ha vuelto a poner definitivamente en su lugar a la filosofía, ha hecho tabla rasa de la realidad concreta de Dios. Es una creación del espíritu y del corazón a la cual se acuerda una existencia visible por la misma operación de locura que hace creer al alucinado que su visión, absolutamente interior, existe en el exterior. Es la Fórmula por excelencia. Impuesta por la magia y el terrorismo, esta invención ha permitido hacer desviar completamente el orden de las cosas.
Se comprende el esfuerzo desesperado de los reaccionarios y de los conservadores para evitar la posibilidad de una "Sociedad sin Dios". Son perseguidos por este espectro. Si la máquina teatral del más allá se desvanece, todo se les escapa. Así vemos que esta es in palabra de orden primordial de los ideólogos contrarrevolucionaries, desde los de la Acción Francesa, que se pretende únicamente nacionalista, hasta los católicos de todos los matices, a los neocristianos y a los neotormistas, que están a la moda. Ellos desarrollan, en todas las formas, la tesis de José de Maistre, con quien la Revolución Franessa era de esencia satánica porque excluía a Dios de los asuntos humanos. No quieren que se toque a la divinidad y a au terapéutica de ultratumba que pone todos los términos de promesa y los arreglos en el más allá, y aplasta, en la espera, a los vivos, por la obediencia y la resignación.
Pero lo que es más grave es que Dios tiene un gran número de socios. No existe únicamente el Dios que se instala en medio del aparato religioso. Hay toda una serie de ídolos abstractos y de religiones laicas que son igualmente nefastos y falaces que los de las iglesias, pues resultan de la misma operación ilícita: dar un valor en sí, una existencia visible y poderosa a conceptos y a ensueños (la justicia, la razón, la paz), convertidos en entidades cuando no son sino ideas generales surgidas del espíritu, formas de este espíritu, términos descriptivos. Carlos Rappoport dice con exactitud en su Filosofía de la Historia, que el a priori es "el reemplazante de Dios".
Lo expuesto nos permite explicar y casi diría descubrir las divergencias y discusiones absolutamente superficiales y aparentes de los que se agrupan bajo la común bandera de la Defensa del Orden.
¿Qué nos importan las polémicas de trastienda del nacionalismo integral, del cual cada gran país tiene un plantel, con alguna secta disidente, alguna juventud Patriótica, Liga Cívica o Fascio, aun viven con el Vaticano o el Papa?
Los defensores del Orden toman como plataforma, ora el clasicismo, ora el antisemitismo, ora la religión patriótica. Van a buscar sus argumentos lo mismo en el arsenal de las religiones del Estado que en la llamada sabiduría de la antigüedad pagana. Un escritor militante como Charles Maurras, es tan pagano como católico. Por otra parte, el cristianismo, vasta síntesis artificial fabricada par San Pablo con el monoteísmo y el mesianismo judíos, mezclados a ciertos dogmas del estoicismo y del platonismo y a los mitos greco-orientales, está fuertemente tenido de paganismo; y el hecho cristiano se sustituyó al hecho imperial romano asemejándosele servilmente. Igualmente San Pablo ha predicado de la manera más categórica, más absoluta y desorganizada, la obediencia pasiva a los principios y a los poderes establecidos. Era ante todo un defensor del Orden.
En cuanto al helenismo es una concepción, superficial y rapada, de lo inmediato y lo presente, que, en realidad y no obstante sus pretenciones, no fué nunca "Ia razón", como el cristianismo no ha sido "el amor", ni el mosaísmo oficial "la justicia", ni el derecho romano "el derecho".
Dejemos, pues, a esos señores disputar entre sí. Dejemos a la Joven República separarse, si le place, del Partido Demócrata Popular, hijo de la Santa Sede. Dejemos tal publicación titulada El Movimiento, que lleva Ia ortodoxia y la caridad cristianas hasta indicar nominalmente las víctimas a Mussolini, en su crónica italiana, silbar furiosamente a la Acción Francesa. Démonos vuelta hacia otro lado.
Las mismas cosas deben decirse, de una vez por todas, de los pacifistas o moralistas que sueñan con un perfeccionamiento de la naturaleza humana, y divinizan, laicamente, el amor y la bondad. Transportando su utopía a la lucha social realista, nos burlan, desvían la atención y las energías impiden que uno se remonte a las causas de las anomalías (que es el único medio honesto de combatirlas), hacen perder de vista las vías prácticas de la organización disciplinada y las conquistas positivas. Están, lo quieran o no, del lado de los conservadores.
Y la misma cosa, en fin, puede decirse de los "demócratas", de los republicanos, radicales, radicales-socialistas y aún de muchos socialistas.
Los campeones de las medidas a medias, de los paliativos momentáneos, de la reparación provisoria, de las colaboraciones de clase y del progreso "paso a paso" en el cuadro de las absurdas instituciones actuales (tan llenas de ilusiones y de trampas), han tenido a bien emitir sonoras diatribas contra los horrores de la guerra, la explotación del trabajo y las extravagancias del fascismo. Sin embargo son todos, por la fuerza de las cosas y de la lógica, defensores del orden establecido y enemigos efectivos de la multitud humana.
Antes de ser nacionalistas, antes de ser cristianos o católicos, antes de ser liberales y demócratas, toda esa gente son los auxiliares del stato-quo.
Por otra parte, su cuidado —su unión sagrada—, se realiza como por encantamiento toda vez que se trata de hacer la guerra a los verdaderos revolucionarios. Esta es la verdad de hecho que debe abrirnos los ojos.
No olvidemos jamás que para la organización capitalista la tarea consiste únicamente en mantener "lo que es"; para los otros, en destruirlo y reemplazarlo. Es evidente que elementos bien diversos puedan concurrir a una obra de conservación (hasta los indiferentes y los neutros, que hacen de peso muerto), pero no sucede lo mismo con los que persiguen una revolución profunda. Se puede encontrar aquí el empleo adecuado de dos preceptos célebres del Evangelio. Los conservadores pueden decir: "El que no está contra mi está conmigo"; los revolucionarios deben decir: "El que no está conmigo está contra mí."
Frente a este mundo de enemigos y de falsos amigos, el pueblo —el proletariado— busca de ser él mismo, de construir un estatuto humano para la toma del poder que le permita romper las viejas formas del Estado y edificar una sociedad según la ley del trabajo y el interés general (en el orden actual de cosas, el interés general, la colaboración de las víctimas con los verdugos no es más que un engaño), por medio de la abolición de las clases y del Estado. Se puede afirmar que esta obra, basada sobre la igualdad política y la producción, es una obra de democracia, pero de democracia integral, no teniendo nada de común con el verbalismo democrático que se expande desde las tribunas oficiales de nuestras sedicentes repúblicas.
Nuestro programa
Ya no es hora de perderse en discusiones sutiles, ni de descubrir o coleccionar matices. Es necesario apartarse de toda mitología.
Nuestro deber, el de todos los intelectuales, escritores y artistas, trabajadores de profesiones liberales, es el de borrar todos esos sofismas y todas esas locuras en las cuales la miseria humana ha estado sumida. Necesitamos adovar la conciencia de los explotados para que conformen sus actos a la razón y a sus intereses vitales. Debemos expresar brutalmente el acuerdo luminoso de la voluntad de las muchedumbres, con el orden racional y natural de las cosas y con el derecho a la vida.
¿Sobre qué bases podemos tentar de reunir en todos los medios intelectuales los elementos suficientes para preparar los tiempos nuevos? No será sobre un programa político, sino sobre tres grandes y liberales principios de acción. Helos aquí:
1º Aproximar, reconciliar los trabajadores manuales y los trabajadores intelectuales. Estos son también explotados, arrastrados a la miseria, a la mendicidad o el servilismo, frente a los poderosos y los ricos;
2º Luchar contra la propaganda reaccionaria y arcaica de la ideología y la cultura burguesas;
3º Abrir paso y ayudar a la eclosión de un arte colectivo.
Lo que debe, empujarnos hacia lo colectivo son no solamente las razones de vertiginosas oportunidades que he indicado, sino el sentido que debemos tener del valor moral de los hechos y de la vida. El arte se renovará de raíz, como la sociedad. Un campo ilimitado se abre ante este renacimiento del que percibimos ya algunos signos.
Tales son los tres puntos de acuerdo con los cuales debe realizarse un agrupamiento internacional y una unidad. Estos principios esenciales se apartan a la realidad y abren realmente el porvenir.
HENRI BARBUSSE.
Traducción literal de Alfredo A. Palacios.
*Claridad. Revista de arte, crítica y letras. Tribuna del pensamiento izquierdista. Año VI, No. 130, Buenos Aires, febrero de 1927.
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