Magda Portal. Perú: dolor presente y esperanza en el porvenir
VIVE el país de los Incas y de los Virreyes una de sus etapas cruciales. Está en la era decisiva en que los pueblos, como los organismos jóvenes, expulsan todo lo morboso que contienen y se aprestan a renovar sus energías y cumplir su función de vida nueva.
Para los que no conocen el país y se dan apenas una idea de sus condiciones actuales, diremos que el Perú tiene una extensión de cerca de 2 millones de kilómetros cuadrados, con una población de más o menos 6 millones de habitantes. De estos, casi un 50 % pertenece a la raza indígena —quechua y aimara— y el resto al mestizaje y en menor proporción a la rata blanca. Perú no recibió como Argentina el aluvión inmigratorio constante, después de la Independencia, que ha dado el rumbo y el carácter que hoy tiene la Re pública del Plata. Como otros países de América, guardó celosamente sus puertos, cerrándose a la afluencia de otras sangres, de otras energías, de otras ambiciones y conservando su tradición. Nuestro mestizaje arranca de la Colonia y puede afirmarse que la raza peruana posee cierta homogeneidad si tenemos en cuenta el factor telúrico que condiciona y modela, el medio social, la geografía, el clima, que a través de casi 500 años, ha estructurado con rasgos definitivos, una nueva raza americana. Ni nuestro indio es idéntico al del incanato, ni el español conserva sus características de la conquista. Ambos, fusionándose, formaron el nuevo tipo peruano.
Pero si bien en el aspecto racial se ha producido sin mayores violencias la unidad necesaria, el aspecto político-sociológico subsisten aún las grandes contradicciones que no siendo exclusivamente peruanas, caracterizan el ambiente social del Perú y le dan esa fisonomía peculiar de pueblo en perenne agitación e inseguridad.
Magda Portal. |
Y es que del gran conglomerado social de este país hay que extraer lo que forma un grupo aparte, casta o clase social, descendiente de los encomenderos españoles, que han mantenido sus tradiciones de dominio y supremacía pese a la Independencia y la República, o mejor aún, afianzándose en ellas y, sin tener en cuenta el ritmo del progreso universal y el aporte de las nuevas ideas sociales y políticas. La clase conservadora en el Perú, menos aún, la casta reaccionaria, es el obstáculo mayor de este pueblo para avanzar en sus instituciones y sistemas sociales.
La oligarquía peruana mantiene en condiciones de esclavizamiento feudal a la gran masa campesina indígena, cuyas propiedades detenta ejerciendo sobre ella derechos absolutos, con la complicidad del vasto aparato administrativo del Estado. El indio peruano, trabajador y sobrio, soporta su condición desde hace 4 siglos y cuando se subleva reclamando justicia, es masacrado sin piedad. Pueblos enteros han caído asesinados por la bala del gendarme a órdenes del “gamonal". La raza va extinguiéndose lentamente, sin derechos, sin justicia, sin comprensión de ninguna especie.
Y si este es el aspecto en lo que hace a la parte más numerosa de la población peruana, en los demás aspectos de la vida institucional de la República no puede decirse que se haya progresado. Pues si bien existen leyes sociales bastante avanzadas, y la misma Carta Fundamental acusa evidente progreso, la casta oligárquica que gobierna pasa por encima de las leyes y no cumple la Constitución.
Durante largos años el Perú vivió bajo la férula de la oligarquía sin mayor oposición que la que se hacían entre las mismas familias. Ya eran los caudillos en lucha contra los militares, ya éstos contra aquellos, siempre por conquistar el poder, el pueblo se mantuvo ajeno a la lucha política. Así se sucedieron gobiernos incapaces y tarados con todos los defectos, sin poseer ni la virtud del patriotismo, que explotaban en cambio para seguir engañando al pueblo. A la oligarquía debimos la derrota en la guerra con Chile, y fueron "civilistas" —hombres del partido político llamado “Civil" formado por miembros de la aristocracia peruana— los que negociaron la capitulación y entrega del territorio nacional.
Pero la conciencia política del pueblo poco a poco iba madurando, y mientras ésto se producía, una gran voz admonitiva se dejó oír en el Perú: la de González Prada. El fué de los acusadores que señaló los grandes males del país debidos a sus malos gobernantes. Enjuició la situación del indio, y reclamó para él el mismo trato humano que para el blanco, pues si su color era bronceado no era menos digno de estimación que el de piel clara. González Prada no tuvo quien le acompañase en su apostolado. Clamó sólo, y en su tiempo, clamó en el desierto. Pero su voz fué oída por la generación siguiente, que recogió su mensaje y le dió concreción y fuerza de ejecución.
Una nueva juventud había surgido en el Perú, con ansias de renovación que, transfundiendo nueva vitalidad al organismo enfermo, le preparase a otro porvenir. Los hombres de la generación inmediata a González Prada, fueron los pioneros del vasto movimiento de renovación integral que iniciado con la Reforma Universitaria, continúa con las Universidades Populares González Prada y culmina con el Aprismo.
El Aprismo es la consecuencia lógica —dentro del materialismo dialéctico— del estado de decadencia y miseria del pueblo peruano. Su negación y su impulsión a una nueva forma de expresión social y política. No surge el Aprismo como una organización exótica, desenraizada del medio y ajena a su realidad. Al contrario, nace precisamente porque es el medio el que la engendra y son sus gérmenes los que le dan vida. La doctrina Aprista que parte de la realidad peruana y tiende a la reforma total de sus sistemas de gobierno, enfoca en su concepción histórica, a toda la América Ibérica, y postula una nueva solución para sus problemas. Es la primera doctrina política que pretende soluciones americanas para problemas americanos. El Aprismo parte de la base de que toda la América es un vasto campo de explotación capitalista, que por razón de la falta de industrialismo nacional deviene presa fácil del gran capital imperialista. Dominados en gran parte, por oligarquías antinacionalistas que solo buscan su propio provecho, nuestros países deberán perder su soberanía económica primero y política después, por lo mismo que la vida política de un país está condicionada por su vida económica. Por consecuencia, cabe afrontar el problema antiimperialista en términos semejantes en todos los países latinoamericanos, pues todos están en más o menos idénticas condiciones de progresiva colonización imperialista.
En el Perú, la vida activa del Partido Aprista Peruano se inicia el año de 1930, cuando cae la dictadura de Leguía. De entonces ahora son 9 años intensos de acción y de adoctrinamiento de la masa popular peruana, que ha sabido responder en forma admirable al llamado de la nueva doctrina.
Profundamente ahincado en la conciencia del pueblo, sus triunfos políticos sólo han podido ser detenidos por la violencia de la reacción. Las cárceles lo atestiguan así, pues el número de presos actuales es de más de 2.000. Sus deportados y perseguidos son otro tanto, y los muertos que han rendido su vida en defensa de sus ideales, suman más de 6.000. Hombres de alta envergadura moral purgan en la prisión el delito de anhelar el mejora miento de su país. Entre ellos, el poeta Serafín Delmar, el escritor Juan Seoane, los economistas y profesionales jóvenes, Carlos Manuel Cox, Manuel Vázquez Díaz, Pedro Muñiz, etc.
La vida de sus líderes y dirigentes destacados está constantemente en peligro de muerte. Ordenes drásticas se imparten a los agentes de policía que buscan los domicilios de los per seguidos. Haya de la Torre, jefe y fundador del Aprismo, gran figura política de América, vive hace cuatro años perseguido y con orden de apresarlo vivo o muerto. Se le ataca a balazos, y se le acosa como a fiera. Luis Heysen, joven ingeniero y luchador de prestigio; Alcides Spelucín, poeta de altas cualidades; Antenor Orrego, filósofo y publicista, todos deben llevar una existencia de prófugos, pues sus vidas están siempre amenazadas.
No obstante si nos detenemos a examinar con perspectiva histórica, la vida actual del Perú y su pasado, veremos que un enorme progreso se ha operado en ella. Ya no el conformismo de una raza enferma, incapaz de grandes acciones, indolente a su propia mi seria. Ahora el pueblo, tocado de espíritu de sacrificio, prefiere la muerte, la prisión, el destierro, antes de continuar esclavizado e indigno. Un vigor nuevo ilumina las caras de los jóvenes educados en una nueva fé y una nueva esperanza.
Las grandes transformaciones de los pueblos no se producen de un momento a otro, sino que deben gestarse en largas y laboriosas jornadas de lucha y de martirio. El Perú va madurando, quizá ya está maduro, pero aún la fuerza enemiga no ha sido debilitada del todo como para asestarle el golpe final y destruirla para siempre.
Pero la conciencia alerta, y el instrumento de lucha que ha recibido el pueblo peruano del Aprismo, no dilatarán por mucho tiempo el triunfo de sus ideales cuyas bases son Justicia y Libertad.
Para entonces la América constatará hasta donde la doctrina Aprista vió hondo y abarcó en su vastedad el panorama peruano que no es sino el panorama de una parte de esta gran América nuestra, que el genio de los Libertadores soñó unida y libre, digna de un grande y glorioso porvenir.
Buenos Aires, Nov, de 1939.
*Hombre de América. Revista de Acción Cultural. Año I, No. 1, Enero de 1940, pp. 29-30.
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