Carlos Sánchez Viamonte. La cultura frente a la Universidad
Hace ya algunos años que los hombres nuevos de América comenzaron a ponerse en contacto, a estrechar vínculos de comprensión intelectual y sentimental y a concertar programas de acción que la perplejidad de la hora relegaba a un futuro impreciso y lejano.
En el trascurso de estos años se ha realizado—es cierto— la única obra seria de aproximación entre los pueblos de América Latina, hasta hace muy poco aislados y recelosos, cuando no recíprocamente hostiles; pero los adolescentes de ayer son hombres hoy y. sin embargo, los programas de entonces siguen siendo, todavía, vagas perspectivas filosóficas, políticas, sociales o literarias, sin que la urgencia de la realización perturbe la placidez de los ensueños largamente planeados, pródigamente explicados y armoniosamente proclamados a lodos los vientos.
Cuando en el año 18 de este siglo se produjo la irrupción juvenil, teníamos el derecho de rechazar, por maligna, toda interrogación acerca de los propósitos o de las tendencias que orientaban el impulso y precisaban su finalidad. Evidentemente, hubiera sido prematura la respuesta que no intentó siquiera el balbuceo de la intuición, apagado mil veces por el grito apremiante y heroico de la lucha; pero nos vamos acercando a la terminación del segundo lustro y se aproxima la hora de responder.
Bien está la progresiva consolidación de los vínculos fraternales que nos unen a todos los hombres de la América nueva. Bien está la protesta calurosa y arrogante—pero lírica al fin— contra la torpe concupiscencia de los tiranos, y bien está, por último, la resistencia perseverante y enérgica que oponemos a la glotonería imperialista de yanquilandia; pero todo eso no basta. Es necesario que orientemos positivamente nuestro esfuerzo hacia algo, en favor de algo.
Ir contra la dictadura y el imperialismo no constituye un verdadero programa de acción. Es preciso que no confundamos. Ambas actitudes son. únicamente, reacción contra la acción regresiva que otros intentan: breves desvíos laterales de significación secundaria.
Hay quien opina que, en el combate. la mejor táctica para la defensa es la ofensiva, y se podría glosar la afirmación diciendo que, en la lucha perenne de lo nuevo contra lo viejo, la mejor manera de destruir consiste en crear.
Por otra parte, no en todos los pueblos de América formas ostensibles los peligros del imperialismo y de la dictadura, de suerte que ambos serian, por mucho tiempo, un estímulo débil y escaso, incapaz de congregar a la generación y de concitar su actividad.
La lucha contra la dictadura y el imperialismo son, por el momento, el reverso inevitable e ineludible de la medalla; sólo el reverso, más fácil que el anverso, porque no lo proyecta nuestro espíritu, porque no lo modela la inspiración creadora de nuestras propias manos. Conviene que vayamos advirtiendo que corremos el riesgo de adquirir el hábito estéril de la actitud defensiva y protestante, y, como consecuencia, de caer en el vicio hereditario de la declamación.
Profundizando el análisis llegaríamos, tal vez, a la convicción de que el peligro de la dictadura proviene de la naturaleza individualista del Estado y de su defectuosa organización democrática, que hace del número el árbitro de todo, y que el peligro del imperialismo proviene del régimen económico liberal-capitalista, que hace posible y hasta lícito el abuso de los fuertes, que utilizan en su particular provecho la riqueza social. Y esta convicción nos llevaría a procurar la solución de ambos problemas fundamentales; los otros serían resueltos por añadidura, como dice la Biblia.
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Carlos Sánchez Viamonte. |
Es indispensable que comencemos a trabajar positivamente en la realización de una obra común, reclamada ya, de un modo concreto por el espíritu del siglo, y conviene que vayamos abandonando las posturas románticas, persuadidos de que el idealismo no reside en la gallardía de los gestos, en la sonoridad de las palabras, ni en la elegancia refinada de las doctrinas estéticas, sino en la labor abnegada y paciente de todos los días.
Recordando que el primer estallido se produjo en los claustros universitarios, correspondería en primer término, y como primera etapa, dirigir nuestra acción conjunta y coordinada hacia la orientación de la cultura, que indebidamente detenta la Universidad oficial.
Fruto genuino del Estado individualista y de la intriga politiquera, la Universidad latino-americana sigue siendo, a pesar de la Reforma triunfante en apariencia, nada más que una venerable y vetusta mistificación, especialmente en aquellas disciplinas que trascienden a la vida social y que pretenden regir sus aspectos políticos, jurídicos y económicos.
Si no vacilamos en hablar con absoluta franqueza, forzoso nos será reconocer que casi todo el problema cultural planteado por la reforma universitaria finca en la orientación y en el carácter de la enseñanza de las ciencias jurídicas, sociales y económicas, de las cuales se irradia lodo el dinamismo de la renovación.
Hasta ahora hemos luchado con resultados precarios—debemos reconocerlo sin ambajes— por reformar las universidades oficiales, y es cosa de pensar si vale la pena esforzarnos en renovar estas instituciones caducas, sin espíritu ya, y sin otro porvenir, probablemente, que el de fabricar profesionales, urgidos por el afán de lucro, con exclusión total del afán de cultura.
Debemos crear la universidad libre
Sin renunciar del todo a la reforma de las Universidades oficiales, inyectándoles siempre que podamos la savia efervescente de la vida nueva, deberíamos crear la nueva Universidad o, mejor dicho, restaurar la más antigua Universidad conocida, la Universidad libre, orientada y dirigida por verdaderos maestros, en las que vuelva a haber maestros—no profesores rentados— y en las que vuelva a haber discípulos—no alumnos ansiosos de obtener un título profesional.
Alguna vez he pensado que si reapareciese en este siglo y entre nosotros un discípulo de Pitágoras o de Platón, se quedaría sin comprender este nuestro empeño de convertir las escuelas profesionales del Estado en emporio de cultura superior, y se preguntaría, estupefacto, por qué aceptamos la imposición de profesores oficiales del escalafón administrativo domesticados y trabados por el corral de la mentalidad gubernativa y de los intereses gubernativos, cuando podríamos escoger, libremente, a los maestros, a los que enseñaran desinteresada y noblemente, sin someter su verdad fecunda y alta al control presuntuoso de graves académicos conservadores, parapetados en la rígida comicidad de su solemne gesto magistral.
La desprofesionalización de la enseñanza oficial universitaria es un imposible, y quizás, un absurdo. Mi experiencia de alumno y de profesor me autoriza a declarar que el noventa por ciento de los estudiantes sólo se interesa por la obtención del-título profesional, sin adquirir más que un simple barniz de cultura, indispensable para el mantenimiento del decoro universitario; como, asimismo, que el diez por ciento restante se distingue y se destaca luego por lo que ha estudiado y aprendido fuera de la Universidad.
La Universidad oficial sólo es un organismo burocrático
Si la Universidad oficial no es capaz de reformarse, fijémosle, de una vez por todas, su papel de organismo burocrático, expedidor de diplomas, y su función de impartir el conocimiento técnico, necesario para ejercer profesiones u oficios, y, en lugar de perder nuestro esfuerzo procurando reformarla, creemos otro organismo espontáneo y desinteresado, que nazca de nuestra iniciativa cordial, que reciba el calor de nuestra sangre joven, que lleve el sello de nuestra espiritualidad y que ponga a prueba, en esta hora histórica, la verdadera eficacia de nuestro dinamismo renovador y constructivo.
Ninguna acción es más fecunda en sugestiones y enseñanzas que la realizada cooperativa y solidariamente por un esfuerzo común, producto de afinidad selectiva, y tendiente a una finalidad común, por encima de los intereses particulares inmediatos. El esfuerzo popular espontáneamente concertado tonifica, depura y fortalece la conciencia social, y debemos buscar en él la influencia saludable que nos haga abandonar definitivamente la tradicional obstinación —también hereditaria— de pedir todo al Gobierno, de exigirlo todo del Gobierno, de echar al Gobierno la culpa de todo.
La Universidad también forjará hombres
Dejemos librada a las Universidades oficiales la tarea de formar ingenieros, médicos, abogados, etc., mas disputémosles de frente la altísima misión de formar grandes hombres. Dejemos a las Universidades oficiales la tarea pedestre y exigua de enseñar la ley: más disputémosles la misión de rectificarla en nombre de la justicia, sin contemplar los intereses creados que traban el libre juego de la voluntad social. Dejemos a las Universidades oficiales el triste privilegio de enseñar la ética en los libros; más disputémosles la misión de enseñarla en la vida, en el amplio escenario de la vida. Dejémoslas impartir el saber, dosificado y lastrado burguesamente; más disputémosles la orientación de la cultura puesta al servicio de la sociedad y penetrando su íntimo sentido. Dejémosles la multitud anónima, dispuesta de antemano a marcar el paso, con la renuncia anticipada de su personalidad, más disputémosles los altos espíritus y los grandes caracteres. Dejésmosles la masa amorſa de los inscriptos por obligación y por interés; más disputémosles, por último, a todos los que busquen un ambiente homogéneo de labor cordial, de solidaridad activa y efectiva, y de ſecundo amor.
Que sea ese el anverso de nuestra medalla. Emancipémonos de la tutela burocrática y construyamos con nuestras manos nuestro propio hogar espiritual, si queremos ser los obreros forjadores de un nuevo ciclo de cultura.
El dilema es terminante, perentorio: o estamos llamados a orientar, creando, o nos conformamos con ir a la zaga de los que nos preceden, disimulando nuestra impotencia bajo el rezongo de comadres, que será pronto nuestra inútil protesta.
Y termino, compañeros y amigos, formulando votos para que la próxima ocasión en que nos hallemos reunidos, departamos largamente, no sobre lo que vayamos a hacer, sino sobre lo que hayamos hecho. Por ahora, enarbolemos el estandarte de la cullura frente a la Universidad y contra la Universidad. La dictadura y el imperialismo huirán a nuestro paso, como dos sombras.
Carlos Sánchez Viamonte
(Conferencia leída por su autor en la Universidad de Montevideo, el 22 de junio con motivo del Centenario del Congreso bolivariano.)
*Amauta, Año I, No. 1, Lima, Setiembre de 1926, pp. 9-10.
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