Julio Cortázar: "La revolución cambió mi vida y mi obra"

Entrevista de Ciro Bianchi Ross a Julio Cortázar, publicado en el diario La República, en su suplemento Domingo de LaRepública (1).

Aunque pude al fin dejar las traducciones y vivo exclusivamente de mis derechos de autor, no me considero un escritor profesional. A veces, los meses pasan y no escribo una sola línea; otras, me aplico en la obra, pierdo la noción del tiempo y no descanso hasta verla concluida. No tengo método de trabajo; escribo con una total falta de método.

El triunfo de la Revolución Cubana, la lucha del pueblo de Cuba contra las dificultades del bloqueo y las amenazas imperialistas cambiaron mi vida. Comprendí que no bastaba simpatizar con Cuba si no se expresaba al mismo tiempo el sentimiento de solidaridad hacia Nicaragua, El Salvador, Chile...

Este año publicaré simultáneamente en México y España un nuevo libro de relatos: Deshoras, y quizás el año próximo aparecerá otro de poemas en México. Se titulará Salvo el crepúsculo.

El argentino Julio Cortázar, el famoso autor de "Rayuela", "Final del juego", "Historia de cronopios y de famas", "La vuelta al día en ochenta mundos" y "Queremos tanto a Glenda", entre otros muchos títulos, es uno de los escritores latinoamericanos más importantes de todos los tiempos y un hombre que con su obra propició, en buena medida, que los lectores de este continente comenzaran a tener fe en sus narradores.

Su prestigio no conoce fronteras: admirado en América Latina, Estados Unidos y Europa, se le traduce también a idiomas insospechados, las ediciones de sus libros se agotan tanto en Cuba como en la Unión Soviética, y en diversos países estudiantes universitarios abordan su obra como tema de sus tesis de grado.

Joven, pese a sus casi 70 años, altísimo, flaco, pelirrojo, los ojos ligeramente distantes uno del otro, Cortázar estuvo hace pocos meses en La Habana a fin de participar en la reunión del Comité Permanente de Intelectuales por la Soberanía de los Pueblos de Nuestra América —al que pertenece desde su fundación en 1981— y la programación de sus actividades le dejó escaso tiempo libre. Sin embargo, no resultó difícil verlo: bastó una simple llamada telefónica.

—Usted es un narrador y también un poeta. Si tuviese que escoger entre narrativa y poesía ¿cuál sería su decisión?

Leo más a los poetas que a los narradores, y la poesía en mí es tan natural como la prosa. Paralelamente a mi obra narrativa, siempre escribí poemas que guardé para mí. No me avergüenza escribirla, estimo, sin embargo, que la poesía es una operación secreta, casi un acto de amor que no hay por qué dar a conocer. La insistencia de algunos amigos me llevó a la publicación de Pameos y meopas, y el interés de mi editor mexicano me empujó a darle el manuscrito de Salvo el crepúsculo, título sacado de un hai-kai de Basho, que por las traducciones que conozco debe decir más o menos así: Este camino no lo recorremos/ ni las cortesanas ni yo/ salvo el crepúsculo, aunque, como usted sabe, las traducciones del japonés son un poco aleatorias.

—¿Se le imponen personajes? 

Se me imponen, verdaderamente se me imponen. En mí se repite, en otro plano, el caso del Quijote, que obliga a Cervantes a convertirlo en un gran héroe. ¿Conoce Los premios, esa novelita que publiqué en el 60? Ahí se mueve un personaje, el Pelusa. Es popular, ignorante, rante, buen tipo, y yo, al comienzo de la novela, le tomo el pelo; pero a medida que avanza el libro, él cobra distancia y se define, lo que hace que yo le tome cariño en contra de mi voluntad.

Otras veces sucede lo contrario. En Libro de Manuel está el Chileno. Lo hago aparecer al principio de la novela; pero a partir del tercer o cuarto capítulo lo pierdo de vista y no vuelvo a saber de él. Es como en la vida.

—¿Cuáles son sus estímulos literarios?

A esta altura de mi vida, mi experiencia vital, mi diálogo con la vida y con la historia. No siempre fue así, pues durante mucho tiempo mis estímulos y mis influencias eran de carácter cultural y literario. Hice cuentos fantásticos y en determinado momento salgo a la calle y me percato de que la vida está de ese lado. A partir de ahí no escribo por influencias literarias, sino por razones personales y sociales. Libro de Manuel está dictado por la violencia y la tortura en Argentina. Rayuela, en cambio, es un libro individualista, porque cuando lo escribí no tenía la referencia histórica que abrió en mi obra nuevos caminos.

—Usted se refirió en una oportunidad al hiperintelectualismo de sus libros. ¿Es aplicable eso a toda su obra?

En mi obra se manifiestan claramente tres etapas. Una, hiperintelectual, estetizante o de estética pura; otra, metafísica, de búsqueda intelectual del destino humano, en que me preocupo por el ser, la vida, la muerte, el tiempo. Y la otra es la etapa histórica.

Los jóvenes escritores de mi generación, que provenían casi todos de la pequeña burguesía, pensaban que en la literatura existían sólo intereses estéticos. Un libro como Bestiario que publiqué en el 51, es estetizante en sus temas y ejecución, aunque pueda contener el germen del encuentro con una realidad más cercana a América Latina. En esa primera etapa de mi vida literaria escribí únicamente cuentos, y fui implacable conmigo mismo, pues aproveché la lección de Jorge Luis Borges y el ejemplo de economía verbal que mostraba.

Hacia 1956 se inicia un viraje en mi obra. Aunque seguían siéndolo, el acento de algunos de mis cuentos no estaba ya en lo fantástico en sí, en tanto que en otros, como Final del juego y El perseguidor, ese elemento desaparecía completamente. En Los premios se encuentra la prueba del cambio. 

Julio Cortázar.

—Entonces apareció "Rayuela”

Mis cuentos dejaban de ser fantásticos, no enfatizaban mecanismos insólitos, sino personajes sometidos a ese mecanismo, y Rayuela es, ante todo, una pregunta sobre el hombre como individuo, sobre su ser y su destino. No trata la historia del hombre, sino su esencia, su ontología. Es una pregunta metafísica y yo entraba con ella en mi segunda etapa: no pondría acento en lo estético, sino en la problemática espiritual del ser humano.

Rayuela tiene puntos a su favor y puntos en su contra. Causó hondo impacto en los jóvenes latinoamericanos en la medida en que las preguntas y los problemas del libro eran sus propias preocupaciones. Eso resultó positivo. Sin embargo, entre la redacción de la novela y su publicación visité Cuba ya partir de ese viaje comienza a operarse en mí una toma de conciencia histórica y política, dimensión de que carece la novela, centrada en el individuo, en el destino de la persona como tal. Ese es su aspecto negativo. 

—Usted ha dicho que "Libro de Manuel" es la tentativa deliberada de integrar la literatura y la política.

En esa novela yo traté de ser fiel a la idea de una literatura auténticamente inmersa en la historia contemporánea, una literatura revolucionaria, abierta, crítica, dramática y, al mismo tiempo, llena de ternura y amor y esperanza en el hombre nuevo.

Muchos esperaban literatura y les molestó que yo me lanzara con una novela tan comprometida políticamente. Otros buscaban de manera exclusiva lo político y también se molestaron cuando advirtieron que abundaban en la obra pasajes humorísticos, escenas eróticas, experimentos de lenguaje y elementos insólitos...

Siempre pensé en la necesidad de someter a una crítica demoledora los contenidos del lenguaje y así lo he hecho en mi obra, sobre todo en Rayuela, en que se cuestionan todos los parámetros de la civilización occidental dentro de la órbita capitalista. Rayuela ataca el orden social y mental de ese mundo, ataca el lenguaje de sus valores y busca una aproximación por un lenguaje diferente. Es necesaria la crítica a los contenidos del lenguaje, de las viejas maneras de decir, del idioma del enemigo. Cuando traducía para la UNESCO me veía obligado a trabajar en los discursos de los oradores que usaban su tribuna, y entre ellos había gente que cuando se referían a la India, decían invariablemente, la India milenaria y llamaban a la capital italiana la Roma eterna. Era como una broma.

—De los escritos por usted, ¿cuál es su libro preferido? 

Rayuela es el que más quiero.

—¿Cómo se decidió su vocación de escritor?

Comencé a escribir a los nueve años, cuando me enamoraba con facilidad de mi maestra y mis compañeras de estudio, y el amor me dictaba apasionados sonetos... Niño aún descubría a Poe y le tributé un homenaje, un poema que seguramente se llamó "El cuervo". Después continué escribiendo, pero no quise publicar y cuando sucumbí a la tentación de la letra impresa, lo hice bajo seudónimo. En 1949 publiqué Los reyes; tenía entonces 35 años.

—¿Qué influencia reconoce en su obra?

Se habla mucho de la influencia de los surrealistas franceses en mi literatura: a través de ellos me puse en contacto con la literatura moderna. Poe, por supuesto, pero, sobre todo, Sterne, Fielding, Smollet, Baudelaire, Stendhal, Merimée, Flaubert y Balzac.

—Usted adoptó recientemente la ciudadanía francesa. ¿Podría explicar los motivos de esa determinación?

Llevo más de 30 años radicado en París, y desde hace mucho tiempo deseaba hacerme ciudadano francés. Lo intenté en otras oportunidades y nunca lo logré; finalmente la gestión se viabilizó cuando Mitterrand asumió la presidencia.

Después de más de tres décadas en ese país, yo continuaba siendo extranjero: no podía votar ni opinar en público sobre la política nacional, lo que para los ciudadanos de otras naciones está terminantemente prohibido en Francia. Además, desde tiempo atrás yo vivía con el temor de que el gobierno argentino me retirara el pasaporte. Verdad es que nunca lo hizo ni lo intentó siquiera, pero el que me lo quitaran no estaba fuera de las posibilidades.

Con la ciudadanía francesa resolví una serie de problemas técnicos: ahora tengo pasaporte seguro, podré manifestar mis opiniones políticas y votar en las elecciones.

Pertenezco a una generación que un día se percató de que el mundo es grande y valía la pena conocerlo. Salimos de Argentina muchos jóvenes con vocación literaria; unos escribieron, otros no hicieron nada, algunos se olvidaron del país y otros incluso del idioma. Yo siempre supe que tenía que hacer mi obra en español, lengua en la que escribí todas mis ficciones.

No he perdido la memoria. Llevo a Buenos Aires en el recuerdo y en el corazón, me siento profundamente argentino y padezco los problemas y angustias de mi pueblo como si nunca hubiese salido de allí.

—¿Regresará alguna vez?

Cuando publiqué Libro de Manuel, cuyos derechos de autor doné a comités encargados de la atención de los presos políticos, no quise que se dijera que resultaba cómodo hablar de la violencia de mi país desde miles de kilómetros de distancia, así que me fui a Argentina y arrostré las consecuencias.

Cuando se editó mi comics Fantomas contra los vampiros multinacionales, en que divulgué de manera masiva las sentencias del Tribunal Russell sobre América Latina, en el que participé como jurado, la Triple A, una organización paramilitar, me amenazó de muerte.

Ahora se advierten síntomas de cambio en la política argentina y yo quisiera volver, pero prefiero esperar. Tengo fama de loco, sin embargo, no soy nada tonto y sé que allí hay gente que me odia demasiado.

(1) Bianchi Ross, Ciro (17 de julio de 1983). Cortázar: “La Revolución cambió mi vida y mi obra”. Domingo de LaRepública, pp. 10-11.

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