Hugo Vallenas: "LAS a los 96"

Este 12 de octubre se cumplen 6 años del natalicio del "doctor Océano” del Perú del siglo XX. Y parece mentira que él no esté con nosotros para celebrarlos. Su deceso ocurrido el 6 de febrero de 1994 interrumpió de golpe y sin que pudiéramos sobreponernos a la sorpresa, una vida que parecía inmune al paso de los años. Luis Alberto Sánchez nos enseñó a todos que la vejez, la enfermedad y, sobre todo, la ceguera, no pueden imponerse sobre la inteligencia y el talento. Fue hasta su último aliento protagonista del quehacer político y literario de nuestro continente. Queda para nosotros el hito monumental de su magna obra bibliográfica, que abarca 105 títulos originales —algunos de ellos con varios tomos como La literatura peruana y la Historia comparada de las literaturas americanas—, además de cientos de antologías y traducciones de diversos autores y miles de artículos periodísticos. Urge valorar esta obra, apreciarla sin apasionamientos, con devoción peruanista.

Libros que esperan ver la luz

Recordar a Sánchez obliga a releerlo. Varios libros suyos esperan ser reeditados en breve así como urge hacer ver la luz a sus últimos trabajos inéditos. Este infatigable obrero de las letras dejó varios libros en preparación. Algunos fueron trabajados con ayuda de colaboradores, otros fueron escritos a pulso, con gran dificultad, en duelo solitario contra la ceguera y el agobio de la enfermedad. Este último es el caso de Vida de Santa Rosa y de la continuación de sus memorias, Palos de ciego. Entre los que Sánchez preparaba a base de dictados debemos mencionar LAS: Todos mis libros, reflexiones sobre el oficio de escritor que desarrolló durante sus últimos meses de vida, en 1993, mientras entregaba a la imprenta Leguía, el dictador (Ed. Pachacutec, octubre 1993) y Sobre la herencia de Haya de la Torre (Ed. Nova Print, enero 1994).

Hugo Vallenas y una caricatura del maestro Luis Alberto Sánchez.

Una página inédita de LAS

El siguiente es un fragmento del capítulo I de LAS: Todos mis libros. Disfrútelo el lector como un homenaje de quienes trabajamos al lado de Sánchez en sus últimos años:

"Se acostumbra decir que nací con el siglo XX. En verdad nací en el siglo XIX: octubre de 1900 es el décimo mes del último año del siglo XIX. El siglo XX empieza en 1901, como habrá de ocurrir con el siglo XXI, que empezará el año 2001 y no en el 2000. Aquella fue una etapa de transición que hoy resulta difícil de imaginar. Cuando nací recién se difundía en Lima el alumbrado eléctrico, empleado para engalanar actos públicos, no para uso doméstico. A las seis de la tarde se encendían en forma manual, uno a uno en cada cuartel de Lima, los mecheros de los faroles de gas que iluminaban las calles. La ciudad se subdividía en seis cuarteles o comisarías. Si ocurría un siniestro, el celador o guardia de esa calle hacía sonar su silbato de un modo particular y luego hacía tantas pitadas como fuera el número de su cuartel.

Los primeros teléfonos que se instalaron no pasaron de ser un lujo exótico por su gusto, su poca eficiencia ya que dependían de una operadora que trabajaba pocas horas al día, y por las pocas personas que querían tenerlos. Para fines oficiales y comerciales el teléfono era visto como poco confiable, se daba más valor a la palabra escrita. Se prefería la comunicación urbana por correo o mediante mandaderos.

Hacia 1906, por ejemplo, cuando recién comenzó a experimentarse en Lima con el tranvía eléctrico, los notables seguían usando sus señoriales berlinas —coches cerrados— y victorias —coches descubiertos llamados así en homenaje a la reina inglesa— tirados por caballos. Los vendedores callejeros recorrían la ciudad a lomo de bestia: el lechero con sus porongos y el panadero con sus costales. Los cobradores iban también a caballo. Los primeros automóviles daban lugar a protestas por el ruido y los gases tóxicos. Los postes del cableado del tranvía se decía que dañaban el ornato de la ciudad.

Podría decirse que hasta 1910 Lima y los limeños mantuvimos estos rasgos. Se vivía con más calma pero también con más intensidad. Había inquietud por lo nuevo pero se evitaba su adopción precipitada. Era una ciudad bulliciosa y tranquila al mismo tiempo. Aún así, no dejaban de ocurrir exabruptos ocasionales. Cuando tras muchos años de debate se adoptó el sistema eléctrico se cometió el desatino de levantar todas las instalaciones del alumbrado de gas, para favorecer el monopolio del concesionario del servicio. Hoy sería de gran utilidad para Lima contar con ambos suministros de energía como ocurre en todas las grandes ciudades. Eramos al fin y al cabo una ciudad más resignada que exaltada, con más escandaleras que escándalos y más snob que cosmopolita".

*La República, Miércoles, 9 de octubre de 1996.

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