Ricardo Palma al descubierto. Por Luis Alberto Sánchez

Hace ya cuarenta años que, en un artículo titulado «Nuestro Frente Intelectual», planteó por primera vez Haya de la Torre una conciliación ideológica fundamental entre el ilustre tradicionalista don Ricardo Palma y el egregio ensayista don Manuel González Prada, acerca de cuya enemistad hicieron excesivo caudal jóvenes áulicos más interesados en dividir que en unir y crear. Decía entonces Haya, cuya curiosidad intelectual no admite discusiones, que, en el fondo, ambos personajes se habían burlado del virreinato y de la hegemónica Lima, a pesar de ser los dos limeños, para lo cual, con buen gusto y entereza, no habían necesitado publicar ningún extremo sobre «Lima la horrible», habida cuenta que las horripilancias son siempre fruto de contraste con excelencias, y que no cabe revés sin envés, o viceversa.

Sobre este mismo tema han insistido después algunos, entre ellos la nieta de don Ricardo, prolongando la segunda edición de sus Obras completas (Madrid, Aguilar, 1953) y el propio Haya en un artículo, bajo seudónimo, inserto en Repertorio Americano, durante uno de los años de su interminable asilo en la embajada de Colombia en Lima. Pues bien, al cabo de cuarenta años, y para que nadie se atreva a poner en duda aquellas consonancias íntimas, por encima de discrepancias formales, aparece ahora una colección de Cartas inéditas recopiladas y prologadas por el P. Rubén Vargas Ugarte y editadas por el joven estudioso centroamericano Carlos Milla Batres.

Los diarios han dado sucinta cuenta de esta edición, pensando más en la curiosidad bibliográfica que en la perspicacia política y la confesión psicológica implícitas. Como en estos mismos instantes me hallo en trance de editar seis cartas inéditas del propio Palma, dirigidas a la eximia poetisa y patriota puertorriqueña doña Lola Tió de Rodríguez, empresa que tiene a su espontáneo cargo Juan Mejía Baca, la lectura de las 133 páginas, de tal libro me ha sido leve y en extremo provechosa. Quisiera reflejar algo de ello en las líneas que siguen.

Ricardo Palma empezó a ocupar un alto puesto en las letras americanas hacia 1860; comenzó a dejar de escribir hacia 1900. En la primera fecha tenía veintisiete años, en la segunda sesenta y siete. El mismo dice, en una carta de 1900, dirigida a Francisco Mostajo, combativo panfletario y poeta de Arequipa, quien le instaba a aceptar una coronación como escritor : «Insiste usted en su idea propagandista de una coronación a todas luces inconveniente. Yo veo en su insistencia nada más que la ceguera del cariño de usted por este viejo inválido ya en las Letras». En carta de seis años antes, en 1904, había dicho al mismo corresponsal, un entusiasta partidario de González Prada, estas más tajantes palabras: «Todo entusiasmo literario ha muerto en mí, y he roto la pluma, a esto se agrega que mi salud anda muy decaída, a lo cual contribuye tal vez la amargura que rebosa mi espíritu. Aunque lo quisiera, no podría ni sabría escribir; ya mi cerebro está atrofiado: vegeto y no produzco» (p. 118).

Pero, no son estas explosiones íntimas las que más atraen ni más enseñan en este caso. Son las cartas a Nicolás de Piérola, durante la ocupación chilena, las que constituyen realmente el núcleo de un libro del cual emanan tan provechosas enseñanzas.

Piérola se erigió en Jefe Supremo de la Guerra, a raíz de la violenta ausencia del Presidente Prado, en diciembre de 1879, y de su reemplazo por el valetudinario general Luis La Puerta. La responsabilidad que asumió Piérola y que tuvo como final un desastre militar y, en muchos aspectos cívico, ha sido interpretada de muy distintos modos. Ninguno es ampliamente favorable. Ricardo Palma había sido amigo de Piérola desde que éste fue ministro de Hacienda del Presidente Balta (1868-1872). Cuando Enrique Meiggs llegó, procedente de Chile, y realizó sus contratos para construir el Ferrocarril de Mollendo a Arequipa y de Lima a La Oroya, Palma era senador suplente por Loreto y, en un tiempo, secretario privado de Balta. La relación entre los personajes Piérola-Meiggs y Palma tuvo que ser muy cercana. Balta les prestaba su aprobación. Piérola fue duramente atacado como ministro a causa del Contrato Dreyffus, por los negociantes de guano, entre ellos por la firma Bogardus y por muchos agricultores nacionales, incluyendo a Pardo. Palma expresó siempre su amistad a Piérola. Ella se basaba en un antecedente doctrinario: Palma había sido muy entusiasta de Castilla, cuando éste se presentaba como el caudillo liberal por excelencia, y participó, o le presentaron como participante, en un atentado contra Castilla cuando este comenzó a virar hacia el conservatismo. La posición de Palma era, en este aspecto, firme. Fue liberal, y si no coincidió con la actitud radicalmente iconoclasta de González Prada, no andaban ambos muy lejos en su simpatía por las logias masónicas, en su cordialidad para el criollo y su rechazo o sorna, según el caso, hacia la aristocracia colonial.

Ricardo Palma.

La derrota de la Reserva peruana en Chorrillos y Miraflores entregó Lima a las tropas chilenas, en enero de 1881. Piérola se retiró a la sierra del centro a ver si podía reorganizar la resistencia. Al mismo tiempo, en Lima, los civilistas trataban de formar un gobierno nuevo, que tuviera plena personalidad para tratar sobre la paz, y Cáceres, por su parte, impulsado por su ferviente patriotismo, dio alma y cuerpo a las guerrillas que se cubrirían de fama en la luctuosa y esforzada «campaña de la Breña». Las cartas de Palma están escritas en Lima, bajo la ocupación chilena, y dirigidas a Piérola que se hallaba en aquella coyuntura en la ciudad de Ayacucho. Son cartas de una evidente importancia histórica. Y aun cuando poco añaden a la elucidación objetiva de hechos ya consumados y conocidos, agregan una porción subjetiva de grandísima utilidad y revelan mejor el alma de su autor.

Desde el punto de vista literario, dichas cartas redondean el concepto que tenemos sobre la personalidad de Palma. En primer lugar, su campo específico era la «pequeña historia». Era un espontáneo perceptor de pormenores, de «tradiciones» o gérmenes de tradiciones. Sin embargo, en medio de los menudos episodios y referencias que presenta, se advierte el hilo ideológico y sentimental que los une indisolublemente. Palma vivía en un estado de suma exasperación patriótica, pero no trasluce el odio caudillesco de Prada, sino un odio sutil, activo, conspirativo, desmenuzador, que plantea constantemente combates, sin atreverse a formular un plan de guerra. Menciona hechos, cita personajes, alude a anécdotas, arma un mundo grande a base de sucesos chicos. Actúa como en las Tradiciones peruanas, con respecto al Virreinato: de un cúmulo de pequeños sucesos deja entrever el concepto general de una situación grande.

Palma refiere a Piérola que el gobierno de La Magdalena no tendrá ningún buen resultado. Eso lo prevé desde el principio. Presenta a García Calderón en no muy halagadora forma, y menciona inclusive su situación de novio, a pique de contraer matrimonio con una señorita Rey Basadre, lo que haría en seguida y de que sería primer fruto Francisco, nacido en el cautiverio de Chile. Pero no se limita a señalar errores. En una carta del 11 de octubre de 1881 manifiesta a Piérola que, pese a las circunstancias, estaría él, Palma, llano a aceptar el nombramiento de secretario de la Delegación de su gobierno, con la condición de ad honorem, y que, si hubiese dificultades, propondría a Julio García Monterroso. Asimismo insta a Piérola a nombrar al alcalde de Lima, Rufino Torrico, como plenipotenciario.

En lo tocante a la intervención norteamericana, no obstante cierto optimismo con que la mira, llega pronto a la conclusión de que esa era la única posibilidad de que se detuviera el desmembramiento del Perú en el sur, ya que no habrá ninguna confianza en la materialización de la amistad de otros países hispanoamericanos, aludiendo, sin duda, Argentina, a Brasil, Colombia y Venezuela. Al respecto relata a Piérola conversaciones sorprendidas en los salones, cuyos interlocutores son el jefe de la ocupación, Patricio Lunch, el ministro norteamericano general Hurbult y varios personajes peruanos, y se expresa con desenfado acerca del atentado contra el Presidente Garfield y las condiciones de salud en que éste se hallaba. 

Este aspecto de Palma era ignorado. Sus biógrafos lo han pasado por alto o no han sabido de él. El Epistolario publicado por Raúl Porras apenas se relaciona con tal tipo de sucesos. Resulta ahora que Don Ricardo no fue un personaje sin inquietudes políticas, ni que miró al Perú como un objeto, sino que se identificó con sus padecimientos y los hizo más suyos en la medida en que las circunstancias exigían mayor devoción y desprendimiento. En su carta del 27 de junio de 1881, dice Palma a Piérola, refiriéndose a las conversaciones, conspiraciones y rumores limeños respecto a la forma de resistirse a las desmedidas exigencias y hasta crueles «diktats» del ejército ocupante: «El patriotismo sabe hacer milagros, es cierto, pero no hay que esperar milagros donde aquella virtud es casi negativa. Con ciento o doscientos hombres abnegados y entusiastas como usted no se puede hacer más que cumplir con el deber hasta el sacrificio, pero es difícil alcanzar la victoria. Los buenos están en desconsoladora minoría».

Estas y otras frases revelan el grado de dolor y a la par de exaltación que abrigaba el tradicionista en su alma. En unos cortos pasajes habla de la pérdida de su biblioteca de más de tres mil volúmenes », su «rancho» y sus muebles, dejando a su mujer y sus hijos «con el encapillado». No se jacta de su desgracia. Más le preocupa, y a eso alude muchas veces, el saqueo de la Biblioteca Nacional, la Biblioteca de San Marcos y el Archivo de Lima. Constantemente vuelve a la carga sobre este particular, y hasta difunde la circular del coronel Odriozola, director hasta entonces de la Biblioteca, exponiendo al mundo americano la pérdida de su magnífico tesoro. Esta pasión bibliotecaria de Palma le lleva a solicitar para sí la responsabilidad de la reconstrucción, si bien no era el momento para pensarlo siquiera. Todo esto, en medio de nutridos datos y comentarios picantes acerca de los muchos personajes en juego. Cuando tilda de hidrófobo» un manifiesto de Quimper; cuando califica duramente a Mariano Felipe Paz Soldán; sus sactazos a don Manuel María Gálvez y al expresidente Manuel Pardo (p. 67), todo eso sirve de adobo a otras «apreciaciones más sustantivas. Hay también notas sentimentales, como la que se refiere a su hija Angélica, en una carta dirigida a Federico Larrañaga, en 1882, lo que arroja luz sobre la edad de esta distinguida escritora, fallecida hace poco tiempo, ya octogenaria, según se ve. El estilo de las cartas es sabroso. Pese a la tragedia a que alude, no se dejan ganar por el tono profético y, antes bien, participan del gracejo picaresco de toda la obra literaria de don Ricardo. Abundan inclusive en refranes y dichos criollos o inventados por Palma, con esa manera peculiar tan suya que ha sido una de las razones de su perduración literaria.

En la medida en que se vayan aireando epistolarios y páginas íntimas de nuestros hombres representativos, la historia del Perú —la política y la literaria— adquirirá caracteres de mayor vitalidad, será de más subido interés humano. Ya tenemos, en el transcurso de los últimos quince años, los epistolarios y notas memoriales de Echenique, Palma, Gamarra, doña Adriana González Prada, y se han anunciado las de Mendiburu. Ojalá los descendientes de próceres y semipróceres o con ganas de ser próceres, se arriesguen a la prueba de fuego de la grandeza que es publicar el pensamiento íntimo de los actores de nuestra vida republicana. Con las deficiencias tipográficas que le restan realce, esta colección, patrocinada por el P. Vargas Ugarte y el señor Milla Batres, presta desde ahora un servicio incalculable a la elucidación de nuestro pasado, tanto político como intelectual. Merece una calurosa bienvenida.

*Cuadernos, diciembre de 1964, No. 91, pp. 33-36.

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