Entrevista a Carlos Manuel Cox. Un hidalgo revolucionario

Me reciben los esposos Cox con alegría. La señora muestra una agradable sonrisa, casi diríamos juvenil. Carlos Manuel Cox lo hace con cordialidad. Ella no puede ocultar su orgullo, al presentarlo contempla mientras se acomoda en el asiento. No quiere interrumpir y prudentemente se retira. Estamos solos, solos para escarbar en la mente de uno de los fundadores del Partido. Nacido en la misma tierra que el Apra, testigo presencial de toda la génesis de las ideas que en la mente de Víctor Raúl Haya de la Torre, formaron el gran Partido Aprista Peruano.

—Viviendo en Trujillo, una pequeña ciudad de ese entonces. Debió conocer a Víctor Raúl desde muy joven. ¿Recuerda usted la circunstancia en que lo conoció?

Carlos Manuel Cox sonríe al contestar:

—No. No lo puedo recordar —Me mira para apreciar mi sorpresa— No lo puedo recordar porque lo conocí toda la vida. Vivimos juntos. Es decir, éramos vecinos. Nuestras casas colindaban por la parte trasera. Por las huertas que tenían todas las casas de Trujillo. Hemos jugado desde muy niños. El era algo mayor que yo, pero recuerdo muy bien a toda su familia.

—Entonces podrá recordar cosas de la infancia de ambos. ¿Cómo era su carácter?

—Víctor Raúl era muy impulsivo. Siempre lo fué. En ese tiempo teníamos una hermosa vecina. Susana Pinillos se llamaba. Todos estábamos entusiasmados por ella. Yo desde muy joven tenía la costumbre de bañarme todos los días y lo hacíamos en la poza de la casa de los Haya. Yo era muy buen nadador y me lucía para que ella me viera. Hacíamos competencias de natación y todas esas cosas. La niña disfrutaba de mirarnos esforzarnos por quedar bien ¿Qué será de ella? Piensa con nostalgia un momento.

—¿Dónde estuvo usted durante la revolución de Trujillo?

—Estuve deportado. Yo había sido deportado por el gobierno antes de la Revolución. Estaba en Panamá cuando estalló el movimiento. Al enterarme viajé a Guayaquil para estar lo más cerca posible. Desde ahí podíamos todavía conspirar y tratar con la gente de frontera. Me hospedé, lo recuerdo muy bien, en una pensión para estudiantes, de las más pobres. Se llamaba "FORTICHE". Hasta hace poco tiempo comprobé que todavía existía. —Menea la cabeza por la dificultad para ubicar el tiempo, para poder medir su longitud— ¿Cuánto es "poco tiempo"? Ya no tengo ni idea. Hacen sus regulares años de éso. Más de veinte debe ser.

La respuesta necesita una pausa. El Señor Cox, aquel aguerrido luchador que estuvo al lado de Víctor Raúl en los duros momentos de lucha, prisión y destierros, está cansado. La vejez le llega sin doblegarlo. Sonríe sus recuerdos y sigue meditando:

Desde Guayaquil seguíamos con la conspiración. Habían varios levantamientos coordinados. Ya estaba el brote de la revolución de Huaraz; en el Sur estaba también con Manuel Seoane, en Lima se trabajaba activamente con las campañas. Todo el país estaba convulsionado por la revolución aprista que no acababan de sofocarla. El Comandante Jiménez estaba conspirando también en Arica.

—Pasada la época de la clandestinidad, llegó el período de Bustamante. ¿Qué papel cumplió en el Partido entonces?

—Yo siempre fuí un elemento muy activo. Participé en la comisión del plan de gobierno para ese período. Junto a Víctor Raúl recorrí el país en la campaña electoral. Salí elegido senador y ocupé la presidencia del senado con la más alta votación jamás alcanzada. Fué una breve etapa de legalidad que no pudo durar, porque vino entonces la toma del poder por el General Odría y entonces caí en prisión. Me juzgaron y sentenciaron a tres años de cárcel, que los cumplí con exceso, porque se pasaron medio año más. En ese tiempo mi señora y los compañeros del partido que permanecían libres y gente simpatizante o simples amantes de la justicia iniciaron una campaña muy fuerte para
que se me diera la libertad, puesto que ya se había cumplido la condena. Se llegó hasta a pedir la colaboración de la iglesia. Ella gestionó ante el Nuncio Apostólico y así llegó a concedérseme la libertad. En prisión me hice amigo del sargento republicano que nos cuidaba. Con él llegué a obtener un permiso para conocer a mi hijo Eduardo, el menor de los cuatro. Ya cerca de mi liberación sufrí un ataque y fuí llevado al hospital. "Llegó la hora de fregarse" le dije al médico pensando que ya se acababa todo. Pero de ahí salí a la libertad. Después vino el destierro a Buenos Aires.

Los esposos se han sentado juntos. Carlos Manuel Cox recibe el entusiasmo de su esposa, la que le da alegría a su vida. Acude a ella en busca de recuerdos.

Yo te conocí cuando volviste de Guayaquil. En el año treintitres. De lo que pasó antes no te puedo dar testimonio. Lo que sí recuerdo es la época de la prisión, en el gobierno de Odría. Todo ese tiempo lo pasé entre penurias y sustos. Ocurrió el asesinato de Negreiros, eran capturados muchos apristas y luego encarcelados o deportados. Pero no lo que se llama una deportación, sino uno mismo debía juntar su plata para irse. Las reuniones clandestinas se realizaban en diferentes casas, a fin de despistar a los soplones. Cuando salió libre su hijo cumplía ya tres años y nos fuimos todos a Buenos Aires. El regreso fué ya a una etapa más o menos larga de tranquilidad. Entonces tomamos esa foto. —Dice señalando un cuadro —Es Víctor Raúl con mis cuatro hijos. Estaban todavía chicos—.

Carlos Manuel Cox.

—Alguien enciende un cigarrillo. Carlos Manuel Cox la mira y se ríe. 

—Yo me río de las mujeres que fuman. Yo dejé de fumar a la alemana. Recuerdo que me gustaban rubios y fumaba bastante. Pues un día decidí dejarlo y nunca más lo hice. Guardé por mucho tiempo un último cigarrillo que al final se lo dí a mi hijo. Ellos todavía fuman. Deben dejar éso. Hace daño. Es malo.

—Es cierto. En esta casa no fumamos y somos vegetarianos. Es muy bueno para la salud. Sobre todo para nosotros que estamos ya en una etapa no muy fácil de la vida. —Añade la señora Cox a las palabras de su esposo.

El ratifica con la cabeza y agrega.

—Se pone bastante difícil la vida.

—¿Qué edad tiene usted?

—Yo cumplo este dos de Agosto setentiocho años. Nací en mil novecientos dos. ¿Qué le parece?

Carlos Manuel Cox deja vagar su imaginación, sus recuerdos se confunden unos con otros, de pronto está viviendo su etapa universitaria en Trujillo, en Lima o en Arequipa. Otra vez pasa del senado a la Constituyente. Se saca el aro de matrimonio para ver la fecha marcada ahí. Es el hecho más importante de su vida y le sirve como referencia para marcar otras cosas de su vida.

—Yo estuve con Víctor Raúl en aquellos años que nos reuníamos en su casa a escucharlo defender los principios a los que poco más tarde les daría forma en el ideario del Partido. Mis hijos se han criado en la admiración hacia ese gran hombre que tuvo el Perú. Quien lo haya conocido, no puede dejar de admirarlo. Mis hijos son admiradores de él.

Rápidamente hilvana sus ideas con otras muy distantes.

—Tenemos cuatro hijos. Todos hombres. Ahora tres de ellos viven en Venezuela y otro vive acá en Lima. Es casado ya. Nos hemos quedado solos nuevamente. —Comenta la señora.

—La pareja inicial vuelve a quedarse sola, como al principio.

—¿Tiene actividad en el Partido?

—Si, concurro con frecuencia al local y mañana precisamente, tengo que ir. Tengo una comisión política en el partido.

—¿Que recuerdo tiene de su deportación a Buenos Aires?

—Lo que más recuerdo fué el empeño que puso mi mujer por cuidar el idioma para que no adquiriéramos los modismos argentinos. Sobre todo los chicos que tenían que concurrir a la escuela. Los problemas económicos eran graves. Nosotros nunca poseímos mucha renta y tuvimos que trabajar duro. Aparte de éso conocimos muchos amigos, grandes personalidades. El poeta Alberto Hidalgo, quien le puso a mis hijos "Los Diablos Rojos". Allá les enseñé a nadar. Yo siempre fuí un buen nadador.

La señora nos ha servido un café que invita a una charla más informal, bebemos añorando la tierra.

—¿Usted también es trujillano?

—Si también lo soy. —Contesto.

—No nos ha dicho su nombre. —Replica ella.

—¡Que descuido! Me llamo Roberto Urrutia.

—¡No me diga! No será hijo del señor Urrutia que tenía su tienda frente al cine Ideal?

—Pues sí. El es mi padre.

—Mira que cosas, Carlos Manuel. —Le dice a su esposa. —Yo he estado en esa tienda y mis hermanos, sobretodo Pepe, era muy amigo de los hijos del Señor Urrutia.

—Debe haber sido de mis hermanos mayores. Yo vine de Trujillo de seis años. ¿Cómo se apellidan ustedes?

—Nosotros somos Cassinelli.

—Claro que recuerdo a Cassinelli, el amigo de mi hermano Guillermo, lo recuerdo muy bien.

—¿Cómo está su madre? Eramos muy amigas.

—Ella está ahora algo enferma. Tiene ochentiun años.

—Si, comprendo. Quisiera que la saludara. Quizás se acuerde de mí.

—Seguro que se acuerda.

La charla con los amigos, paisanos es ahora más íntima. Carlos Manuel Cox se muestra complacido y trae recuerdos de su vida en Trujillo.

—Yo dí mi examen de ingreso en la Universidad de Trujillo para estudiar derecho, pero fuí expulsado al poco tiempo.

—¿Porqué?

—Bueno, fué una cosa de muchachos. Por pegarle a un profesor.

—Era una buena razón ¿No cree?

—Si, efectivamente, pero tuve que trasladar mi matrícula a Lima y llegué a San Marcos.

—Fue en esa época que funcionaba el local aprista de la Calle Belén ¿No es cierto?

—Si, claro. Ahí dábamos al público difundiendo las ideas del aprismo, nuevo, auténtico, nacional, tal como lo sentara Víctor Raúl.

—Hay algo que usted, según alguien que conozco, debe ignorarlo. Entre el público que lo escuchaba estuvo Hortencia Pardo. Fueron sus palabras las que calaron muy hondo en su espíritu y la hicieron aprista hasta el día de hoy.

—Verdad que no lo sabía. ¡Qué Hortencia! ¿Sabe que está por cumplir los cien años?

—Si, lo sé. En este mes de Junio.

—Y tiene una lucidez y un espíritu que yo le envidio.

—¿Cuánto tiempo permaneció en Lima?

—Poco, creo que poco más de un año. Después, por motivos de salud, trasladé mi matrícula a Arequipa. Linda ciudad Arequipa. Hice muchos amigos allá. Ahí seguí mis estudios de Derecho y Economía. También soy economista. Tengo muchos libros llenos de documentos sobre economía.

Cox da un salto en el tiempo. Pasa a la época de Bustamante y su primera diputación.

—Yo estuve por primera vez en el congreso, en la cámara de Diputados por los años cuarenta, durante el gobierno de Bustamante, que subió al poder por apoyo del Apra. Luego fuí Senador y finalmente Constituyente así que he desempeñado los tres cargos posibles en el parlamento. Además he sido también secretario General del Partido y he desempeñado casi todos los cargos que encomienda el partido. Secretario del Interior, en la comisión de Plan de Gobierno, en fin. Ya no recuerdo otras cosas a veces se olvida uno.

—Sonríe algo confundido. Busca en su memoria y señala.

—Yo recuerdo a Benavides. Era un hombre muy inteligente y de una agilidad mental asombrosa, tuve algunos encuentros verbales con él durante su gobierno, pero él siempre tuvo la réplica oportuna a mis palabras. También recuerdo a la Señora de Odría como una mujer muy sagaz. Inteligente, aunque no nos llevábamos muy bien-

—La noche ha caído y Carlos Manuel Cox necesita descansar. Nos ponemos de pie para despedirnos y lo veo hacerlo con dificultad, aunque su espalda se ha encorvado con los años, es aún bastante alto. Me mira sonriente y dice.

—Yo soy de los alemanes del Sur, por éso somos altos. Heisen es de los alemanes del Norte, por éso son bajos.

—Lucho es, hijo de alemanes. Carlos Manuel es nieto de alemanes. —Indica ella.

—¿Como ve el porvenir del partido ahora que se ha ido Víctor Raúl?

—Después de una inevitable disputa, que más que éso, fué diferentes formas de buscar el bien del partido, se ha logrado una fortaleza, una estabilidad que en realidad, no esperaba. Confío plenamente en Armando y estoy seguro que esta vez la victoria es segura.

—¿La muerte de Víctor Raúl?

—Fué algo tremendo. Claro que después del largo proceso de su enfermedad ya se esperaba, pero con todo fué algo muy doloroso.

—Si lo teníamos tan solo un año más. Hubiera sido presidente. Pero él mismo contaba que un gurú en la India le dijo que él nunca sería presidente del Perú. Así también lo vaticinaron unos estudios esotéricos en Venezuela. Parece que es ya cosa de fuerzas superiores.

—Pero lo que emociona, lo que da confianza en el futuro fué ver la enorme multitud que se congregó para el Día de la Fraternidad, tanta juventud tanto entusiasmo.

Nos despedimos de los esposos Cox sintiendo de ellos su amable cordialidad provinciana. Un apretón de manos y un abrazo sellan una amistad, una herencia de lucha y sabiduría, que recibo del gran aprista Carlos Manuel Cox.

*ABC. Revista Independiente, 28 de marzo-14 de abril de 1980, pp. 20-23.

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