Miguel Angelats. Las grandes causas no perecen por el miedo

Discurso pronunciado en el Aula Magna, el día 7 de diciembre de 1981, en conmemoración del Cincuentenario del Discurso del 8 de Diciembre de 1931 y de la Primera Célula Parlamentaria Aprista.
 
Compañeros:

Frente a este marco popular, impresionante y conmovedor, quisiera pensar que no ha sido únicamente la convocatoria del Comité Ejecutivo Nacional la que nos ha reunido esta noche de fraternidad y de recuerdo. Ha habido otra forma de convocatoria, materializada y formulada por la voz estremecida del tiempo, por la voz y el grito desgarrado de la historia. Es posible que en esta víspera del 8 de Diciembre, desde la arena milenaria de Chanchán o desde la piedra inmemorial de Cajamarca o de Huaraz, nos estén llegando las voces heridas, las voces fusiladas de nuestros mártires, las voces de aquellos hombres que aquel 8 de Diciembre de 1931 corearon, con amor y devoción, el nombre amado: "Víctor Raúl, Víctor Raúl": aquel día en que se pronunció el Sermón del Nuevo Día. (aplausos, "Víctor Raúl, Víctor Raúl, ...) Son las voces del ayer, las voces que vienen desde el fondo, de la raíz misma, de nuestra historia. Son las voces silenciadas por el hierro, por el fuego, que habitan y anidan, como pájaros enmudecidos tal vez en el corazón de caca aprista. Son las voces sangrantes de nuestros muertos, que hoy como ayer no buscan tumbas sino ríos ardientes en nuestra sanare para danzar al encuentro de la voz eterna del Maestro. (aplausos)

Ese 8 de Diciembre de 1931 se produjo el nacimiento de un Discurso que vive, que habita y que camina en la conciencia de cada uno de los apristas. No es un discurso que surgió de la nada como un Fiat Lux, es un discurso que surgió y que nació del dolor, de la angustia estremecida de nuestro pueblo. Es un discurso que nació desde el fondo más profundo de nuestro pasado. Es un discurso que nació para ser recado del ayer hacia el mañana. Un discurso que surgía con la urgencia vital de una nación desesperada por romper su crisálida y levantar vuelo. Era el discurso en el que se encarnó todo el dolor, toda la angustia y toda la esperanza de la nación americana. ¡Cuánta belleza, y cuánta enseñanza encarnadas y encerradas en un solo discurso!

Manifestación aprista.

Siempre he creído que así como hay pensadores que filosofan y que, sin embargo, no están inscritos sus nombres en la historia de la filosofía así también hay poetas, hay artistas cuyos nombres no aparecen en la historia del arte. En ese sentido pienso, y estoy convencido y estoy seguro, que Víctor Raúl fue un auténtico artista, fue un estupendo creador. Sus discursos no solamente tenían su propia arquitectura, cada frase no únicamente era una pieza de escultura o una pintura, también tenía su música interna. Harto conocido es que Víctor Raúl de joven escribía poesía, como aquellos versos que, al estilo de Herrera y Reissig, se hacían en la época que Víctor Raúl tenía sus dieciséis o diecisiete años:

Mis nervios son las cuerdas de un piano resonante
que a rudos martillazos la vida hace vibrar
me deleito escuchando la sonata inquietante
que canta la amargura de mi íntimo pesar!

Y estos versos de los cuales nuestro Jefe sonreía benévolamente muchas veces, quizá encierran una gran verdad, una profunda profecía, porque efectivamente Víctor Raúl Haya de la Torre sintió que los martillazos de la vida golpearon duramente sus nervios de acero, y que su pesar, que era el dolor del pueblo, logró plasmarse en una sonata inquietante que nosotros escuchábamos en las aulas y en las plazas y que tiene que unirnos como una sinfonía eterna para realizar, al fin, este mundo de belleza, de justicia y de libertad que él nos prometiera y que tenemos la obligación de conquistarlo... ("Bravo", aplausos, "Víctor Raúl,...)

Pero no sólo belleza, no sólo hermosura, no sólo el sentido estético está en su Discurso del 8 de Diciembre y en cada uno de sus discursos memorables, junto a la belleza está la hondura, junto al arte está la profundidad. ¡Qué distancias abismales, qué distancias tremendas entre un mensaje de Víctor Raúl y tantos discursos que pronuncian otros políticos!: que hacen de esos discursos una especie de pirotecnia de fuegos artificiales, que se diferencian de los mensajes y de los recados de Víctor Raúl en que mientras estos discursos intrascendentes arrojan humo, de los Discursos de Víctor Raúl brota la luz. (aplausos)

Une incluso a la belleza la hondura, la profundidad, la idea, el pensamiento. La palabra de Haya de la Torre no sólo era el ave que nos emocionaba con la majestuosidad de su vuelo sino también era el ancla que caía y que penetraba hasta la profundidad de nuestras conciencias y con que gran designio de Maestro, con que sentido de amor a la pedagogía para llegar a cada hombre del pueblo.

Víctor Raúl fue el Maestro por excelencia: convertir tantas veces, tantas noches, una plaza inmensa en un aula de clase. Convertir al campesino —a veces analfabeto— y al doctor y al ingeniero en estudiantes de una misma clase o de una misma lección. Tener a su pueblo horas de horas de pie, cansado y esforzándose, pero siempre con entusiasmo flotando y aflorando de sus labios. 

Permitirse hablar de la relatividad o de la vida de los pueblos americanos pasada medianoche y a veces bajo una lluvia incesante: Eso sólo lo pueden hacer los hombres de la estatura magisterial de Víctor Raúl y por eso es que él llegó a su pueblo, por eso es que él logró que su pueblo aprendiera y que no solamente aprendiera sino que quisiera aprender mucho más cada día y no solamente que quisiera aprender mucho más cada día sino también que quisiera transmitir y trasladar lo que escuchaba de sus labios hacia aquellos que no le escucharon convirtiendo así en realidad incesante el milagro de Jesús que multiplicó los panes mientras que Víctor Raúl multiplicába las ideas (aplausos). De ahí que Víctor Raúl enseñó con el ejemplo. Si tenemos que reconocer su calidad intelectual, si tenemos que reconocer su prodigio de pensador y de político, tenemos que poner énfasis sobre todo en un aspecto que es categoría suprema de su vida: la moral, el sentido ético de su existencia. Él supo enseñar con el ejemplo, él tuvo la autoridad del hombre que podía reclamar y exigir a su pueblo porqu él no lo engañaba: Él hacía lo que decía y es así como el APRA, como nuestro Partido, como él pueblo escuchó aquel 8 de Diciembre de 1931 un mensaje desgarrado y estremecedor, un mensaje que nacía de la angustia misma del Perú, del dolor profundo de la nación peruana, convertida en optimismo. Víctor Raúl no buscaba el sentimiento lloroso de su pueblo, le infundía fe, optimismo en el futuro y fue así como en aquella oportunidad después de la derrota fraudulenta de las elecciones de aquel entonces Víctor Raúl pronuncia este Discurso memorable y estremecido con el que a su pueblo abatido y tal vez un poco deprimido lo levanta lo sacude y lo estremece y le dice: "No es hora de llorar, es hora de pelear hasta conquistar la gran victoria... ("bravo", aplausos) Y por eso le siguieron nuestros padres y por eso lo seguimos nosotros y por eso continuarán siguiéndolo los niños que nacen ahora. Su voz no se ha perdido, su voz está presente, Víctor Raúl está metido dentro de nosotros como un navegante que recorre nuestra sangre para llegar siempre hacia nuestras conciencias y hacia nuestro corazón. Vimos como hombres de distintas procedencias sociales y económicas cargaron su cruz junto a él y ellos nuestros padres nos enseñaron con el martirologio, con el sacrificio, con el desinterés y con la entrega cómo se logra plasmar una obra maravillosa como es la obra del aprismo. Y de esos hombres de aquel entonces, que todavía quedan muchos, con el corazón bien puesto y con el ceño todavía vigilante para seguir peleando por los ideales que conquistaron sus entusiasmos juveniles, de esos hombres quedan muchos y dentro de ellos esta noche que también se conmemoran los 50 años de la Primera Célula Parlamentaria Aprista, tenemos que recordar a Carlos Manuel Cox, a Luis Alberto Sánchez y a Carlos Showing que todavía permanecen vivos. Carlos Manuel Cox, nuestro primer Secretario General del Partido, héroe inolvidable de nuestro gran movimiento, hombre de coraje y de fe (aplausos) hombre de lealtad inconmovible, descendiente de ilustres familias trujillanas y de un hombre, sobre todo, que entregó su fortuna para impedir que Trujillo fuera saqueado durante la guerra con Chile, tío de nuestro gran compañero, diputado Guillermo Larco Cox, alcalde que en Trujillo supo poner a la dictadura en su sitio aunque le costara la cárcel... (aplausos)

Yo no sé si existen o existieron antecedentes de lo que constituyó la Célula Parlamentaria Aprista, un equipo de hombres que trabajaron con disciplina, con entrega y con un alto sentido de la autocrítica. Víctor Raúl fue vigilante perenne de la tarea de la Célula Parlamentaria Aprista. Hoy, al recordar aquellos hombres que fueron arrojados del Parlamento, que fueron arrojadlos de la Asamblea Constituyente y, expulsados del país por la dictadura de aquel entonces, hoy nosotros tenemos que pensar que tenemos que redoblar esfuerzos, multiplicar nuestra voluntad para lograr imitar e igualar en algo la labor abnegada, elevada y noble de aquellos hombres que nos dejaron una lección permanente de grandeza, de entrega, de devoción,... (aplausos)

Por eso compañeros esta noche mi homenaje enfervorizado y humilde al mismo tiempo, casi como si mi corazón se pusiera descalzo y de rodillas, para tributar su más profundo recuerdo de homenaje a aquel Discurso memorable del 8 de Diciembre de 1931 y también el recuerdo, lanzado al cénit, a lo largo de 50 años para ver la imagen o los nombres de aquellos hombres que constituyeron la Primera Célula Parlamentaria Aprista.

En el nombre de ellos, en el nombre de nuestro Jefe, en el nombre de sus Discursos que son hijos vivos de él, en el nombre de sus libros que son también frutos de ese árbol prodigioso, en el nombre de todos los que se sacrificaron por nuestra causa, en el nombre de todos los que murieron para que los niños del mañana tengan un pan en su mesa de cada día, en el nombre de las madres nuestras que derramaron sus lágrimas cuando nuestros padres estaban en las cárceles o en las catacumbas o en las trincheras, en el nombre de los niños que murieron cuando faltaba el padre de cada día, en el nombre de todos ellos y en el nombre de los niños que vendrán, formulemos el firme juramento, profundo, arrancado del tiempo y de la historia de que habrán de seguir peleando para demostrar que es cierta, vigente y valedera la frase de Víctor Raúl Haya de la Torre cuando nos dijo: "LAS GRANDES CAUSAS NO PERECEN POR EL MIEDO". Muchas gracias. (aplausos)

*Opúsculo publicado gracias a la colaboración de cc. del Sector 54 de Lima, febrero de 1982.

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