Heysen, el líder. Por Andrés Townsend Ezcurra

Luis E. Heysen, representa una doble bandera de afirmación juvenil y regional . Como hombre de pocos años —tenía 20 cuando el 23 de mayo— y como norteño. Como adolescente rebelde y como joven revolucionario. Como lambayecano y como líder agrarista, encarnación de la audacia y el valor personal dentro del Partido.

La carrera revolucionaria de Heysen arranca en las Universidades Populares González Prada, el gran vivero de los espíritus directores del Aprismo. Bajo la inmediata influencia de Víctor Raúl Haya de la Torre —siempre jefe y maestro—, se va plasmando una voluntad de hierro y una clara mentalidad en el adolescente norteño, estudiante de la escuela de Agronomía.

Las jornadas precursoras de mayo de 1923, lo encuentran en primera fila. Su cuarto sirve más tarde de refugio a Haya de la Torre, y los comandos estudiantiles que se suceden a la deportación de Haya, lo tienen como a uno de los más eficaces colaboradores. Manuel Seoane y Pedro E. Muñiz, presidentes de la Federación de Estudiantes, tienen en Luis Heysen a un valeroso agitador. 

En 1925 sobreviene el exilio. Una nueva hornada sale a entrenarse y prepararse al destierro. Van Seoane, Óscar Herrera, Enrique Cornejo Köster. Con ellos marcha también Heysen, el exilado de 21 años.

Chile les tributó una recepción entusiasta. Luego, Argentina les acoge con gesto fraternal. Heysen prosigue en La Plata su trunca carrera de agrónomo. Incorporado a la argentinidad amplía su preparación y acendra su impulso. A través del programa aprista se han esclarecido ya las directivas de una generación.

Luis E. Heysen.

Heysen es infatigable en la campaña antiimperialista de la Unión Latinoamericana, en las células apristas, en la Federación Universitaria de La Plata, que llega a presidir. Ingenieros, Palacios, Korn, le tienen entre sus dilectos discípulos.

Con la caída de Augusto B. Leguía se abren posibilidades de acción política sobre el Perú. De todos los rincones de Indoamérica vuelven los deportados. Por el sur —entraña serrana, hogar de lo incaico— entra Heysen. En la ciudad imperial se reúnen grupos hostiles a llamarlo fascista, según la ortodoxia moscovita vigente en esos años. Al frente de un puñado de apristas cuzqueños — (el aprismo nacía en esos meses de abril de 1931) — se enfrenta a los atacantes. El exilado, el antiimperialista, convertido ahora en fascista por decisión o malhumor de algunos intelectuales, entró al Perú pisando la pelea: su sino.

Seis meses le bastan para dejar en el Cuzco un aprismo combativo y lozano. Preside un Congreso regional, salva de atentados personales, habla, discute y ejecuta. En setiembre lo saludan las masas limeñas en la gran concentración de la Plaza de Toros. Lo ha antecedido su fama de luchador y las manos y gargantas de 50.000 apristas le saludan estruendosamente.

La manifestación se echa a las calles y va a rematar a la plaza Bolognesi. Allí se yergue de nuevo Heysen para decir a la multitud el mensaje que ella reclama: "somos un partido que va por los cauces de la legalidad. Queremos tomar democráticamente el poder para las mayorías explotadas. Pero si por la fuerza o el fraude se nos niega su acceso pacífico, ¡a la mexicana, compañeros!" La frase se grabó indeleblemente en las conciencias, y las multitudes apristas —tan fecundas en imaginar cantos y gritos de guerra— la pasearon junto a los pendones roji-dorados del Partido. (La revolución de Trujillo sería el cumplimiento más esforzado de aquella promesa. Y dos años después, de nuevo en la Plaza de Toros, la multitud devolvió su consigna con el grito -raya de sangre de "¡A la trujillana, compañeros!"

Un rápido paso por el Congreso Constituyente demuestra la capacidad técnica de este líder, a quien sus enemigos pintan como un agresivo matón. Fundamenta repetidas veces los votos apristas en cuestiones fundamentales y en vísperas de la gigantesca razzia sanchecerrista, pide garantías enérgicamente para el jefe del Partido, a quien llama, sin rebozos ante el escándalo del civilismo presidente moral del Perú, Ya antes había concitado comentarios indignados, porque rechazando la fórmula protocolaria del juramento  —ante el crucifijo— Heysen prometió cumplir su obligación de representante "por el Perú", por el partido y por Haya de la Torre". No esperaba la lucha: la buscaba.

Luego viene la etapa sombría del sanchecerrato. Los 16 meses del Crimen Oficializado; del asesinato como arma de gobierno. Se suceden en dramático film, la deportación de los diputados —Heysen se escapa cinematográficamente— el allanamiento de cientos de domicilios, el atentado de Miraflores, la sublevación de la escuadra. Y por fin, el 7 de mayo, una noticia que consterna el Perú y estremece a Indoamérica: el jefe del Aprismo ha caído preso. Haya de la Torre está en manos del sanguinario tirano.
¿Quién habrá de tomar su puesto? Sino la jefatura —que le corresponde inalienablemente—, el puesto de Secretario General del Comité Ejecutivo. Entre los dirigentes que habían salvado al destierro no hubo menester de muchas discusiones: sería Heysen, y Heysen asumió el comando del Partido.

Es casi inconcebible, fuera del Perú, tener una idea aproximada de lo que este puesto significa de riesgoso. Ser líder del Apra, es vivir en la zozobra de los refugios blindados por pechos heroicos de compañeros de las brigadas de asalto; es no residir más que breves días en cada lugar y escapar de mil maneras misteriosas a la vigilancia policial, en procura de nuevo escondite. Es arriesgarse todos los días en la conspiración, en los viajes sorpresivos, en el trato oculto con fuerzas que pueden ser adictas. Es dormir a medias y siempre con guardia, presta la mano a desenfundar el revólver y vender cara la vida. Una dramática mezcla de carbonario y pistolero, tal debió ser la vida de Luis Heysen, bajo el sanchecerrato, y tal es hoy mismo bajo la garra mañosa del tirano de la "Paz y Concordia".

Heysen fué un invicto de la persecución. Mientras casi todos los líderes —Magda Portal, Ramiro Prialé, Manuel Vásquez Díaz, Antenor Orrego, Leoncio Muñoz, Isaac Espinoza, Tomás Vidal, Roca Zela—, fueron cayendo en manos de la policía, el líder chiclayano burló incesantemente a sus perseguidores. Su fama creció inmensamente. Una aureola mítica se formó en su torno. Ello y la certidumbre de lo eficiente de sus dos inseparables pistolas automáticas, hacían temblar a los soplones del civilismo.

Muerto Cerro y promulgada una amnistía parcial, Heysen volvió triunfalmente a ocupar un alto puesto en el Comité Ejecutivo Nacional del P. A. P. Su tierra materna —el Chiclayo feraz y cálido, matriz del nuevo norte aprista— exigió su presencia. Las masas saludaron a su joven líder, a su ex-representante al Congreso. A las puertas de Chiclayo acudieron millares de hombres con las gargantas broncas de aleluyas y los brazos izquierdos en alto. Allí los peones de las haciendas azucareras, agobiados siervos de Tumán y Cayaltí, de Pucalá y Pátapo. Allí los morenos cholos mansufanos y lambayecanos, los bronceados pescadores y fleteros de Pimentel y de Éten, los artesanos y empleados de la industriosa Chiclayo. Las masas confluyeron en una manifestación imponente. El norte quemaba para siempre su tradición de feudo del civilismo cañavelero, contra el cual se alzaran los gonzález-pradistas de 1904 y la verba liberal e insurrecta de Juan de Dios Lora y Cordero.

Y allí, en Chiclayo, donde naciera y creciera le tocó reiniciar su heroica aventura de los años pasados. Desde noviembre de 1934 está nuevamente perseguido de muerte. Su retrato está colocado en todas las comisarías, en todas las garitas de los caminos, junto al de los criminales reclamados. Hay ansia de engrilletar y hasta de silenciar para siempre a este legítimo y viril caudillo del aprismo norteño. Conforme se eliminara alevosamente a Manuel Arévalo, el magnífico proletario trujillano, ex-peón y ex-diputado muerto de 15 balazos a la altura de Huarmey, se quiere victimar a Luis Heysen, ex-presidente de la Federación Universitaria de La Plata, ex-diputado por Lambayeque, líder invicto y valeroso del Perú Aprista.

Pero el pueblo —su pueblo norteño—le quiere y le defiende. No hay hogar proletario o campesino que no esté presto a albergarlo, ni mano trabajadora que no empuñe en su defensa hoz o palana, cacha o revólver. “A la mexicana", le dijo alguna vez, y así, a la mexicana, con bravura desesperada, sabrán defender, el norte aprista a su líder y Chiclayo a su hijo predilecto.

*Claridad. Revista de Arte, Crítica y Letras. Tribuna del pensamiento izquierdista, Buenos Aires, Abril de 1938, N° 324.

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