Rafael Estrada. Algunas palabras con Diego Rivera

1.°— Impresiones sobre Arte y Revolución.— ¿Por qué, don Diego, —le pregunté de pronto, tras un corto silencio—, ha pintado Ud. toda esa decoración de la segunda galería con un tono gris pálido? Es un marcado contraste con la primera y la tercera galerías, que corresponden según Ud. a los planos material y espiritual por su orden, y que Ud. ha decorado con vivos colores. No acierto a comprender, se lo confieso, por qué pintó indeciso el segundo plano que es, sin embargo, en el símbolo total de estas decoraciones, el plano de la inteligencia.

Don Diego no hizo esperar su respuesta. Desde el primer instante de tratarlo se adivina en él esa autoridad sólida que da a ciertos hombres el dominio de sus pensamientos, la visión clara de un ensueño propio que comprenden plenamente. Tuve, desde ese primer instante, el deseo íntimo de sorprenderlo con preguntas indiscretas; consideraba yo realizar una aventura caballeresca si lograba verlo titubear. Pero don Diego me contestaba siempre; cuando más, hacía una pausa corta para sonreir ante la osadía sincera de mis preguntas.

—El plano del intelecto nо es el plano supremo, me contestó. La inteligencia no es lo más alto que pueden poseer los hombres. Es tan sólo un plano intermedio, un plano transitorio: por eso lo he pintado gris. Sin inteligencia, los que he pintado en el plano primero, los que trabajan, nunca podrán superarse, jamás podrán ser más que trabajadores: la inteligencia estará siempre sobre ellos. Arriba está el arte, que trabaja y piensa y crea. El Arte es la unión integral del trabajo manual e intelectuales en el plano del espíritu.

Diego Rivera.

—Pero Ud. ha pintado, don Diego —le pregunté tras un corto cavilar— en la parte superior algunos personajes que no responden rigurosamente a esa «unión integral».

—Hijo —me contestó—, arriba está la Revolución triunfante. Abi está condensado el espíritu de nuestra Revolución y el espíritu universal de Libertad. La Revolución fue hecha aquí, y deberá hacerse en cualquier parte del mundo, mediante la unión del campesino y el obrero guiados por la inteligencia cultivada y al influjo del espíritu.

Y conversamos largamente de Revolución. Las confesiones de don Diego me dejaban obsorto y me regocijaban grandemente.

—Pocos países —me dijo entre otras cosas que requieren capítulo aparte—, habrán tenido los problemas sociales que ha tenido México. Aquí, sea por la proximidad a España, sea por lo que sea, se entronizó, más que en el Perú, único país del resto de América donde pudo por la grandeza incaica suceder otro tanto, la hegemonía política y las instituciones sociales gubernativas de la Europa del siglo XVI. Agregue Ud. a esto que nosotros hemos revelado al mundo ser el pueblo más religioso, y, desde luego, más supersticioso de América; los padres misioneros lograron fácilmente convertir en fiestas religiosas de la iglesia católica todas las fiestas paganas de nuestros indios. Vea ahí, precisamente, la Fiesta de las Flores: esa fiesta que se conmemora el Viernes de Dolores, dedicada a la Virgen Dolorosa, era entre los indios la fiesta de Xochiquetzalli y Xochipilli, y tenia un simbolo muy hondo y muy intimamente ligado con el símbolo de la Virgen, el principio lunar, adolorido por la muerte del Hijo: Xochiquetzalli, que significa flor-pájaro, era el dios de la fecundidad; Xochipilli, flor-capullo, era el dios de la conservación. Los indios no entendían esa relación con el dolor de la Virgen y asistían a la ceremonia de los misioneros como si estuvieran asistiendo a la Fiesta de las Flores de Xochiquetzalli y Хоchipilli. Poco a poco la nueva religión, a pretexto del idioma hizo a los indios cambiar los nombres de los dioses. El espíritu religioso de la España de la conquista se inculcó poderosamente en nuestro espíritu. Además, ningún pueblo de América ha revelado ser más amante y más abnegado a su tradición; esto supieron muy bien aprovecharlo los misioneros. De ahí que fácilmente se logró, manteniéndolo en la ignorancia, dominarlo y hacerlo instrumento de las clases directoras, que eran el capital y el clero, digo mal, sólo el capital, pues lo uno era entonces lo otro y lo que fué hasta nuestros días, cuando en ese estado de cosas fué derrumbado por la Revolución.

—Pero el pueblo mexicano ha sido siempre rebelde, don Diego.

—Pero lo repito que siempre ignorante. Desde la conquista se explotó su fe y su valentía, que estuvieron al servicio del clero, que era estar al servicio del capital. La Revolución tenía y tiene como propósito fundamental de su programa la ilustración de las masas, a fin de que pueda realizarse la verdadera Revolución. 

—¿Y Ud. cree deveras en la Revolución, don Diego?, le pregunté hasta cierto punto con malicia.

Y don Diego siguió tranquilo pintando los muros, escondiendo no sé que pensamientos tras su sonrisa permanente, expresiva, amarga y soñadora.

—La Revolución es algo —me contestó tras una pausa significativa—, que sólo existió en el pecho de algunos hombres valientes y comprensivos; hoy se oculta en el pecho de algunos hombres dispuestos a demostrar su valentía. Pero le repito, la Revolución está escondida, es difícil actualmente en México decir a punto cierto quiénes son los verdaderos revolucionarios, los que deveras están enterados de lo que es la Revolución y aman sus principios porque sienten la justicia universal que los anima; debajo de algunos rostros que Ud. cree revolucionarios está el gesto fácil; bajo el pecho que Ud. ahora creería disponible está el corazón afeminado del tránsfuga que espera la ocasión; en los artículos ardientes de intelectuales que Ud. llamaría revolucionarios no hay más que una cascarita de huevo que espera el más ligero golpe para inutilizarse. La verdadera Revolución debe sentirse como una fe religiosa universal.

—¿De modo, pues, que las declaraciones del último plano responden plenamente a un espíritu universal?

—Si —me respondió con seguridad—. Son personajes mexicanos, pero ellos encarnaron el espíritu de todos los hombres oprimidos de la tierra: vivieron en el pueblo más oprimido de la tierra precisamente en los tiempos en que estaba más oprimido por los eternos enemigos del trabajador, y se convirtieron en sus salvadores y sus mártires.

—Pero Ud. iba a decirme, le observé, algo especial acerca de la relación íntima que tienen esos símbolos con el Arte.

—Pues si, que yo le doy un valor muy relativo a la teoría económica de lo bello, lo necesario y lo útil; es una teoría enemiga del pueblo; no todo lo útil es necesario o bello, más todo lo bello es rigurosamente útil y necesario. Al pueblo debe enseñársele que lo bello es su yo, que es creación suya, que necesita de lo bello para vivir de verdad la vida. Siempre la belleza ha estado hondamente ligada con la vida, y nuestros pueblos de hoy ya saben que necesitan vivir, que no es sólo comer y vivir cómodamente, sino también cultivar la inteligencia y despertar el espíritu; y esa vida la preconizaron esos mártires de la Revolución, de modo que ahí realizan la misión artística de nuestros tiempos.

Quedamos citados para la mañana siguiente. Ya tenía yo la seguridad de obtener de don Diego explicaciones precisas sobre el símbolo general de las decoraciones de la Secretaría, y así fué, efectivamente, como ha de verse en el próximo envío.

Rafael Estrada. 
San José, Costa Rica
Marzo, 1928.

*Repertorio Americano. Semanario de Cultura Hispánica. Tomo XVI, No. 13, San José, Costa Rica, sábado 7 de abril de 1928, pp. 199 y 204.

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