Luis Alberto Sánchez. Magda Portal

En un país de trogloditas naturalmente la antropofagia es una tentación irresistible; pero, nosotros los peruanos aspiramos a no ser trogloditas y nosotros, los apristas, definitivamente no lo somos. Por tanto la antropofagia no nos tienta y nos parece repugnante devorarse los unos a los otros. Es un género de deporte que no practicamos y que desearíamos ver eliminado totalmente del mundo.

Se me vienen a las mientes estos torvos pensamientos a propósito de un hecho doloroso y lamentable: la muerte de Magda Portal después de una larga agonía y de una miseria también larga. Sin embargo de nuestra absoluta separación ideológica y amistosa, la última vez que la vi en una feria de libros hace unos dos o tres años, nos estrechamos las manos y hasta creo que tuvo una sonrisa en su seco rostro de combatiente.

Magda fue la poetisa estrella de los años veinte. En ese tiempo, las mujeres escribían poco, y si lo hacían era sobre temas de amor y religión. Magda rompió con todo eso. Cantó al amor, pero de carne y hueso y desesperadamente. Fue protagonista de un sueño trunco. Por esos años aparecía un poeta y crítico huancaíno, Federico Bolaños, editor de Flechas quien casó con ella muy joven aún y apasionada. Eran los años del auge de Leguía. Me parece que por el veintidós o veintitrés. Flechas apareció el 24. En ese tiempo Haya de la Torre era el caudillo de la juventud peruana como lo seguiría siendo hoy a los diez años de su muerte. Magda rompió con mil prejuicios y se unió a las huestes de la todavía nonata APRA. La vemos reaparecer en Bolivia con un libro titulado Esperanza y el mar y unas prosas rabiosamente tituladas El derecho a matar. Magda era entonces la compañera de Serafín del Mar, poeta huancaíno también, y autor de un poemario titulado Radiograma del Pacífico. Temo estar confundiendo algún título pero me resisto a la tentación de buscar en el anaquel el libro necesario. Por ese tiempo había ocurrido ya el tristemente famoso episodio de Arco's House en Londres, donde funcionaba el consulado soviético. La policía inglesa reveló que había encontrado un número de documentos que delataban las funciones de espionaje y provocación que Rusia, ya en manos de Stalin, ejercía en muchos pueblos entre ellos el Perú. La policía limeña hizo una batida especialmente de intelectuales y líderes obreros a propósito de una carta de Esteban Pavletich, entonces también aprista. Salieron desterrados muchos líderes, entre ellos Carlos Manuel Cox, Manuel Vásquez Díaz, Arturo Sabroso, Samuel Vásquez y otros. Un grupo de ellos se reunió en México a donde Magda y su compañero viajaron de inmediato. Cuando Haya de la Torre regresó a México en 1928, Magda era miembro del Comité Aprista de ese país y realizaba una campaña de propaganda en la zona del Caribe contra el imperialismo yanqui y a favor del APRA. En el libro de Haya de la Torre ¿Dónde va Indoamérica? hay varias alusiones a aquella etapa de los comienzos del APRA y también de la nueva mística de Magda Portal.

Magda Portal.

Encontré a Magda de nuevo en Chile el año de 1930, era madre de una hija a quien bautizaron con el nombre de Gloria del Mar. Estaban ella y Serafín preocupados por la salud de José Carlos Mariátegui de quien yo me acababa de despedir en Lima y fueron ellos los que me avisaron en abril, que José Carlos se hallaba moribundo. Yo lo había dejado prácticamente así.

En Lima, a fines del treinta Magda y Serafín eran mandarines del APRA. Yo empecé a trabajar por el partido, puedo pensarlo, el 17 de noviembre de 1930 y me afilié el último día del mes de marzo de 1931. Magda y Serafin publicaban entonces la revista APRA y Seoane y yo empezamos a publicar en mayo del 31 el diario La Tribuna. Creo que no simpatizábamos mucho pero nos estimábamos bastante. Magda estuvo muy cerca de Víctor Raúl, prácticamente como su colaboradora inmediata, sobre todo el año 33. Publicó enseguida un libro sobre la mujer nueva que evocaba al que, con título semejante, había editado durante la Revolución Rusa la señora Koyontay, la primera mujer miembro del primer Soviet.

Durante la dictadura de Sánchez Cerro ocurrió el atentado de Miraflores en marzo de 1932, y Serafín del Mar fue a parar a la Penitenciaría de Lima acusado con Juan Seoane y Pepe Melgar por el atentado contra el dictador. Allí estuvo Serafín hasta 1940. Magda viajó a Chile y publicó otro libro de poemas. Siempre en compañía de Gloria, su única hija. Hasta que en 1940 fue liberado Serafín y llegó a Chile. No creo necesario mayores apreciaciones sobre aquellos años de entusiasmo, pobreza, angustia y un poco de gloria. La guerra civil española nos juntó a muchos que éramos adversarios en un nudo fraternal. Con Magda firmamos a principios de 1945, desde Chile una invocación a Haya de la Torre para dar un rumbo más realista al partido. Regresamos ese mismo año después en lo que me concierne, de ocho años de ausencia forzada. Magda estaba entonces empeñada en que la mujer desempeñara un papel más activo y más radical. La pugna interna de los años 46 a 48 exacerbó el radicalismo de Magda y en el segundo semestre del 48 durante el congreso del Partido se mostró irreductible e irascible. Luego ocurrió el 3 de octubre del 48 y durante el exilio de Haya de la Torre y nuestro nuevo destierro que duraría ocho años, Magda con un grupo de activistas comunizantes trató de fundar un nuevo partido, no lo consiguió, pero como compensación escribió una especie de novela que nunca la quise nombrar por respeto a ella misma titulada La Trampa. Pero en 1947, Gloria del Mar, su hija y única compañera, pues se había separado de Serafín, el día que iba a entrar a la Universidad se dio muerte inesperadamente. No olvido la figura tendida de Gloria, yerta y agraciada, y frente a ella el llanto de Magda.

Nos volvimos a encontrar en Caracas en casa de Rómulo Betancourt que presidía entonces la Junta Revolucionaria de gobierno y luego en Lima siempre entre el 46 y 48, y después del 48 nunca más, hasta que nos tropezamos en aquella feria del libro y nos estrechamos la mano como si nada hubiese pasado. Sé que Magda se convertirá en cenizas y que sus cenizas según sus propios deseos serán echadas al mar. Siento realmente tristeza por este epílogo doloroso. Era difícil acercarse a Magda que no olvidaba fácilmente las viejas pendencias. Al parecer las nuestras las borró el tiempo y yo le aseguro a la memoria de Magda que nunca dejé de estimar su entereza casi, su terquedad y su decisión. No la aprobé jamás pero le tuve respeto, y el respeto une también como la fraternidad y el amor.

*Caretas, 17 de julio de 1989, pp. 38-39.

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