Germán Arciniegas. Nuestra actitud como latinoamericanos
La conclusión lógica que se desprende del manifiesto aprobado en el Congreso por la Libertad de la Cultura es desatar en el mundo un movimiento de opinión pública, independiente y libre de todo gobierno, que les diga el "no pasarán" a los totalitarismos.
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En este movimiento, los hombres de letras, los científicos y los artistas, han de ser líderes. Ellos, antes que reclamar ningún derecho, están en la obligación de servir a la liberación del mundo. Ellos han podido escribir, hablar; hacer sus investigaciones; han podido crear, han mantenido su dignidad, dentro de la libertad. A ellos corresponde oponerse en esa corriente tenebrosa que inesperadamente brota en nuestro tiempo para humillar el espíritu.
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En el Congreso de Berlín estuvieron principalmente representados Europa y los Estados Unidos. Nuestra acción debe exten-derse con igual intensidad al Asia libre y al Asia soviética, al Canadá y a la América Latina, a quienes padecen la dictadura en la propia Rusia soviética, para alistar a los hombres cultos en un mismo frente que vuelva por la dignidad del hombre, cuya más pura expresión está en la libertad y en la justicia.
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Germán Arciniegas. |
Voy a referirme sólo a algunos pueblos del Hemisferio Occidental, América ocupa un puesto singular entre todos los continentes de la tierra. Su historia se reduce a una lucha victoriosa por alcanzar la independencia y las libertades. No ha sido un mundo de esclavos ni de conquistadores. Representa en la historia universal el ejemplo de un gran conjunto humano cuya vocación por la libertad le da fuerzas para saltar del coloniaje a la democracia. De ese mundo ya tienen en esta conferencia, y tuvieron en Berlín, representación abundante los Estados Unidos. Falta que el Canadá, el Brasil y la América Española aparezcan en las asambleas futuras con un número adecuado de voceros. Mis observaciones van a referirse ahora a sólo la América Latina.
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La América Latina representa hoy, con sus 150 millones de habitantes, una de las más vastas reservas de la democracia, y es por lo mismo uno de los bloques codiciados por los totalitarismos. A las 21 naciones que tiene esa América Latina puede aplicarse hoy, como hace cien años, una expresión que ya empleó Bolivar: "La libertad de América es la esperanza del Universo". Si las oscuras fuerzas que amenazan hoy las libertades del mundo produjeran una multiplicación de dictaduras en la América Latina, las Naciones Unidas tendrían por delante la más seria amenaza para sus programas en favor de las libertades. Y sería irrisorio que esa amenaza viniera justamente del mundo que más auténticamente ha nacido con vocación de libertad.
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Los hombres libres de la América Latina nos oponemos al comunismo ruso porque representa un partido nacionalista estrecho que no es de izquierda, que es enemigo de la paz, que traiciona la justicia obrera y que no representa una democracia representativa como la que nosotros pedimos para nuestros propios países. El comunismo no es un partido de izquierda, y se hermana con los partidos políticos reaccionarios porque la izquierda está definida de generaciones atrás como una fuerza revolucionaria emancipadora que en primer término destaca la libertad como su arma de combate y como su aspiración para asegurar la dignidad del hombre. La izquierda ha luchado siempre y luchará en el futuro por la cátedra libre, la prensa libre, el parlamento libre, el sufragio libre, por la libre voluntad del pueblo para escoger su gobierno. No tiene autoridad moral alguna el comunismo para hablar de paz ante la comunidad de las naciones si dentro de las fronteras rusas mantiene el orden por el terror, por la purga política, por el trabajo de los esclavos; por las prohibiciones a hablar, a escribir, a informarse, a reunirse, a pintar, a crear su música, a expresar sus emociones y sus ideas como seres libres. Esa no es paz del espiritu: es esclavitud. Esa paz no es un bien mayor sino un mal despreciable, un servilismo de siglos oscuros. Los hombres libres la rechazan como una degradante manera de eludir su destino. Por no tener esa paz los pueblos han ido muchas veces a la lucha sangrienta. No sirve el comunismo a la justicia del obrero porque ata al trabajador a la aventura de un Estado guerrero en donde el bientestar del obrero y del campesino se han pospuesto a un programa militar, porque una justicia que comienza por desconocer la dignidad del hombre, es injusta lo mismo para un obrero que para un profesor universitario. El gobierno soviético no representa una democracia representativa y se funda sobre el poder absoluto de un partido de minoría. Donde la mayoría no puede decir "no", más aún, donde la minoría no puede decir "no", la democracia ha muerto.
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Si el deslinde entre las fuerzas progresistas de la América Latina y la Rusia soviética es por estas razones definitivo, con mayor razón nos oponemos al neo-nazismo y a su forma española del falangismo. Las dos políticas son para nosotros igualmente reaccionarias, y si nos sumamos a la lucha universal contra el comunismo no es para caer en brazos de otra denominación igualmente contraria a la paz, a la justicia, a la libertad, a la decencia del hombre.
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Hace pocos meses en una asamblea interamericana de hombres libres reunida en La Habana, nuestra posición quedó definida en los propios términos que dejo expuestos. Hace pocas, semanas, en Nueva York, trescientos periodistas de todos los países del Hemisferio Occidental llegaron a las mismas conclusiones. Para el cumplimiento de la democracia en América, para una lucha efectiva contra el comunismo y contra el neo-fascismo, queremos hacer de esa América un continente de opinión pública. Queremos llegar a la democracia por la libertad, a la justicia por la libertad, a la paz por la libertad. Andar por el camino ancho y seguro que ha conquistado el hombre culto a través de luchas seculares, y no por el tortuoso y tenebroso que a última hora nos ofrecen hombres brotados de la caverna ya olvidada.
*Revista de América, Bogotá, Noviembre-Diciembre de 1950, pp. 243-245.
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