Antenor Orrego. Historia y dialéctica
La efigie de nuestro tiempo
Es un error tomar el método dialéctico o la concepción dialéctica de la historia como un Absoluto. Error tan craso como considerar la verdad o las verdades científicas, como últimas instancias de la realidad. La verdad dialéctica es, con respecto a la historia, como la verdad científica es con respecto a La naturaleza. Ambos son meros seccionamientos o recortes racionales y empíricos que nos permiten operar, con cierta seguridad práctica, dentro del acontecer histórico o dentro del acontecer cósmico. El hombre del siglo XIX que irrumpía contra toda metafísica, se sintió tan embargado per el poder de la ciencia que hizo de ella una religión, es decir, un Absoluto metafísico. El positivista comptiano partía de un fundamento dogmático, imposible de probarse o verificarse experimentalmente: el de que todo nuestro conocimiento podía y debía elaborarse en los laboratorios. El dialéctico de hoy —salvo contadas mentes claras y precisas— suele confundir a la dialéctica como instrumento o método científico para acercarnos a la historia e interpretarla, con la dialéctica como totalidad y esencia de la realidad misma. Ambos son el desplazamiento erróneo de una simple postura heurística de investigación.
Ciertamente, hasta la concepción dialéctica de la historia, los acontecimientos se nos presentaban como una masa caótica e inorgánica, incapaz de alguna articulación racional. Es ella el primer gran intento de sistematización científica de la historia universal. El marxismo es el arma más tajante que haya producido hasta hoy el ingenio humano para operar con relativa seguridad científica, dentro del fluir inasible de los hechos. Pero, no es un Absoluto, ni puede abrazar integralmente la fluencia de la realidad histórica, como ninguna ciencia, ni el conjunto de las ciencias, puede abrazar integralmente a la naturaleza. Pueden haber y habrán seguramente en el porvenir, a medida que se conozca mejor el acontecer humano, nuevas sistematizaciones racionales o, lo que es lo mismo, nuevas fórmulas deterministas para comprender más profunda e integralmente la historia y para operar con más certeza científica dentro de ella. Pero, estas nuevas sistematizaciones tampoco podrían agotar nunca el sentido de la historia, porque serán siempre meros recortes o instrumentos de conocimiento lógico dentro de la fluencia, imprevisible del acontecer histórico, que es, en esencia, el espejo de la libertad humana. Libertad, fuerza creadora e indeterminable que está como dormida en las inferiores formas biológicas y que se alumbra, con supremo resplandor energético y consciente, en la vida del hombre, que es el sujeto por excelencia de la historia.
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Antenor Orrego. |
Reducir la historia, integralmente, al puro juego dialecto sería como reducir el Universo entero en las fórmulas matemáticas de Newton o de Einstein. Racionalmente, es decir, científicamente, nunca podrá decirse la última palabra ni en la naturaleza ni en la historia. La historia hay que conocerla, también. como duración real, la dureé réelle de Bergson, como fluencia incapturable en su integridad dentro de esquemas racionales. Hay que conocerla como contemplación intuitiva —dando a la palabra contemplación no el sentido pasivo y negativo, que habitualmente tiene, sino un sentido dinámico, energético y creador de conocimiento —algo así como se conoce el sentido de un poema o la entonación do una melodía, que rebasan los laboratorios y los esquemas racionales y empíricos. Los procesos históricos se semejan, también, a los desenvolvimientos sucesivos de un tema musical, cuya última meta contiene, como resonancia, dentro de su seno, todas las notas anteriores.
Los más graves errores y fracasos de los teóricos y conductores revolucionarios se deben principalmente a considerar los esquemas racionales de la dialéctica, como un Absoluto, como una última instancia, como un sistema agotador y exhaustivo de la realidad histórica, imprevisible siempre en su esencia. La dialéctica es una retícula para capturar las líneas generales de la acción política, social, práctica, pero, ante el sentido concreto de una realidad histórica hay que acercarse como nos acercamos al significado de un poema. Hay que sim-patizar con ella para comprenderla y dominarla. Es decir, hay que tener la misma pasión de la época, estar envueltos, ella y nosotros, en el mismo pathos. Hay que hacer que se encarne, como fuerza viviente dentro de nosotros. Con el sólo ‘'Capital'' mimeografiado en el cerebro o con el sólo “Anti-Dühring" congelado como letra o como texto no hará jamás una revolución, porque se les ha convertido en un Absoluto, en una última instancia inapelable.
*Fuente: Renovación. Tribuna del Pensamiento Peruanista, Nº 11, Lima, enero de 1944, p. 3.
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