Entrevista a Augusto Ruiz Zevallos. Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui

Entrevista a Augusto Ruiz Zevallos. Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui.

Augusto Ruiz Zevallos.

—Buenas tardes, doctor Augusto Ruiz. La entrevista va a estar dirigida a sus investigaciones sobre Haya y Mariátegui. Quisiera comenzar con el libro Por la Emancipación de América Latina (Buenos Aires, 1926), sobre el cual usted publicó un artículo en 2023. ¿Cómo nació su interés por este libro?

El interés en Haya viene de la mano del interés por Mariátegui, uno no se puede estudiar sin el otro. A mí me pareció importante comenzar por su primer libro. Digamos, mi intención fue contribuir a partir de ubicar históricamente la publicación de Por la emancipación de la América Latina (1927). Es un libro que responde a toda una serie de inquietudes, a un plan político, general y particular. Cuando digo general, me estoy refiriendo a toda una búsqueda que él está haciendo a partir del año 1923 y está produciendo una serie de documentos que luego se van a compilar en el libro mencionado. Y con particular me refiero a la motivación para lanzar ese libro en una coyuntura específica de rompimiento con la Internacional Comunista y con un esquema de pensamiento que yo llamo voluntarismo táctico.

Lo que puedo apreciar en Haya es la existencia en su pensamiento, de un determinismo programático como fundamento del largo plazo, que no se va a llegar fácilmente al socialismo, que la construcción implica etapas largas, Y voluntarismo táctico, veloz, en lo que respecta a la acción, la toma del poder.  La coyuntura de la revolución de Sandino, el clima insurreccional que se está viviendo en algunas partes de América Latina y del mundo, todo eso lo hace concebir la idea de una acción armada, y es lo que está muy claro en el libro. Por eso, mi artículo lleva el título “Un libro para la revolución”(1), porque es un llamamiento a la lucha armada. Entonces, a partir de allí, creo que es interesante ver las diferencias que tuvo con José Carlos Mariátegui. 

—¿Estamos ante un texto de formación ideológica?

Es varias cosas a la vez. Es un libro escrito por alguien que está convencido de un mesianismo científico. Haya de la Torre es un cientificista, un platónico que cree en la episteme y no en la doxa, en que la poesía debe ser científica, y por ello tiene menos espíritu de transacción con las diferentes velocidades. Mariátegui, en cambio, epistemológicamente no es cientificista, sino al contrario, dialoga con todas las corrientes filosóficas: positivistas, espiritualistas, estéticas y post racionalistas. Mariátegui coincide en lo político con Lenin (por eso es marxista leninista) pero no en lo epistemológio. En Haya es lo inverso: no coincide con Lenin en lo político, en su descripción del imperialismo, por ejemplo, pero sí en lo epistemológico. Cree como Lenin que “sin teoría revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario”. Él dice cosas como que la Revolución Mexicana fue una sucesión maravillosa de improvisaciones. Por eso, pese al aporte que representó, no pudo significar analógicamente para América Latina lo mismo que ha significado la Revolución Rusa para el mundo, porque le faltó la ciencia, la teoría revolucionaria. Por ello, ese libro termina siendo principalmente la presentación de alguien que está ofreciendo un liderazgo al mismo tiempo mesiánico y científico.

En ese sentido, el libro va a remarcar esa idea de un liderazgo no solamente individual, sino también de los que van a estar con él, un liderazgo colectivo, mesiánico y científico, y esto va de la mano con la disciplina, una palabra que también se asocia con la ciencia y que en el aprismo se traduce en una práctica que implica orden, constancia, dedicación al trabajo político, al actuar planificadamente. Ese concepto será fundamental para lo que vendrá después. En ese libro ya se están prescribiendo estas actitudes. Es la constitución no solamente del liderazgo que él está ofreciendo, sino también del militante y dirigente aprista.

—Los epítetos de mesianismo (contra Haya) y europeísmo (contra Mariátegui), terminan por agudizar el debate entre ambos líderes.

En realidad, el debate y la ruptura ya estaba planteados. Quizás Haya no lo tenía tan claro. Hay una carta de 1926 que debería citarse. Es una carta de José Carlos Mariátegui a Luis Heysen, reproducida en el libro de Armando Villanueva y Javier Landázuri, en donde Mariátegui le dice: “Algunos sabemos dónde vamos, otros creen saberlo también, pero se engañan... Al final, no quedará en pie —por su realismo— más tesis que la nuestra. Pero la polarización se habrá producido naturalmente, sin que aparezcamos imponiendo nuestra fórmula"(2). Yo pienso que Mariátegui sí lo tenía claro y que Haya pensaba contar con Mariátegui como intelectual, por lo que tenía que constituirlo como intelectual públicamente, como el más grande intelectual, mientras que él era el líder político. Mariátegui no se desesperaba, lo que recientemente ha dado una impresión equivocada. El Plan de México acelera la polémica, pero no la origina. Daniel Parodi en un reciente artículo(3) interpreta que Mariátegui vio en peligro su liderazgo y por ello planteó la polémica ideológica para distraer la atención de las células apristas, y no sumarse al plan de la insurgencia de Haya. Eso es pensar en un Mariátegui sin convicciones ideológicas o, como dice Parodi en una situación en que los dos líderes ideológicamente eran «más parecidos que diferentes». Afirma el autor que, tras la muerte de Mariátegui, un agente de la Comintern, Ravines, adhiere el partido a la Internacional Comunista. Lo primero es su interpretación. Lo último es falso.

Con Mariátegui en vida, el PS se inscribió a la III Internacional y quien se opone fue Luciano Castillo y la fracción socialista que lidera. Eso está documentado. Mariátegui es un marxista-leninista, un comunista, que en 1929 cuando se produce la expulsión de Trotsky está de lado de Stalin. Lo que pasa, es que en la década de los 80’, con Flores Galindo y Aricó se propaló la idea de un antagonismo con la Comintern y prosperó el planteamiento de que Mariátegui no había fundado un partido comunista, que no adhería al marxismo leninismo: una creación de Stalin. Mariátegui sí estaba alineado con la Internacional Comunista. Antonio Zapata, en su último libro sobre Haya(4), es más coincidente conmigo al señalar la adhesión de Mariátegui a la Internacional Comunista como un factor de la ruptura. Sin embargo, no estoy tan seguro de que sea solo el contacto y acercamiento formal -que es lo que enfatiza Zapata. Ese tipo de adhesión no es en esencia diferente a su militancia cognitiva previa en la Internacional Comunista ¿Desde cuándo? Creo que desde que funda una Célula Comunista en Italia. Sin haber tomado contacto oficial, ya está defendiendo todas las principales orientaciones tácticas de la Internacional Comunista. Y cuando escribe esa carta a Heisen percibe que los planteamientos de Haya (partido/frente único entre otros) no van por esa vía. Que no se manifestara abiertamente contra ellos no quiere decir que los compartía. De modo que la ruptura en algún momento se iba a producir. Con el plan de México Haya trata de imponer su proyecto al margen del marxismo leninismo y de la Internacional y al margen de los compañeros que están en el Perú y perciben mejor la situación, y a Mariátegui no le deja otro camino que la separación abierta.

—En su conferencia «Epistemología y política en Haya de la Torre y Mariátegui», usted señala que ambos se nutren del marxismo, pero lo asimilaron de distinta forma. En Haya, un populismo no marxista; y, en Mariátegui, un marxismo leninista campesinista. ¿Cómo llegó a esta definición?

Primero, de 1919 al 1923, hay una suerte de comunismo emotivo en Haya de la Torre, al igual que en otros que fueron impactados por la Revolución Rusa.  Del 23 al 27, Haya de la Torre es un marxista populista, no un marxista leninista. ¿En qué sentido populista? En el sentido que da Julio Antonio Mella cuando está sindicando a Haya de populista (sin reconocerlo marxista, claro está), es decir un narodnista, al estilo de los populistas ruso que creían en la comuna campesina como una vía al socialismo. Mella cree que es una ilusión el hecho que Haya tome en cuenta a la comunidad, “el comunismo incaico” como una vía para el socialismo. Esta vía en el Perú, también la está planteando Hildebrando Castro Pozo en el 1924 y un poco después bajo esta convicción está construyendo, con bases campesinas, un Partido Socialista en Piura. Mariátegui, al contrario, está creyendo que la civilización incaica ha muerto y no ha dejado nada: son los estratos inertes de la antigua civilización. Ve campesinos en términos económicos, el problema del indio que es el problema de la tierra sin ver el potencial de la comunidad. Mientras Haya es un marxista populista Mariátegui en esos años es un marxista leninista, muy cosmopolita. Después, en Los Siete Ensayos (1928), dirá que coincide con Haya en lo de la comunidad, aunque la idea la toma de Castro Pozo. También ya había algunos anarquistas que estaban hablando de esto. Hay un libro de Gerardo Leibner(5) muy recomendable que analiza el discurso anarquista.

Haya es un marxista populista, en el sentido expuesto, pero esto dura hasta el año 1928 en que la componente comunalista indígena empezó a disminuir en su pensamiento, iniciando el camino hacia un populismo en el sentido que esta palabra adquirió con referencia a Getulio Vargas o Juan Domingo Perón, por su orientación industrialista estatalista y su apelación al pueblo -el bajo pueblo, sectores medios, pequeños propietarios agrícolas-, al pueblo amplio que más adelante se extenderá hacia la burguesía nacional, y no sólo al proletariado que es el sujeto del cambio histórico según el marxismo. 

Mientras Haya se va distanciando del socialismo indígena, Mariátegui se va acercando a éste. Va de lo cosmopolita a lo nacional.  Su marxismo leninismo, en los años finales de su vida, es enriquecido con el populismo. Populismo no en el sentido industrialista estatal, de la comunidad indígena como una vía al socialismo, como la había visto Haya, pero sin salirse de la idea del privilegio histórico del proletariado y del partido proletario (no cree en la alianza con sectores medios y menos en que estos deban dirigir). Mariátegui es hoz y martillo, mientras que Haya de la Torre está virando hacia un populismo ya no indigenista, sino un populismo para amplios sectores, sin la centralidad del proletariado: un pensamiento no marxista cada vez más notorio, pero va a ser toda una transición que se da en los años treinta, en los que el APRA está afirmando su propia ideología, el aprismo, con el espacio-tiempo histórico, “la negación de la negación”, etcétera. 

—Es interesante observar los textos de Haya sobre Emiliano Zapata o Lenin, pero resulta interesante el propio olvido de Haya respecto a estos personajes, ¿es parte de la formación de Haya usar esas temáticas para estar inmerso en los debates de la época?

No solamente es formación, sino que también es interacción con la realidad. Lo que suele pasar es que hay dos tipos de políticos. Hay un político que está más en actividad, en la cancha, por así decir; y hay otro que está en el escritorio. Pero esto a veces le sucede a una misma persona. Entonces, cuando estás en el escritorio, como ideólogo, estás solamente permeado por el contexto lingüístico, tienes como referencia las ideas de otros, las tuyas, los personajes, la historia o los hechos remotos. Pero no respondes a la actualidad y al quehacer concreto. Cuando estás en el quehacer concreto, tu realidad reflexiva se ve modificada por el entorno político, por la necesidad y obligación de dar respuestas en el escenario político. Tienes que tener la responsabilidad del caso, no puedes responder solamente a tus teorizaciones previas. En ese sentido, Haya, cuando está aquí, en Perú, en 1931, tiene que constantemente reacomodar y actualizar su ideología para responder a las necesidades políticas del momento. Una cosa es pensar a Zapata en México, desde México con campesinos con fusil al hombro mientras trabajan, como él los ve, y otra cosa es venir y pensar desde el Perú y darte cuenta de que no hay auge campesino, no hay algo parecido a lo que ocurría en México. Leguía había dado leyes respecto a la comunidad indígena y otra serie de acciones que tienden a sofrenar al gamonalismo. Y no hay una coyuntura mundial económica que estimule la invasión de tierras de los campesinos, como ocurría antes con el auge de las lanas, que terminó en el año 1923. En una situación así, sin auge campesino, no puedes estar pensando en Zapata y su heroica gesta, no puedes estar pensando en guerras campesinas, ni nada de eso, a diferencia de Mao Tse Tung en China que, en ese mismo momento está teorizando en función del levantamiento campesino. 


—¿Está entre sus planes analizar otros libros de Haya de la Torre, analizando la coyuntura en la que fueron escritos?

En todo político o ideólogo, hay que ver dos posibles situaciones. Una en la que la ideología es un fundamento para la acción política; y otra en la que la ideología es la justificación de lo que se ha hecho. Entonces, en Haya da para las dos situaciones. Por un lado, tenemos textos con los cuales se quiere fundamentar una acción, son previos a la acción o en la acción, para la acción. Ideario y acción aprista (1930) y Teoría y táctica del aprismo (1931) fueron los siguientes libros que Haya elaboró, ya en la coyuntura electoral, cuando Por la emancipación que fue elaborado para la revolución que en 1927 está pensando dirigir, perdió sentido. Textos posteriores, como Treinta años de aprismo (1955) y muchos discursos de esa época son para justificar un curso de acción conciliador que Haya había empezado a tomar en 1945. Creo que esto podría ser un buen ejercicio -analizar en qué medidas se da una u otra situación- pero no sólo para el caso Haya y del Apra sino también de otros movimientos y pensadores. 

—También hay un personaje clave, que es Eudocio Ravines, que participó de la polémica antes, durante y después de la misma, intercambiando misivas con Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui.

Bueno, Ravines no es un pensador como Mariátegui o Haya, es más bien un inteligente y hábil político. La verdad, yo no tendría mucho que decir, más bien remitiría a lo escrito por Javier Landázuri, que hace un excelente análisis en su introducción a Los Inicios. De lo que conozco, es lo mejor que se ha escrito sobre Ravines, aunque va más allá. Debería ser reeditado como libro acompañado de fotos. Ravines es un personaje que llama mucho la atención. Se ha realizado una novela sobre él(6). He escuchado cosas que van a venir en una segunda novela, que no van a gustar ni a los mariateguistas ni a los apristas. Pero bueno, es una novela, y los narradores tienen licencia para ello. Creo que el Ravines real sobrepasa la ficción. Es un tipo muy astuto, un mentiroso serial. Dice que conoció a Mao en Rusia cuando Mao entonces no había salido de China, dice que redactó la ponencia de Haya al Congreso de Bruselas sobre los sectores del imperialismo en América Latina, cuando sabemos que Ravines carece de vuelo teórico y de vocación retadora como para emprender una tarea como esa. Se podría decir desde los objetivos que él mismo se propuso, que el juego triangular que entabla con Haya y con Mariátegui, entre 1927 y 1931, lo ganó Ravines. Obtuvo lo que quiso -los recursos soviéticos, la autoridad sobre el resto y el placer furtivo-, pero pronto todo lo perdió. Buscó el poder y nada más. En cambio, Mariátegui buscó la gloria -sirviendo como intelectual revolucionario- y finalmente la logró y cada día crece más. Haya buscó las dos cosas, el poder y la gloria -en ese orden- y de ambos tuvo un poco, no se puede negar. 

—¿Qué lecciones nos dejan Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui?

Yo creo que muchas. Hay la tendencia a polarizar las cualidades de uno y otro (quién era mejor orador, quién escribía más bonito, quien era más leído), como un concurso de belleza. Me parece que eso no aporta nada. Creo que, más allá de las fuertes discrepancias que tuvieron, fueron hombres con mucha grandeza, como dice Antonio Zapata. Claro, hablamos sólo de los años veinte y comienzos de los treinta. Son ejemplos para asumir la política en nuestros días, así, con grandeza. Por otro lado, ambos son muy creativos y muy originales en su pensamiento. Me parece que ambos están en el diseño de un pensamiento adecuado a nuestra realidad, en la búsqueda de la autonomía y la autóctonia. Tengo la impresión de que Haya tenía no solo más autonomía, lo que es claro si uno ve sus cartas con la Internacional, sino también un poco más autoctonía que Mariátegui, o en todo caso iba más rápido que el Amauta en la localización, formalización y simbolización de su pensamiento, lo que lo llevó a plantear ideas precursoras como partido/frente único y la inclusión de la pequeña burguesía, burguesía nacional y clases medias, inclusión que recién será asumida por gran parte de la izquierda marxista en los sesenta, vía Mao Tse Tung. Con esto no quiero decir que Mariátegui no la tuviera, por supuesto que sí, al final de su vida. Ambos llegan a formalizar un marxismo, por lo menos hasta la fase en la que Haya fue marxista, un pensamiento revolucionario socialista, con ingredientes nativos, evitando ser atados por el pensamiento europeo. Es diferente la medida y la velocidad de uno y otro, lo que creo tiene que ver con el tipo de contexto (socio-político o lingüístico). Lo interesante es que en América Latina no se había logrado hacer un pensamiento como el de ambos. Había un esfuerzo de pensamiento antimperialista arielista como el de García Calderón, un arielismo de izquierda como de Manuel Ugarte y un marxismo positivista como el de José Ingenieros. Pero ninguno había teorizado como lo habían hecho José Carlos Mariátegui y Haya de la Torre. Eso es interesante, y nuevamente tiene que ver con hecho de que desde la periferia suele venir la innovación. América Latina y el Perú están en la periferia. Además, ninguno estaba en el centro académico del Perú. El centro académico del Perú era San Marcos. Ambos son no universitarios de diversas maneras: Haya, porque se automargina y en parte lo marginan; y Mariátegui, porque no tiene la posibilidad de estudiar en San Marcos. Y qué bueno que resultara así. Sin embargo, ellos logran hacer el pensamiento más importante de la época -aunque su innovación no se saliera del proyecto europeo-, y lo hacen desde la periferia de la periferia. Es verdad que Mariátegui tiene influencia de tantos pensadores, pero jala agua para su molino, y al igual que Haya, busca una autonomía conceptual. Imitan, aplican, innovan. Cosa que no va a ocurrir después. Los intelectuales peruanos y latinoamericanos por lo general van a estar dependiendo de algún centro ideológico o académico. 

—En la entrevista que le realizaron en el Seminario de Historia Intelectual del Perú, titulada «Mariátegui en disputa», usted habló de varios intelectuales, desde Francisco García Calderón hasta Mario Vargas Llosa, ¿Cómo adentrarse a estudiar a los intelectuales o la historia intelectual misma? Cuál sería la recomendación que usted brindaría a los que deseen estudiar a los intelectuales, ¿tal vez iniciar con los textos de Elías Palti, Koselleck, Skinner u otro autor que usted recomiende.

Hay muchas maneras de acercarse al estudio de la historia intelectual. En esa misma entrevista se mencionó a Osmar Gonzales, quien viene de la sociología, rescata a autores como Lewis Coser y está un poco más allá de los debates clásicos de la historia intelectual. Y eso es lo que debemos construir: una historia intelectual bastante plural y abierta, que incluye a los autores que has mencionado y otros que no son habituales a los historiadores. Yo he tenido mucho interés por la filosofía, y por ahí, antes de leer a Koselleck o Skinner, había tomado conocimiento de filósofos que están adelantando muchos conceptos y acercamientos útiles para el estudio del pensar. Wittgenstein y Lyotard están hablando de juegos de lenguaje y de la producción del sentido de acuerdo con estos juegos y auditorios. Husserl te habla del mundo de la vida, como Gadamer de un horizonte de prejuicios -la tradición- que son el piso pre reflexivo a partir del cual se hace posible entender a los que hablan o piensan, incluyendo a los intelectuales. La historia intelectual hegemónica focaliza lo lingüístico y tiende a prescindir lo pre reflexivo incluso a lo pre discursivo y la materialidad, y este es un aspecto que urge recuperar, por ejemplo, de historiadores marxistas como Perry Anderson. A propósito, recientemente he leído un libro sobre Mariátegui del historiador Antonio Rengifo(7), que ya no está con nosotros. Ahí sostiene que el adolescente José Carlos tiene un concepto de totalidad previo, en el sentido de que vivió, en Huacho, en un ambiente de artesanos, con tíos artesanos, carpinteros o costureras. Lo que sucede es que, argumenta él, a diferencia del obrero que trabaja una parte del producto, el artesano lo hace todo: tiene el concepto de totalidad. Mariátegui se forma en este concepto y, ya con el marxismo, le es viable aplicarlo al análisis social. En suma, creo que debemos hacer un cruce de tradiciones teóricas y de metodologías históricas.

—¿Qué otro intelectual tiene en mente estudiar después de sus investigaciones y escritos sobre Capello, Macera, Haya y Mariátegui?

Quiero terminar un libro sobre Francisco García Calderón, es alguien que me parece fascinante. Es un señor de derechas, un liberal conservador. Cualquiera podría decir que no vamos a encontrar nada en él. Yo no creo eso. El personaje nos permite entender muchos aspectos de la sociedad y del trabajo intelectual. También podría servir para que la derecha peruana actual recuerde o se entere de que hubo pensadores de derecha como García Calderón que propusieron leyes laborales, la protección de la comunidad y respeto por el socialismo indígena y un “nacionalismo previsor” para evitar que los capitales extranjeros se adueñen de nuestros recursos. A esta derecha hay que educarla. El Perú que se viene va a estar formado por tendencias de izquierda, derecha y centro. Eso no va a cambiar así de fácil. Lo que sí podemos lograr es que los extremos se moderen. Hay que buscar referentes intelectuales que permitan entendernos y no autodestruirnos. 

*Entrevista al historiador Augusto Ruiz Zevallos, realizada el 19 de enero de 2026.


(1) Augusto Ruiz Zevallos, “Un libro para la revolución. Por la emancipación de América Latina y el Plan Político del joven Haya de la Torre, 1923–1927”, ISHRA, Revista del Instituto Seminario de Historia Rural Andina, n.° 11 - julio-diciembre, 2023
(2) Los Inicios (Fundación Armando Villanueva del Campo, 2015),
(3) Parodi “Lima no respondía” (Investigaciones Históricas, 42, 2022) 
(4) El jefe: Haya, la Internacional Comunista y la ruptura con Mariátegui (PUCP, 2025)
(5) El mito del socialismo indígena en Mariátegui (PUCP, 1999)
(6) Rafael Dumett, El camarada Jorge y el dragón (Alfaguara, 2023).
(7) Invitación a la lectura de 7 ensayos (UCH, 2008) 

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